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29 de noviembre de 2010

EL EMAIL


DE: Xavier Tebar (xtebar@multiplan.com)
PARA: Alicia Martínez (amartinez@multiplan.com)
CC
ASUNTO: No puedo más, preciosa, no puedo más.

Ana, hoy te he visto entrar y ya no he podido más. Ese escote, ese canalillo de vértigo, esos pantalones ajustados, que te marcan el culo, un culo que me vuelve loco. Todos te hemos mirado. Se ha hecho un silencio tremendo en el departamento. Tú ibas ajena, pensando en tus cosas, pero tus caderas nos han golpeado y nos has dejado noqueados. Cada día estás más guapa, ¡ qué coño más guapa ¡ estás más buena. Tus pechos me tienen obsesionado, cierro los ojos y no dejo de pensar en ellas, y me dirás atrevido, pero en casa muchas veces fantaseo con masturbarme con ellos, entre ellos, y descargar mi placer sobre tu piel. Esa idea me vuelve loco, no lo puedo remediar, lo pienso todos los días. Ahora mismo no puedo concentrarme. Tengo que emitir el Informe para Berlín y no soy capaz de cuadrar los números. Solo puedo imaginar como voy a tu despacho, te tiro contra la mesa y te follo con locura. No puedo más, ¿hasta cuando vamos a tener que resistirnos? Por mi hoy mismo ponemos fin a todo esto. Te espero en una hora en los baños de la planta sexta, que sigue desocupada. No me falles, que yo no lo haré…

ERNESTO SANCHEZ
Sales Reporting

DE: Alicia Martínez (amartinez@multiplan.com)
PARA: Xavier Tebar (xtebar@multiplan.com)
CC: Ana Martínez (anamartinez@multiplan.com)
ASUNTO:Re: No puedo más, preciosa, no puedo más.

En primer lugar agradezco todos los elogios vertidos en tu correo. Aunque jamás sospeché que mis pechos, a los que he considerado más bien discretos, pudieran haber despertado semejante deseo, ni en ti ni en tus compañeros de departamento. Se agradece tu sinceridad. No termino de entender lo del canalillo y/o escote, ya que si en algo he caracterizado siempre mi vestimenta en la oficina ha sido por la moderación. Vamos, que soy más de cuello alto que de escote. Sobre tu fantasía de sentir un orgasmo sobre mis pechos, estimo oportuno no entrar en detalles. Sí que creo oportuno, en cambio, percatarte de un detalle, sobre todo si estás aun esperándome en los baños de la sexta planta, que, para tu información fueron ocupados por el departamento de crédito la semana pasada. Quizá no fuera yo quien debiera haber recibido este correo y por esta razón copio a nuestra compañera Ana, de marketing, con la que comparto apellido. Desconozco si estará interesada e incluso en tiempo de acudir a la cita, pero la copio en el correo a fin de agilizar los trámites. Le deseo suerte con los pechos de Ana, que, sinceramente, lucen más espectaculares que los míos y entiendo su semen encontraría un entorno más favorable para su despegue. Lo que sí le ruego es, en cuanto den por finalizado el encuentro, se reponga y termine el informe ya que los resultados de la compañía dependen de dicho documento. Huelga decir que, desde la recepción de este correo, también lo está su puesto de trabajo.

Un atento saludo.

