28 de agosto de 2012

LA REINA Y SU CORTE

Soy usuario habitual de las fiestas de pueblo. Las he visto de todos los gustos y colores, y aunque pienso que todas cojean del mismo pie chabacano y rancio, gozan de una salud no exenta de encanto. Generación tras generación nos regocijamos en esa semana de cultura gastronómica, religiosa, etílica y hedónica en los diversos pueblos de nuestra tierra. Las orquestas y sus pasodobles son la punta del iceberg. Y hay algo que por muchos años que pasen no logro entender. Y lo he visto en niñas a las que a su vez he visto crecer y considerar que ellas sí, ellas serían el eslabón roto que rompería la cadena. Y, en cambio, en un año, como si me las hubiera abducido una canción de Jorge Dann y me las hubiera devuelto envueltas en con un lazo de dama, las señoritas despiertan un repentino deseo por reinar en su pueblo. Lo veo y no lo creo. No doy crédito. Niñas, mujeres, que digo, modernas, de su tiempo, a las que consideraba despojadas del lastre sexista de sus predecesoras segregando por el título de dama o reina de las fiestas. Soñando con colgar en el balcón de sus casas una enorme foto mecida por banderitas de colores. Y las veo adornadas con esos disfraces de noche, con esa banda que las acredita en su título, aderezadas por la música de la banda de turno, y sigo sin entenderlo. Y mi abuela decía que algo tendrá el agua cuando la bendicen, así que no me queda otra que aceptarlo, algo tendrá el reinado cuando no muere, año tras año...

1 comentario:

may dijo...

Eso es porque aún crecen con cuentos de hadas y se les despierta su princesa interior. Digo yo que sienten que es lo más próximo que estarán de sentirse como La bella durmiente, Ariel o la Cenicienta.