11 de enero de 2013

LA CONSTI

La Constitución española es un axioma. Pero también una entelequia, un estilete, un escudo, un objeto olvidado en el trastero, un arma arrojadiza, una amante infiel, un amigo incómodo, un aliado al tiempo que un doble agente, un primo en América, un mimo del Retiro y hasta un regalo pendiente de devolver. Todo depende del cristal de quien la nombra. Ahora andan sesudos juristas dándole la vuelta a la tortilla, española, por su puesto, de la propuesta ¿soberanista? de Convergencia y Esquerra, ese pueblo catalán con carácter de sujeto político y jurídico soberano...que dicho así me dan ganas de explicar que yo tengo en casa dos sujetos soberanos con carácter de dependientes en vías de emancipación en lugar de hijos. Que si encaja o no en la Constitución...¿y qué? Quiero decir, si esta gente quiere emanciparse ¿no harán ya una Constitución Catalana -estoy deseando leerme esa novela de ficción-? Si aceptan los términos de la española ¿no es de facto renunciar al objeto soberanista? Lo que más me fastidia es que la Constitución es una ley inquebrantable para los conceptos ambiguos e intangibles como la nacionalidad. En cambio, para otros mucho más plausibles, necesarios y humanos, el rigor se diluye en los entresijos de la dialéctica: el artículo 47,  por ejemplo, que dice algo así como que todo español tiene derecho a una vivienda digna...hasta que venga un banco y se la embargue Ese artículo nos lo pasamos por el forro de la junta de Pancorbo y sus hermanos los colgantes ¿Por qué no nos ponemos rigurosos con éste artículo en lugar de con las rimbombantes nacionalidades? Y quien dice ese, dice el 20.1 y el derecho a expresar y difundir líbremente los pensamientos, o el 21.1 que nos habilita a reunirnos pacíficamente y sin armas...¿aunque sea delante del Congreso? Ahí la Constitución ya no es inquebrantable. Menos sujeto político y más ciudadano de a pie. No os digo yo hasta dónde estoy de los rigores de la Constitución, porque estamos en horario escolar y no se puede decir cojones.

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