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16 de noviembre de 2012

ITV

Mira que le tengo manía al coche. Pues cada vez que voy a pasar la ITV tengo la misma sensación. Vuelvo a los pasillos de la facultad, incluso a los del instituto, o lo que es peor, a los del colegio, cuando don Alfredo nos iba a poner el examen de natu y yo, que aunque ya sabía que algo había en ellas que me volvía loco, no entendía muy bien lo de la función reproductora y confundía corolas con pistilos. Lo llevo como de la mano, y esperamos ahí, como corderitos en el matadero, a que unas máquinas del infierno nos digan si somos válidos, porque sí, pese a que me ha hecho íntimo del del taller, pese a la infinidad de tontadas que me han hecho perder tiempo y dinero, porque tengo un coche que es como un adolescente, que corre mucho, sí, pero que tiene la cabeza llena de tonterías; pese a todo eso, digo, cuando estoy camino de la ITV me siento parte de él, vamos, que si lo rechazan me están rechazando a mí. Hace dos años fue una luz antiniebla, que le decía yo, tranquilo, hombre, no pasará nada, hay coches que no tienen ¿qué más da que la tuya esté fundida? Pues no, no daba igual. Este año, en cambio, hemos tenido suerte. Un tipo entrado en carnes, con más desgana que sobrepeso, entró, salíó, nos aceleró, nos frenó, nos miró los malos humos...y yo le dije, después de un día de huelga y viendo el telediario esta mañana, si me pones a mí el cacharro ese para los malos humos ¡te lo reviento! El caso es que mi coche y yo estamos aptos para comernos los atascos con seguridad. Y lo celebramos con un par de acelerones por la NI. Pero duró poco el idilio, a los diez o doce kilómetros ya estábamos otra vez como Rasca y Pica...hasta dentro de dos años.

15 de septiembre de 2011

FAVORCITO EN LOS BAJOS

Iba a empezar este artículo diciendo que ayer me hicieron un arreglo en los bajos, pero claro, iba a parecer que El Trastero retornaba a su sección erótica. Y no es el caso. De talleres anda la cosa. Estaba yo en mi bucle de números, en mi túnel de cifras, cuando un compañero se acercó a mí diciendo "seguro que no es nada, pero..." Hay algunas frases que, las digas como las digas, van a tener un efecto diametralmente opuesto al que pretenden. Ésta y "no te asustes pero..." no hacen sino asustarnos. Y en mi caso cuando este tipo de frases incluyen el sustantivo "coche", mi tarjeta y yo nos echamos a temblar. Es que, me dice mi compañero, he visto que se te ha descolgado algo del bajo del coche. No me preocupo, llevo años con los bajos algo tocados, pero claro, tampoco es tan evidente. Así que me bajo al parking y lo veo. Vaya, se me ha descolgado un protector. Acudo a mi asesor técnico, el jefe de mantenimiento de la empresa, que se tira al suelo y me dice, no nos complicamos Larry, vamos al taller de aquí que nos hacen el favor. Y dicho y hecho. No es la primera vez que ocurre. El chaval bromea con nosotros, nos hace un hueco, levanta el coche, se tira al suelo y después de advertirme de que alguna vez tendré que dar un parte y arreglarlo todo, me aprieta dos tuercas para que pueda ir tirando. Fueron diez minutos, quince a lo sumo. ¿Qué te debo? pregunto. Nada, me dice, antes de utilizar una de mis frases favoritas del castellano: otro día me invitas a unas cervezas y listo. Pero mi abuela me enseñó que es de bien nacidos ser agradecidos, y la memoria es frágil, así que no dejes para mañana lo que puedas agradecer hoy. Saqué diez euros del bolsillo y se los di, las cervezas os las tomáis todos a mi salud hoy.
Esto es muy típico en los pueblos, incluso sin dinero de por medio, yo te labro este trocito de huerto y tu me ayudas a enjalbegar la tapia; tú me das patatas que yo te arreglo el carburador. Ese compadreo en Madrid es más laxo y no quise perder la oportunidad de darle las gracias. En menos de media hora y sin trastornos laborales ni infantiles me había solucionado un quebradero de cabeza. Pero después, dándole vueltas, viendo lo que nos cobran los talleres, me quedé con mal sabor de boca, pensando que tal vez debería haberle dado más, que tal vez el muchacho se quedó con el billete en el bolsillo pensando mira el pijo este, la próxima vez le arregla los bajos su puta madre ¿Qué os parece?¿debí haberle dado más?

