19 de octubre de 2008

EN EL TREN

Compartimos vagón durante horas y nuestras miradas se cruzaron constantemente. Yo estaba leyendo una novela erótica, una casualidad demasiado explosiva. Los dos buscábamos esos roces fortuitos tan llenos de encanto, en apariencia casuales pero que se prolongaban cada vez más, aliñados con miradas y sonrisas. Cuando se puso en pie lo hizo despacio, dejando claro que significaba algo más. Algo me invitó a hacerlo tras él. Llegué hasta la puerta del servicio, abrí y allí estaba él. No me dio tiempo a tomar iniciativa alguna, me abrazó y comenzó a besarme. Sabía perfectamente lo que se hacía y eso invitó a mis manos, que fueron dando forma a su cuerpo. Mi turno de caricias terminó cuando él se cansó, me dio la vuelta y me puso contra el cristal. Llevaba un vestido de verano largo y su mano tardó poco en arrancar mi ropa interior. El tren seguía su marcha, él también. Me levantó la falda y la pierna derecha hasta que dejó la rodilla apoyada sobre el lavabo. Temí por un momento que se arrodillara y comenzara a besarme. No es que me hubiera importado, pero no me gustan los tipos que te comen el coño a las primeras de cambio, como si quisieran dejar claro desde el primero momento que ellos son buenos amantes. Por suerte aquel galo no era de esos, ni mucho menos. Pegó su cuerpo contra el mío para que sintiera toda la potencia. A mi sexo le gustó ese primer contacto y se abrió como una flor. Nos frotamos el uno contra el otro. Estaba tan excitada que podría haber hecho de mí lo que hubiera querido. Solo tenía una preocupación, el preservativo y como si hubiera sido capaz de leer esos fogonazos de sensatez se apartó un par de segundos y me entregó el envoltorio vacío de un preservativo. Nuestros cuerpos encajaban a la perfección, parecíamos las dos únicas piezas de un puzzle. Retiró el pelo de mi rostro y me besó con cierta ternura. Hasta aquel beso, que tenía más de inocente que de apasionado, despertó en mí sensaciones arrebatadoras. Estaba muy excitada, necesitaba sentir su cuerpo dentro del mío. Pero él no tenía tanta prisa. Deslizó sus dedos por mi rostro y luego los llevó junto a mi boca. Los metí dentro, los succioné, los mordí. Después él los llevó a mi sexo. Aquella humedad, que en parte era mía, se adentró en mis sentidos con una brutalidad salvaje. Estaba preparando el caminó que no tardó en emprender su sexo. Sé que el tamaño de un pene no es importante más allá de la sugestión que puede producir sin embargo, todas estas convicciones se tambalearon en aquel instante porque me sentí más llena que nunca. No dejé que se moviera durante unos segundos. Me apreté contra él porque quería sentir todo su cuerpo concentrado en aquel espacio que me había arrasado por dentro. Él seguía el juego con sus dedos, apretando ese botoncito tan escurridizo para la mayoría de los hombres e inició un ligero movimiento con su pelvis, casi imperceptible, acorde con el traqueteo, mientras los dedos seguían a lo suyo. No podía más, el cuerpo entero se convulsionaba, el rostro pegado al cristal, durante unos segundos el mundo entero se concentró en aquel reducido espacio para gozar con mi orgasmo. Él no había sentido el suyo, había que hacer algo. Me arrodillé, saqué su pene del preservativo, enorme, caliente, y me lo metí en la boca. El sabor me decepcionó, el lubricante lo había adulterado. Estaba de rodillas, chupándosela a un tío, capaz de haber dejado hacer lo que fuera, deseosa de que me llenara la boca de su caldo, de bebérmelo entero, de gozarlo hasta la última gota, y me dice que no. Definitivamente, pensé, aquel muchacho no era de este planeta. Se sentó en la taza, con el sexo convertido en un mástil al que sólo le faltaba la bandera y me pidió que me arrodillara de nuevo. Ah, pensé, es más normal de lo que me imaginaba, era una cuestión de posturas. Me lancé a su sexo otra vez, dispuesta a terminar con aquel suplicio. Él debió pensar que lo mío era comer pollas, porque volvió a decir que no. Cogió mi mano y se metió el dedo gordo en la boca, después deslizó su lengua por él, hasta dejarlo empapado. Llevó esa misma mano a su pene, dejó que lo abrazara, pero mi dedo, el humedecido, fue a parar a una parte concreta de él, justo debajo del frenillo, un lugar al que hasta entonces no había prestado excesiva atención. Me acompañó en los primeros movimientos sobre ese punto, circulares, suaves pero a un tiempo incisivos. Estaba fascinada, con un solo dedo, tenía a aquel grandote galo completamente jadeante, a punto de estallar. Su rostro se iba desencajando, y se estiraba cada vez más contra la pared. Yo seguía con mis movimientos, leves, constantes, rítmicos. Y de golpe, se mordió el labio, dejó de respirar y su sexo escupió una primera oleada que como un misil salió disparado contra el cristal. Aquel chorro cálido atravesó el servicio por encima de mi cuerpo y fue a estrellarse contra el espejo. No pude evitar asombrarme, y luego reírme cuando un segundo golpe acompañó a aquel anterior en el espejo. Me la llevé a la boca. Dentro mantenía una arrogancia insultante. Después me besó, saboreo su propia esencia en mis labios y se puso en pie. Miró el espejo como lo haría un pintor acabado su cuadro, sonrío y me dejó allí, sin más. Y, la verdad, haber escuchado su voz hubiera roto la magia, hubiera sido como doblar una película de Búster Keaton.
Texto extraído de la novel ¿Quién se acuerda de Mazinguer Z?. Antonio Larrey (2003).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jo tío.... esos libros para leer "con una sola mano" son una muestra del poder "incendiario" de la imaginación.

"Pa" otro día te leo antes de irme a "mumu", igual me compensa cambiar la "valeriana" por tus relatos "inductores" al.....sueño, je je
¡Anda, anda !