2 de septiembre de 2009

LA MALDITA GASOLINERA


Encontrar gasolinera no es un tema baladí. Como padre uno tiene que tomar decisiones muy difíciles, y en los lugares más simples e inesperados. Supongo que os habrá ocurrido. Emergencia, hay que parar. Con hijos esto supone la combinación, básicamente, de cuatro elementos: pis, caca, hambre o vómito. En función de los elementos combinados así será de urgente la urgencia. No me gustan las gasolineras que me obligan a desviarme del destino, sobre todo cuando la carretera va bien, es como si fuera una novela, me da miedo perder el hilo y volver en un maldito atasco. Así que desestimo todas aquellas que, pese a la indicación de estación de servicio, no asoman el morro por la asfalto. Pasa una, y otra, y otra, y en función de la urgencia de la urgencia va creciendo la tensión sobre mis decisiones, y la espada de Damocles del error pende de mi testa con su brillo atenazador. A la cuarta o quinta salida desestimada tomas el camino de en medio, y te sales tras una señal de estación de servicio cualquiera. Dos curvas después, pasando por debajo de la propia carretera, empiezas a ser consciente de tu error, puedes incluso escuchar el silbido metálico de Damocles. Tres curvas más, asfalto avejentado y, lo peor de todo, una glorieta donde por arte de magia degetera ha desaparecido la señal de estación de servicio. Avanzas y acabas en un pueblo semiabandonado, compuesto de dos hileras de casas abrazadas a la antigua nacional. Un hombre sentado en un famélico banco metálico se ajusta la boina, se saca el palillo de la boca y te hace la gran pregunta: ¿va buscando la gasolinera? Pues sí, amable amigo, eso mismo íbamos buscando. Es que no hay. ¿Y el cartel? Es lo que tiene, pero no hay, desde que el hijo de la Obdulia falleció, que Dios lo tenga en su gloria, nadie ha querido hacerse cargo del negocio, es que es muy esclavo, sabe, tantas horas pegado a una manguera, por no hablar de peligroso en los tiempos que corren, que el hijo de la Obdulia tuvo que correr a gorrazos a no pocos atracadores que pensaban sacarle el jornal, menudos los tenía el muchacho, que Dios lo acoja en su seno. Entonces ¿no hay gasolinera? intentas reconducir la conversación. Sí, claro, salga usted a la autopista, tres kilómetros más adelante y en unos cuatro o cinco tiene otra, que es la del hermano del hijo de la Obdulia, que también es su hijo, como bien podrá imaginar. Saludas, te metes en silencio en el coche, esperando no escuchar risa alguna y así zanjar el asunto con Damocles de la forma más digna posible y retornas, agradecimientos mediante, a la autopista en busca de la gasolinera, la maldita gasolinera.

4 comentarios:

Ana dijo...

Me siento totalmente identificada. Nunca sabes si dejando pasar una gasolinera tomas la decisión acertada o no volverás a ver otra en 50 km. Pero veo que has puesto el lado amable del asunto y has olvidado al copiloto (o sea, yo) diciendo: ¿Por qué no has salido ahí? Claro, ya te dije que salieras. Sal en la próxima es la próxima. Ya verás como no encontramos otra... O sea, un coñazo de mujer

Elena dijo...

Reconozco q soy una cagaprisas y que cuando quiero algo es para YA,... me pone negra que no pare por ese motivo, porque nos llevan fuera, pero es que si llevo yo el coche tampoco me deja salirme...¿q hago?... pues a la 3ª gasolinera fuera me salgo y YA ESTÁ....¿por donde volvemos ahora a la autovía?..ahhhh, tú te has salido, tú vuelves...ea.

Dudu dijo...

A mi me pasa igual. No me gusta las gasolineras que me obligan a salirme de la carretera. Cuando el camino es conocido (veáse destino Galicia) y el punto kilométrico aproximado de las gasolineras también, la urgencia la intento alargar en plan "nos quedan 20 kms y ya salimos".
Este verano alargué tanto una urgencia que Damocles me cortó la cabeza en forma de vómito.

Elena dijo...

ja,ja,ja,....¡por listo! como tu compadre.