24 de febrero de 2011

NO SI AL FINAL



No creo en la mala suerte pero me da la impresión de porque eso da mala suerte...
Ayer cambié las cuatro ruedas del coche. No las compres malas, no te fíes. Vale, haremos un esfuerzo. Busqué un taller que me ofreciera unos neumáticos a precio razonable: taller en Boadilla y unas Bridgeston. Ayer estructuro la tarde para solucionarlo todo con el menor coste de tiempo posible, otra de mis preocupaciones. A las siete y media, después de 45 minutos empantanado viendo como desmontan, montan y equilibran y un sorprendente, diminuto y eterno atasco de salida del polígono, llego a casa derrengado. Casi trece horas después de haber franqueado la puerta de salida...La sonrisa de mi familia y la garantía de tener un coche agarrado al suelo con cauchos nuevos merece la pena.
Hoy llego al trabajo, aparco, con mi tiempo y mi calma de siempre y a la media hora llega un compañero oye, que tienes una rueda pinchada. No me lo puedo creer. Y no parece pinchada, es como si estuviera perdiendo poco a poco el aire, porque no está en el suelo (¡todavía!) ¿Y ahora qué? ¿Monto la rueda de repuesto, me voy al taller y cojo de las pelotas al dueño hasta que me pongan una nueva?¿exijo que sean ellos los encargados de hacerlo, traer un operario y que me lleve el coche una grúa de su propio taller?¿me cago en sus muertos y empiezo con los trámites? Esa opción parece la más certera, cuando menos la más factible, así que ya estoy buscando el teléfono porque la relación excrementos-decesos está casi finiquitada. Mierda de coches.

22 de diciembre de 2010

AL CESAR...

Si hubiera sido al contrario, si mi compañía de seguros me hubiera defraudado, como ocurrió en mi pequeña y escatológica Venezzia carabancherla , estaría ahora escribiendo, malhumorado y seguro de estar en posesión de la verdad. Así que, al Cesar lo que es de la Mutua. Hace algo más de un mes tuve la desagradable sorpresa de descubrir, gracias al ojo certero del mecánico de la ITV, que tenía un faro antiniebla roto. Como el coche no es un capricho, sino un bono de tiempo que necesito para reducir la distancia que hay de mi trabajo a mis hijos y a la inversa, hube de hacer un arreglo de emergencia llamado 135 euros. Pasados unos días me di cuenta de que tenía un seguro a todo riesgo que me debía cubrir los arreglos. Así que algo escéptico llamé y un amable operador me informó de una posible solución que traslado para futuros casos: realizar un parte sin contrario, adjuntar la factura original de la reparación y una pequeña carta explicativa de lo ocurrido. Dirigirla a la sección especializada en daños sin contrarios y esperar. Bien pudiera el seguro alegar que yo no actué en forma, pues no hubo peritaje previo. Pero no, ayer mismo, diez días después de dejar la carta en el buzón, llegó una breve carta de la Mutua con un talón con el importe íntegro de la reparación. Sí, tenemos un seguro a todo riesgo y lo pagamos todo. Pero iba a seguir teniéndolo si esto no se hubiera resuelto tan sencilla y favorablemente. Así que, como mi abuela decía que es de bien nacidos ser agradecidos, yo soy, soy, soy, soy...

18 de noviembre de 2010

ITeVas a joder


Ayer fui por primera vez con mi coche a la ITV. Tiene seis años, así que quien perdía la virginidad era yo. Me hacía cierta ilusión robarle esa tarea a mi pareja. Pero siempre que voy con el coche a un lugar donde me cobran siento como en mi cartera le babean los píxeles a la visa y tiemblo. Después aquella especie de casting de operación triunfo para cauchos y latas con motor se me antojó como un matadero. Allí todos en ordenadas y humeantes colas esperando el turno para que un tipo con mono y grasa desganada le diga a tu coche si vale o no vale para hacer lo que ya hace: llevarte y traerte. Además, como tengo el síndrome del estudiante, siempre voy nervioso a cualquier prueba que suponga una valoración. Aprobar o no aprobar, esa es la cuestión. Y con el coche sentí, salvando las distancias, como si fuera un padre. Ay, míralo, que bien lo está haciendo en los rulos. ¡ Pero que bien frena mi chico ! Oiga, oiga, con cuidado, no le meta ese palo tan brúscamente por el tubo de escape, no ve que es muy sensible. El mecánico me dice oiga, tiene usted el cristal de un antiniebla roto. Ups, pues no me había dado cuenta. Pues nada, ya está, pase por la oficina. Cuando me entrega el papel me dice pues hasta el cuatro de diciembre ¿De qué año? No, no, que no la ha pasado, que tiene que cambiar el faro antiniebla. Vamos, que me mandaban el coche para septiembre, concretamente había suspendido luminosidad extrema punto 4.8.6.2 Así que me volví a casa haciendo cábalas de como hacer lo uno para terminar lo otro en el plazo. Y después le fui dando vueltas ¿cómo es posible que te rechacen en una revisión técnica porque no está perfecto un elemento no obligatorio?¿qué hacen con los 127 que tienen las largas y de milagro? Y, sobre todo ¿cómo cojones puede costar 140 euros cambiar un faro?

