22 de noviembre de 2010

LAVANDO EL COCHE


Van con la desgana de siempre. Pagan en la gasolinera. Hoy al menos han tenido suerte, son los primeros. Los rodillos esperan la entrada del coche. Van en silencio, cada uno pensando en sus cosas. El coche encaja en los rieles. Las manos libres. Como por despiste, la mano que gestionaba las marchas impacta contra la piel desnuda de la pierna, gentileza del verano y la minifalda. Se miran. Sonríen. La mano es más incisiva de lo esperado y con certeza se cuela por entre la tela y la pierna. Ambas piernas se abren como una flor. El rodillo ha ocultado el coche bajo una patina de jabón. Y se desata entonces una inesperada batalla de deseo. Sin mediar palabra comienzan a besarse. Ella se levanta la falda hasta la cintura, se quita las braguitas, saca la polla de su marido, se la mete en la boca un par de veces a modo de certificado. No habrá problemas. Y no los hay, más allá del volante, que presiona sus riñones y hace imposible que bascule su cadera. Reclinan un poco el asiento y lo hacen para atrás todo lo que el ingeniero que lo diseñó pensó que era necesario, a todas luces no lo suficiente. Pese a la incomodidad logran encajar sus cuerpos y encontrar una postura híbrida entre deseo y circo, para poder follarse el uno al otro con toda la fuerza que encuentran. Tal es así que cuando una especie de cortinas de plástico, último paso de la limpieza, los devuelve al mundo, cada uno está, orgasmo mediante, colocado en su asiento, la ropa más o menos cumpliendo su función sobre el cuerpo. Todo adornado con unos divertidos pelos despeinados y dos inmensas sonrisas. Cuando el semáforo da luz verde se dan cuenta de que hay dos palancas de cambio, una de color negra y otra color carne. Empiezan a reír con estruendo mientras el coche da los primeros pasos. No hay duda de que si alguien ha ganado es el coche, que en lo sucesivo será el más limpio de la ciudad.

No hay comentarios: