23 de octubre de 2013

RECICLANDO VERGÜENZA


El domingo repostábamos en una gasolinera del barrio. A nuestro lado, pegada a la acera, había una inmensa furgoneta blanca. Ningún distintivo. Ningún logo. Parecía una furgoneta particular. De ella se bajó un hombre de mediana edad, camiseta amarilla de algún equipo de fútbol, se acercó al contendor de ropa, de esos metálicos para donación que todos habremos usado alguna vez. Sacó un juego de llaves. Abrió, sacó las bolsas, las metió en la furgoneta, repito, sin identificación alguna, y con las mismas se marchó. La escena no es que me dejara con la mosca detrás de la oreja, sino que tenía el enjambre zumbándome entero. Al pagar pregunté en la gasolinera. Era una empresa, todo legal, con los permisos del ayuntamiento y tal. Una pequeña investigación me ha permitido ver a qué se dedican:
COMPRAVENTA, IMPORTACION, EXPORTACION, DISTRIBUCION Y REUTILIZACION DE MATERIAL TEXTIL USADO DE TODO TIPO

No hay acción solidaria en la empresa. No hay un objeto social. Es un acto privado del que una empresa privada saca un rédito económico. Así funciona esto. Nosotros, solidarios, tratamos de que personas con pocos recursos reciban esa ropa que puedes dejar de utilizar, y esa ropa acaba en mercadillos de segunda mano. Y todo con la connivencia y el permiso municipal, y quien sabe si con algún rédito para el concejal de turno. No sabría decir si me parece triste o sólo vergonzoso, o ambas cosas al mismo tiempo. A partir de ahora dejaré de utilizar estos contenedores, me encargaré de buscar a las personas receptoras de mi ropa, la dejaré bien guardadita en bolsas en zonas de reciclado para que la gente sin hogar busque abrigo, o incluso, con mucho dolor de mi corazón rojo, a la parroquia. Pero nunca más participaré de la pantomima solidaria de la ropa y el calzado. Y me atrevería a pedirte que tú tampoco lo hicieras.