6 de septiembre de 2007

EL ESCRITOR TRISTE


Era el escritor más triste de la historia. Todos, los buenos y los malos, habían tenido siempre en sus novelas o en sus relatos, pequeños retazos, rincones para la esperanza, personajes a los que la vida, aunque fuera por un instante y como por despiste, les había sonreído. En cambio él no podía evadirse de su propia tristeza. Una y otra vez sus personajes se emponzoñaban en la oscuridad y en la desgracia. Pero era bueno. Muy bueno. Por eso sus historias enganchaban y se convirtió en un escritor de éxito. Ni eso le hacía feliz, su anodina vida apenas cambiaba novela tras novela, novelas que su maquinaria de tristeza paría no sin cierta indiferencia.
Esto fue así hasta que una noche, solitaria como todas, cerrada y triste, se disponía a terminar su última novela: la de un joven arquitecto que cansado del éxito decide embarcar toda su vida a la construcción del edificio imperfecto. Un entramado de mundos interiores y arquitectura difícil de conjugar. El caso es que cuando iba a dar a la escena final el toque propio de la casa, no pudo porque el protagonista se había ido. Sin más, había desaparecido. Para el escritor era descorazonador ver que su propia creación le abandonaba, pero sumido como estaba en su peremne tristeza, apenas le dio importancia, hasta que, de golpe, el personaje volvió. Pero no lo hizo solo, no, todo lo contrario, trajo consigo a todos y cada uno de los personajes tristes que había escrito en su vida. Estaban todos. Se sintió intimidado. ¿Qué queréis?, balbuceo cuando se encontró fuerzas para sobreponerse. Que escribas. Eso es lo que hago, respondió sin convencimiento. No, dijo el jardinero maniático que se suicidó en su segunda novela, queremos que escribas algo alegre, un final feliz, una sonrisa hecha novela. Pero... No hay peros que valgan, sentenció el ama de casa que asesinó a su marido con una tortilla de barbitúricos y tranquilizantes, nos lo debes. Estaba en una encerrona. Nunca se había planteado la tristeza de sus novelas porque no era más que el reflejo de la suya. Entonces el marinero que murió en la mar el día que regresaba para conocer a su recién nacido hijo, le dejó una foto de una joven sobre la mesa. Era una joven atractiva, con aspecto tímido y mirada perdida. Él la reconoció de inmediato y algo saltó por dentro, una catarata de sensaciones, de emociones, un torbellino de ideas desconocidas por su luminosidad.
Cuando terminó la novela todo había cambiado, tanto que en la habitación ya no había ni rastro de los personajes, tan solo una fotografía, la de una joven tímida que, ahora sí, parecía sonreirle.

5 comentarios:

Malena dijo...

Hola Larrey.Leyendo a Rafa León, he leído tu comentario y he pensado:¿ Quién será Larrey? y aquí me tienes.Contenta de haber seguido mi impulso porque me ha gustado ese escritor triste.Un beso.

Larrey dijo...

Pues encantado de tu visita, por su puesto. La espcialidad de la casa son los relatos cortos, que los servimos muy fríos, pero de vez en cuando hay algún gigoló que nos manda sorpresas calentitas.

Caminante dijo...

Estupendo relato el de tu escritor triste.
Aunque no aparezca no os olvido. PAQUITA. Un beso

Larrey dijo...

¡¡¡¡¡¡¡¡¡ bueno , Pquita !!!!!!!!!, por fin das señales de vida. Me alegro mucho. Mejórate.

Anónimo dijo...

Ay, Larrey...

Fíjate que es muy tierno este relato, y deja como calorcillo dentro al leerlo. Me gusta ese reencuentro, en la suma, todos: personajes y autor ,salen ganando y, sobre todo, dan lugar a esa historia.

Aprovecho para abrazar a Paquita,
quizá al verla el calorcillo del relato alcanzó más temperatura.

besos a todos