ALICIA MARTÍNEZ
DIRECTORA GENERAL

22 de noviembre de 2010

LAVANDO EL COCHE


Van con la desgana de siempre. Pagan en la gasolinera. Hoy al menos han tenido suerte, son los primeros. Los rodillos esperan la entrada del coche. Van en silencio, cada uno pensando en sus cosas. El coche encaja en los rieles. Las manos libres. Como por despiste, la mano que gestionaba las marchas impacta contra la piel desnuda de la pierna, gentileza del verano y la minifalda. Se miran. Sonríen. La mano es más incisiva de lo esperado y con certeza se cuela por entre la tela y la pierna. Ambas piernas se abren como una flor. El rodillo ha ocultado el coche bajo una patina de jabón. Y se desata entonces una inesperada batalla de deseo. Sin mediar palabra comienzan a besarse. Ella se levanta la falda hasta la cintura, se quita las braguitas, saca la polla de su marido, se la mete en la boca un par de veces a modo de certificado. No habrá problemas. Y no los hay, más allá del volante, que presiona sus riñones y hace imposible que bascule su cadera. Reclinan un poco el asiento y lo hacen para atrás todo lo que el ingeniero que lo diseñó pensó que era necesario, a todas luces no lo suficiente. Pese a la incomodidad logran encajar sus cuerpos y encontrar una postura híbrida entre deseo y circo, para poder follarse el uno al otro con toda la fuerza que encuentran. Tal es así que cuando una especie de cortinas de plástico, último paso de la limpieza, los devuelve al mundo, cada uno está, orgasmo mediante, colocado en su asiento, la ropa más o menos cumpliendo su función sobre el cuerpo. Todo adornado con unos divertidos pelos despeinados y dos inmensas sonrisas. Cuando el semáforo da luz verde se dan cuenta de que hay dos palancas de cambio, una de color negra y otra color carne. Empiezan a reír con estruendo mientras el coche da los primeros pasos. No hay duda de que si alguien ha ganado es el coche, que en lo sucesivo será el más limpio de la ciudad.

15 de noviembre de 2010

A OSCURAS

Están completamente a oscuras. Ninguno de los dos puede verse. Él acaricia su cuerpo con suma paciencia. Es una mujer atractiva, de curvas sinuosas, generosas, entregadas, le dicen la punta de los dedos. Ella hace lo mismo con sus manos. Quizá con menos delicadeza, sin poder evitar arañar la sorprendente musculatura con manicura francesa. Él está sentado en mitad de la cama. Ella sobre él. Se besan y comienzan a bascular. Es ella quien busca en la oscuridad el preservativo. Antes de enfundar el pene se deleita con el olor, con el sabor, dejándolo unos segundos en la boca. Él hace intención de corresponder el gesto, pero ella necesita sentirlo dentro ya, ahora mismo. Se incorpora lo justo para que pueda entrar en su cuerpo, con suma facilidad. Así, el uno sobre el otro. El uno dentro de la otra, empiezan a moverse. Primero con suavidad, como si se estuvieran terminando de reconocer. Después con más fuerza. Hasta que cuando los orgasmos van llamando a la puerta, con tremendas descargas eléctricas entre las piernas, la violencia de las embestidas le obligan a ella a buscar en la cama algo de estabilidad. Así su cuerpo, salvajemente empujado por su amante, se reclina en el orgasmo en una acrobática postura. Ambos desfrutan del orgasmo, con golpes profundos que acompañan las oleadas ardientes dentro del cuerpo de ella. Después se vuelven a besar. Él hace intención de continuar. Espera. Entonces ella se pone frente a él, de espaldas, las rodillas y las palmas de las manos sobre la cama. Con una de ellas le ayuda a entender la postura. Él pone las manos en la cintura y la penetra con ansia. Empieza después a moverla con violencia de nuevo. El culo hacia atrás y después hacia delante, ella que se acopla al movimiento llevada por un nuevo orgasmo, que alcanzan los dos en una deliciosa comunión de gemidos. Después ella se deja caer en la cama y enciende la luz. Se tapa con la manta. Hace frío. Él está sentado y tienta con las manos la cama. Más a la izquierda, le indica ella. Coge sus calzoncillos. Después los pantalones. La camiseta. Está en el suelo, al lado de los zapatos, le aclara ella. Vestido se acerca hasta la puerta, antes de salir toma el bastón blanco que había dejado de pie ¿Volveremos a vernos? pregunta ella acurrucada la cama. Después se da cuenta de lo absurdo de la frase. Perdona…dice tímida. Él sonríe desde la puerta, feliz como nunca. Por su puesto que volveremos a vernos.

8 de noviembre de 2010

LA BAILARINA Y LA BARRA


Soy una bailarina profesional. Trabajo en un club de streptease de alto nivel. Eso no asegura, en absoluto, las bonanzas del respetable. Mi especialidad es el baile en barra. Soy profesora. Así que le dedico horas y horas a la barra y a mi cuerpo. De hecho el uno y la otra forman parte de una unidad, el ejercicio me da esta musculatura que sorprende en el baile y la barra el dinero para pagarme mis estudios y un vigor plus en mis pechos. Somos como hermanas. O eso pensaba yo. Y las dos nos cuidamos mutuamente. Ella se deja hacer y yo la doy lustre con mis piruetas. Una noche, como otra cualquiera, salí al escenario concentrada. Menear tu cuerpo medio desnuda junto frente a pijos borrachos requiere de cierto arte de abstracción. Estaba viviendo una etapa amorosa intensa fuera del escenario. Quizá eso ayudó. Un amante ardiente e insaciable me tenía loca. Empecé a bailar, como todas las noches, intentando evadirme del entorno, dejándome llevar por la música y la coreografía preparada. Las piruetas iban saliendo según lo previsto, ya he dicho que soy una profesional, y el público estaba más o menos atento a mis requiebros. Más a las formas que adquiría mi cuerpo que a las virtudes del baile. Pero no les culpo. En un momento del espectáculo me abracé a la barra. La noté caliente. La acaricié fuertemente con mis piernas y sentí un calor intenso y desconcertante entre mis ellas. Noté como mi sexo se abría con furia al calor de hierro. Durante un instante perdí el norte. Me había descolocado la sensación, pero era tan intensa que no la podía evitar. Es más, varié por completo el baile, que pasó a ser pura inspiración, solo por abrazarme con más y más fuerza a la barra. Y a rozar mi coño contra ella, cada vez con más fuerza. Le regalaba inusuales lengüetazos y el público entonces empezó a entregarse, aplaudiendo y vitoreando como nunca mis contorsiones onanistas. Lejos de incomodarme me excitaba más pensar que ellos no sabían la verdad, y era que estaba gozando como una loca frotándome contra el metal. Terminé el espectáculo casi arrodillada, mi coño bien fuerte contra la barra. Los brazos asidos en lo alto, el cuerpo hacia atrás, golpeándome con furia y gimiendo casi por encima de los acordes de la música. El orgasmo llegó en el momento final del espectáculo. Cuando el público se puso en pie y llovían los billetes todavía no había recuperado el aliento. Volví a mi camerino, dejando atrás los aplausos y las erecciones, con una deliciosa y satisfactoria sensación de desconcierto.
He vuelto a intentarlo. Os lo juro que cada noche salgo a bailar con las mismas ganas de sentir lo que sentí aquella noche. Repito el baile. Repito la canción. Pero es imposible, al parecer aquella noche fue única.

25 de octubre de 2010

TRADICIONES


Dicen que la rutina es el cáncer de la pareja. Pero a ella hay algunas tradiciones que le parecen adorables. Tumbarse en la cama antes que él. Sentir el sueño ganarle la partida poco a poco a los párpados mientras él termina en el baño. La puerta entreabierta. Se cepilla los dientes, veinte veces para un lado, otras veinte para el otro. Después el agua y el enjuague bucal. Luego toca el pertinente pis. Morfeo ya ha lanzado un órdago definitivo cuando suena la cadena. Entonces la ve, esa maravillosa tradición que precede a la batalla. Una tradición que sabe más a invitación. Su marido se baja ligeramente los pantalones del pijama y con mimo limpia con agua su cosa, su falo, su pene, su polla. Y ahí es cuando Morfeo pliega velas, sabe que no ha de subir la apuesta, porque lo más probable es que la pierda. Después se lava las manos y se vuelve hacia la cama. La erección es evidente y ella finge estar dormida, luchando por que la sonrisa que lleva por dentro no se vea fuera. Él se mete en la cama, apaga la luz y le da un beso ¿Tienes mucho sueño? Sonríe, ya sabe que no va a tardar en comprobar lo deliciosa que es la tradición…

