18 de septiembre de 2013

LAS OLIMPIADAS DE LA CERILLA


No nos han dado las olimpiadas del café. Y lo entiendo. En un país donde la tijera se agita con tanta alegría institucional ¿cómo van estos señores del boato, la fiesta y el mira la que hemos liado del COI ilusionarse con las olimpiadas de la cerilla en lugar de la antorcha? El presupuesto que han presentado nuestros representantes del C.O.E (Comite Opening Español) estaba, en realidad, enfocado a los propios españoles, un, eh, tranquis, que sabemos no gastar. Pero las olimpiadas no son el paradigma de la austeridad. Son una fiesta innecesaria, estridente, excesiva y, sí, maravillosa si eludimos las obligadas comparaciones con el resto del mundo, el paralelo, que vive ahogado en la desidia institucional y las hipotecas y listas del paro de turno. Y me hacía ilusión, no lo niego, mi hijo mayor será un adolescente en el 2020 y yo me imagino con 16 años viviendo unas olimpiadas en mi ciudad, y se me encendía la alarma de la nostalgia envidiosa. Y ahora es fácil respirar aliviado y decir, vale, pues ahora a lo importante. Pero ¿quién se cree que el dinero que nos vamos a ahorrar en fastos deportivos va a invertirse en educación y herramientas para la igualdad social? Es que me los imagino descojonándose ante las críticas y diciendo ¿en educación? ¡y una mierda para tí ! Además, esto es como las máquinas tragaperras ¿qué hacemos con lo invertido?¿lo perdemos? Y hay un detalle en el que no sé si han caído, y es que para el 2024 o 2030 o vaya usted a saber lo que les durará a la Botella y demás la catarsis olímpica, las tan cacareadas instalaciones ya casi hechas estarán obsoletas sin haberse estrenado. Un flamante coche que lleva tanto en el concesionario que cuando salga a la calle ya será un clásico. Ahora me gustaría decir, una vez que hemos visto el esperpento representativo, que haría las delicias de Mihura y de Berlanga, que tenemos lo que nos merecemos. Pero para mi desgracia, como todos los madrileños, ni eso consuelo tonto nos queda. Porque la señora de Aznar, cuyo mérito máximo en la vida ha sido vivir a la sombra del señor de las Azores, ni siquiera fue elegida por los madrileños. Claro, que somos tan tontos que cuando este troll político se presente a una reelección que no lo será, ganará de calle. Y entonces me miraré al espejo y diré, sí, somos gilipollas.