21 de diciembre de 2007

BARES, QUE LUGARES


El miércoles estuve en un bar...sí, es una noticia. Me gustan los bares, cafeterías, tascas. Todas puden tener su encanto. Mis favoritos los de los pueblos. Siempre que llego a uno busco lo primero el bar. Lo hago como un maniático en el cine busca las salidas de emergencia. Dependiendo con quien vaya, el simil es más o menos real. El caso es que no todos los bares me gustan, eso hay que decirlo. Los de pueblo, cuanto más pequeño sea el pueblo, más me suele gustar el bar. Incluso estuve en un pueblecito de Cáceres que el bar era, en realidad, el salón de la casa. Más entrañable y confortable, imposible. El del miércoles no me gustó. Y no me gustó tampoco sabría deciros por qué. Creo que es como el cine de autor, que si uno deja de ir al cine como que poco a poco lo va dejando de entender. Me pedí un café (es intrascendente) y me sentí extraño. El local era oscuro y ruidoso...vamos, como otros muchos. Algo sucio...como tantos; e incómodo, como infinidad de ellos. Había media docena de mesas vacías y una barra alargada. La televisión atronaba y en la barra tres grupos muy diferenciados. Tres amigotes de ocasión, dos amigos hablando y un abuelete y yo, los de los cafés. Digo que los amigotes eran de ocasión porque se ve, se nota a poco que pongas atención. Seguro que apenas si conocían sus apellidos, el nombre de sus hijos o sus aficiones más sinceras, más allá de los panchitos y la cerveza en vaso largo o corto. Se les veía crecidos, suponemos que como el alcohol en sangre, el tono de la voz elevado y esa especie de arrogancia y falsa camaradería que te lleva a bordear la insolencia, y a poco que se trabaran un poco las lenguas te los imaginabas a golpes discutiendo acerca de lo que has dicho o has dejado de decir. En cambio, al otro lado de la barra había dos amigos, también cerca de los cincuenta, como sus ruidosos compañeros, hablando serenamente, entre botellines y tapitas. El abuelo y yo, en medio, parecíamos un red. No pasó nada, evidentemente, porque mi incomodidad (injustificada, sí, lo sé) me hizo preferir el frío de la calle. Pero no me sentí a gusto. Y me hizo sentir algo viejo, como si el que hubiera entrado allí fuera el espíritu del Larrey de la caña fácil y saliera el padre responsable de familia y ojeras como torrijas que soy ahora.
Algún día, cuando me sienta más afín a los espacios con serrín, huesos de aceitunas y cabezas de gambas, hablaré de la fauna de los bares, desde el jubilauta del café eterno, al gusiluz del fin de la barra, pasando por el garganta de amianto delgaducho y jocoso. O lo complejos que somos los españoles para pedir un mísero café, combinación de tres elementos tomados de tres en tres, cafá largo vaso corto, corto leche vaso largo, que para largo el etcetera. Pero eso será otro día, ahora un cafelito, jefe, que hace frío.

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