4 de diciembre de 2013

DIGNIDAD


Hacía más de quince años que no veíamos a ML. Durante un tiempo compartimos bastantes cosas. Fue un reencuentro agradable. Charlamos de los viejos tiempos y nos pusimos al día. Durante los años que compartimos ella tuvo un bar de copas. Sabíamos por terceros que lo había cerrado y nos interesamos por la razón. Nos contó que una noche, de miércoles, cuando iba a cerrar, entró en el bar un hombre que a punta de cuchillo la robó y la violó. Se generó en la mesa un espeso silencio. Ninguno supimos como reaccionar. Estuvimos torpes. Ella nos contó que lo había superado y que si al final dejó el bar fue para evitarle a su madre el sufrimiento de saber que estaba, cada noche, en el mismo lugar y con la misma indefensión. A mí se me heló la sangre y solo cuando volvía a casa empecé a reflexionar y a sentir cierta tranquilidad. Mi vieja amiga había superado ese trance, ese trauma, con la dignidad de quien no se siente culpable. No ya la dignidad, sino sin el estigma de la culpabilidad. Habló de aquel momento triste sin sentimiento de culpa, porque en esta historia, el hijo de puta es otro. Pero no siempre ocurre así, y muchas mujeres que han sufrido una violación sienten la necesidad, y su entorno, de esconderlo, por vergüenza, por culpa. Por ser mujer, y por eso incitar a los violadores, por tener piernas, y pechos, y coño, o por llevar minifalda, o por acceder a unas primeras caricias, por no saber decir no a tiempo, o no hacerlo con la destreza y decisión necesarias, por paralizarse por el pánico…al final, la sociedad, de una forma más o menos velada, de un modo más o menos voluntario, inoculamos sobre la víctima el virus de la culpa y la vergüenza. Pero mi amiga encontró el antídoto y nos dio a todos una clase magistral de dignidad.