17 de mayo de 2012

OFICINA

Yo quería que mi padre trabajara en un oficina. Que usara traje. Que llevara un maletín que escondiera los oscuros secretos del misterioso mundo de los negocios. Envidiaba a aquellos que podían decir cuando venga mi padre del despacho... Visitar el edificio, que su secretaria me regalara caramelos y juguetear con la máquina calculadora. Que viajara por lugares extraños cerrando negocios multimillonarios. Y mi padre ha viajado, y mucho, porque ha hecho más kilómetros que el baúl de la Piquer, pero todos dentro de la misma ciudad, porque era taxista. Ahora yo trabajo en una oficina, y aunque no necesito secretaria, mis hijos pasan por ella de vez en cuando y disfrutan de los caramelos, del portátil, de las grandes pantallas y de los rotuladores. Ellos no sienten la diferencia, ni yo tampoco, porque no la hay. No hay tanta distancia entre un taxista, fontanero, charcutero y un mísero contable. Somos todos unos curritos abnegados que damos por nuestra empresa tiempo, esfuerzo y talento. Mucho o poco, todo. Como en muchas otras cosas de la vida, he ido aprendiendo, y lo que de pequeño me parecía tan evidente, ahora que la madurez azota mis patillas con alguna que otra cana, ya no lo es, y me doy cuenta de que los Reyes Magos son los padres. Porque los padres, taxistas, fontaneros, oficinistas o tiburones de los negocios, son los que hacen la verdadera magia, la de todos los días, la plausible y la importante. Mi padre tenía una oficina con cinco asientos y maletero, y era la más chula del mundo, porque podía llevarnos a cualquier parte...


1 comentario:

Signum dijo...

Gran reflexión y una verdad como un templo. Todos los trabajos son tan dignos como el que más. Hombre lo de la secretaria esta bien...
Me gusta tu blog y desde hoy te sigo. Te dejo el mio por si quieres visitarlo, absurdo como el sólo.
Un abrazo.
http://palabradesedano.blogspot.com.es