18 de noviembre de 2012

MÁS ALLÁ DEL ÉXODO

LAS LÁGRIMAS DE MONTOYA



Muy sonado entre los suyos

fue el entierro de Montoya.

Gitano de casta, rico

y de figura garbosa,

atrajo deudos por cientos,

sobre todo a buenas mozas,

desde los alrededores

a las tierras más remotas.

Todo fue según los cánones:

plañideras ojerosas

prorrumpiendo en alaridos

de dolor como las locas

y entretanto los varones

dedicando fabulosas

alabanzas al finado

por aunar en su persona

honradez, inteligencia

y una piel bruna y sedosa.

Pero todo se torció

cuando al filo de la aurora,

Manuela Amaya, la viuda,

salvaje como una loba,

arrancóle medio moño

a Marina “la Amadora”,

amante del fallecido

más hermosa que una rosa,

tras escucharla decir,

hay quien dice que con sorna,

“con lo que yo lo quería

y se murió mi Montoya.”

Pero más que la trifurca,

permanece en la memoria

de gitanos y de payos

de Ayamonte hasta Gerona,

el insólito episodio

que paso a narrarles ahora.

Fue cuando Pablo Jiménez

con las manos temblorosas

trató de cerrar la tapa

del ataúd y no había forma

humana debido a aquella

enorme y enhiesta polla.

Lo estuvieron intentando,

no se sabe cuántas horas,

uno tras otro los deudos

de manera infructuosa,

hasta que José Cortés,

calé cabal de Segovia

que había más maña que fuerza,

pero fuerza prodigiosa,

introdujo por el ano

del finado aquella cosa.

Sacudieron al difunto

convulsiones espantosas

y se escaparon dos lágrimas

de sus pupilas borrosas.

En ese instante Manuela

Amaya, con voz jocosa,

dirigiéndose al difunto,

fue y sentenció, rencorosa:

“Te lo dije una y mil veces,

¿verdad que duele?, Montoya.”

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