26 de febrero de 2010

ADIOS BRAVITO ADIOS

El virus se lo inoculamos con la inyección del seguro a terceros y cayó definitivamente enfermo con un ataque de defecto de distancia de seguridad. Chapitopausia aguda y torcida. Lo llevamos al especialista, que limpiándose las manos de grasa, sentenció: está grave. Yo le miré e hice un gesto muy claro con la mano, como si amasara algo con los dedos, ¿cuanto de grave? Ehcó un último vistazo antes de destrozarnos con su definitivo diagnóstico: 1.700 euros de gravedad. Sí, está grave, muy grave, terminal. Primero vino la negación de la evidencia en forma de cabreo y maldición, viéndonos buscando un coche pequeño y económico y la angustia otra vez de endeudarte por un trozo de chapa con motor. Pero después llegó el luto y la pena. El bravito ha estado con nosotros los últimos once años. Nos ha llevado y traído con un sol de justicia, con la lluvia impertinente, con las refrescantes tormentas, en la soledad del asfalto agosteño, en la ficticia vida del atasco navideño, por la montaña, por la playa, por la pradera, por la llanura. En su chapa aun puedo adivinar los restos de la primera cerveza que me tomé a su lado en algún pueblo blanco de las montañas granadinas, tal vez algún resto de sidra mal escanciada de un agosto en Luarca, aquella noche gerundense tumbados en su capó viendo una lluvia de estrellas, me acordé de todas las veces que nos llevó a Levante a ver a los sobris, todos los veranos que nos acercó al Maestrazgo, estos últimos seis años que me ha llevado y traído puntual a mi trabajo. En el fondo pensar en dejar una coche es como dejar una casa donde has vivido muchos años. Lo lógico es que lo hagas para mejorar, sí, pero ¿no miras la casa vieja y sientes una punzada de nostalgia? Pues eso siento yo al ver ahora la chapa retorcida de mi bravito.

A modo de despedida he querido dejar uno de los momentos que pasamos juntos, con algo de música. Adios, bravito, adios.

14 de noviembre de 2008

LA CULATA QUE LOS PARIÓ


Tengo cuatro hijos. Dos listos y dos tontos. Unos tienen brazos y piernas y otros ruedas. Todos me cuestan bastante dinero, pero unos me llenan de satisfacciones y otros lo que me llenan son el arca de las frustraciones. Explico mi última semana para ver si soy capaz de hacerme entender. Tengo, además de ser el presidente de su asociación de damnificados, un Alfa Romeo (ya hemos hablado de él). Cumple cuatro años, le toca la ITV, así que mosca como andaba con él desde el día que lo saqué del concesionario, decidí llevarlo a una revisión, entre otras cosas porque hacía un bastante ruido, como si fuera si fuer un macarra y él mi buga tuneado. El tubo de escape roto. Que manda narices, el Renault 5 de mi tío va camino de 40 años con el mismo y el falfa de los piiiiiii se rompe. Bueno, pues qué vamos a hacerle, reparación de 600 euros y listo. Funcionamos con el otro, con el bravito, pero éste tuvo envidia de su hermano, y al aparcarlo el sábado (tercer día sin Alfa) carrracarrracarrracacacarrra (así era el ruido, más o menos). Nada, que algo roza y en lugar de un Diesel pareciera que aparcara un tractor. Como el coche funcionaba y necesitamos al menos uno, fui tirando, muerto de miedo, hasta que del taller me dijeron (hace dos días) que tenía el otro. Hacemos cambio, pago religiosamente y me confirman que se trata de la correa de distribución, que anda ya remolona. Otros 600 euros. Bueno, tarde o temprano tocaba. Me voy a trabajar con el Alfa, se supone que niquelado. Vuelta del trabajo, el dichoso ordenador que me avisa, avería del motor. Miro a un lado. Miro al otro. ¿Dónde cojones habrán escondido la cámara oculta?. Así que antes de ir a por mis hijos, al taller. Mira, que lo saqué ayer y esto es lo que me dice. El ordenador muestra cuatro averías posibles, dos de ellas de funciones que no tiene (es un windows 98, así que cualquier cosa). Resetean, porque el motor no parece sufrir avería alguna. Me voy a por mis hijos, maldiciendo mi buena suerte, y otra vez el pitido, que lo odio más que al de mi despertador. Vuelvo al taller, ya con la familia al completo, y como el bravito estaba listo, cambiamos, como si fuéramos una familia trashumante, de un coche a otro y nos vamos dejando el dichoso alfa. Que puede tener algo en el caudalímetro, que a mi todas las averías me suenan a agujero en mi cuenta, y ya me estoy preparando para el siguiente hachazo. Que no sé si voy a ser como el del chiste, que voy a tener que vender el coche para comprar gasolina, pero a este paso lo tengo que vender para pagarles a los del taller.
En fin, siento la charla, pero es que tenía que desahogarme.