20 de noviembre de 2013

PODRÍAS SER TU


Dobla la esquina decidido. Atrás queda el ajetreo de una ciudad que huele a fiestas navideñas por todos los dígitos, los datófonos humean insensibles y las compras nos hacen olvidar un año duro, el último de una cadena que algunos llaman crisis. Lleva cuatro o cinco bolsas en cada mano. Está contento, ha terminado las compras en una tarde. Llovizna un poco y el frío arrecia. Acelera el paso, el coche está en el parking, todavía hay que salir del centro, peregrinar por la circunvalación y llegar a la zona residencial donde le esperan su mujer y sus dos hijos. En un portal hay un hombre con esa edad indefinida que tienen los vagabundos. Larga barba y pelo canoso y sucio, igual de largo. Se miran. En sus ojos hay cierto rencor, o eso parece adivinarle en esa especie de sonrisa irónica que dibuja su cara los dos o tres segundos en los que se cruzan sus miradas. Parece como si quisiera contarle algo y él se pregunta como puede un hombre terminar así, cómo puede abandonarse de tal modo, pero sigue caminando. Su vida acomodada le espera.
Luego todo pasó demasiado rápido. La empresa fue comprada. Un ERE que le pilló en fuera de juego. Devolver el coche, el portátil, el futuro. Un despido con lo que marcaba la ley. Su mujer, que descubrió aquella infidelidad con la secretaria en el peor momento de todos. Unas maletas hechas con mucha prisa. Tres tardes a la semana de visita. Media docena de puertas, que esperaba abiertas, se cerraban con más o menos violencia. Un millón de entrevistas y un teléfono que dejó de sonar. Primero un apartamento, después un hostal y cuando quiso darse cuenta, ya no tenía para pasarle la pensión a sus hijos. Una reclamación judicial, una pérdida de los derechos. El alcohol como absurdo salvavidas. Los bancos dejaron primero de llamarlo de usted y después un seguridad le impedía la entrada. Ya nadie recordaba haberlo conocido, nadie reconocía aquel negocio exitoso, aquella convención al otro lado del océano. Ya ni él mismo se recordaba con traje y corbata. El pelo empezó a crecerle y ni tuvo ganas ni motivos para cortárselo. Con la barba ocurrió lo mismo. La primera noche que durmió en la calle fue incapaz de conciliar el sueño. Dos meses después ya se mueve con cierta soltura en los submundos de la ciudad. Lo peor es la lluvia, y el miedo a perder lo poco que le queda, cuando la dignidad ya es una quimera. Es navidad y la ciudad huele a polvorones desmemoriados y a felicidad transitoria. Está en un portal, intentando que el frío no le hiele el ánimo. Un hombre trajeado, de mediana edad, dobla la esquina. Va cargado con multitud de bolsas. Su caminar es firme. Cruzan las miradas un segundo. Él hombre la esquiva y él sonríe, podrías ser tú, amigo, podrías ser tú, le dice con una sonrisa irónica y en silencio.