17 de diciembre de 2012

LAS BICICLETAS

Cuando por fin me lancé a llegar en bici al trabajo pasé de madrugada por la el Madrid Río. Allí, en una de las zonas para aparcar bicicletas, junto a una de los quioscos, me encontré candadas una bicicleta de adulto y una de niño. Y me resultó muy extraño ¿Qué clase de persona se va a pasar la tarde con su hijo en bicicleta y luego se olvida de ellas?¿Y el casco?¿No lo llevaba?¿No se dieron cuenta? Me dio por ser positivo y pensar en el despiste de un padre o una madre que no viven lejos. Me dije, nada, cuando se dieron cuenta ya era tarde y no pudieron bajar a por ellas. Ya iremos mañana, hijo, tu duerme tranquilo que están con la cadena. Han pasado más de diez días. Ayer volví a pasar, también muy pronto porque soy un ciclista al que le gusta ver amanecer en los pedales. Y ante mi sincera consternación ¡allí estaban!¡las dos! A la de adulto ya le habían robado el sillín. Y entonces sí que ya no pude encontrarle una respuesta lógica. Algo muy grave tuvo que ocurrir que no les permitió ni el mismo día, ni los siguientes, volver a por sus bicicletas. Pedaleé fuerte, todo lo que pude para alejarme del esqueleto de esa evidencia trágica, fantaseando con que al despiste de la primera noche le siguió un premio a la primitiva y ahora padre y niño viven en el Caribe con una interminable colección de bicicletas. Doscientos metros después tuve que rendirme, siendo consciente de que se me habían atragantado las dos bicicletas en la garganta.

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