18 de octubre de 2010

EL COCHE PRESTADO


Hoy era el día. Tenía ganas. Ya ha pasado suficiente desde su ruptura. A la mierda el luto, le dijo una compañera de la uni. Depilación cuidada, ropa interior sexy, labios rojo carmín y preservativos: lista para la caza. Solo faltaba la presa. Pidió a su hermana el coche, nena, es que lo necesito. Quedó con sus amigas y a quemar la noche. Te vamos a llevar a la mejor disco para ligar, tía, que estás fuera del mercado. A ella le daba igual, era la primera vez que buscaba un polvo con un desconocido y su intención tampoco era ser muy exigente. Ya habrá tiempo para delicadezas, hoy el hambre manda. Una copa antes y otra con la entrada, suficiente alcohol en vena para perder el pudor inicial. Dos o tres se acercan en cuanto ella se aleja un poco del grupo de amigas y contonea sus caderas. No estaban a la altura, yogurines de instituto babeando por una adulta. Hasta que llega él, alto, guapo, apenas diecisiete años. Barba perfectamente pulida. Cuerpo musculoso. Repetidor de COU, bueno ¿a mí que más me da? Sabrá follar ¿no? Se deja cortejar un poco, por mantener las apariencias. Pero después se lanzan los dos a las bocas como desesperados. Él aprieta su deportista cuerpo contra ella y una columna. Siente la evidencia de todos los músculos y justo sobre la cintura una prometedora prominencia. He acertado, sonríe dejándose besar los pechos. Pero están en la discoteca. Recuerda el coche, que era parte del plan. Ven, he aparcado fuera, iremos a algún sitio más tranquilo. A él se le ilumina el rostro. Ni se despide de sus amigas, ya les mandará un sms. Antes de salir de la disco hacen un par de paradas, besos y más besos, caricias nada furtivas y algún que otro chupetón. Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Después de probar la resistencia de diversas chapas, con tanta efusividad que temió sentir un orgasmo antes de llegar, están junto a la ventana del coche de su hermana. Uf, que cochazo, tía, ¿es tuyo? Sí, miente, más preocupada por sacarla de la bragueta, Se vuelven a fusionar, pero él mira dentro del coche. Ahora parece tenso. Ella busca su boca. Él vuelve a mirar dentro y parece escrutarla con sus ojos azul profundo ¿Qué pasa? Le dice mientras busca su lengua. Le arde el sexo y se lo follaría ahí mismo. Se da cuenta de que el chico vuelve a mirar al interior del coche. Parece repentinamente nervioso. Esto, verás, es que me tengo que ir. Y ahí la deja, junto a la puerta, los pantalones medio bajados, el polvo desabotonado hasta el ombligo. Desconcertada. Cabreada. El culo frustrado contra la puerta del flamante todoterreno. Después mira dentro y las ve. Las tres sillas de bebé. Mierda, se golpea contra la ventanilla, mierda, mierda…

11 de octubre de 2010

DOLOR DE ESPALDA


Están recostados en el sofá. Uf ¿Qué te pasa? No, nada, es que llevo unos días con mucho dolor de espalda. Deja- inquiere ella- yo te ayudo. Le baja los pantalones, se arrodilla a su lado y comienza a besarle. El sexo primero parece distante, no sabía de qué iba la historia, ¡ si era la espalda lo que le dolía !, parece decir su todavía incipiente erección. Lo que ocurre es que siempre fue muy aplicado en sus deberes, así que no tarda ni una docena de lametones en entrar completamente erecto en la boca. Ella lo hace con calma, con paciencia, humedeciendo el terreno, siendo incisiva con la lengua en los puntos donde sabe que va a desatar las tormentas. Él sonríe, divertido, no sabe lo que durará el juego. De lo que no se acuerda ya es de su dolor de espalda. Ella lo tiene claro. Con las manos acaricia los genitales, estira de la piel, los amasa con suavidad. De vez en cuando desciende con la boca, mientras la mano prosigue el movimiento, y muerde con suavidad la piel que los recubre y estira con cierta fuerza, repitiendo la operación un par de veces. Es en este juego cuando va a llegar el orgasmo. Son muchos años juntos, no necesitan de mensajes verbales y directos para avisarse. Los gemidos, el gesto torcido, las manos apretando los hombros. Se va a correr. Le dedica un último viaje dentro de su boca, muy despacio, y después baja la piel con decisión para dejarla ahí, fuertemente prisionera de sus cinco dedos. Con la lengua se pasea justo debajo del glande, movimientos muy lentos e incisivos, deslizándola con presión hasta que el orgasmo los invade a ambos, cayendo el líquido de la evidencia por el vientre de él y por las manos de ella, jugueteando entre sus dedos. Se incorpora, toma una servilleta para limpiarse las manos, da otra a su sorprendido y encantado marido, sonríe, le da un beso y se sienta, tomando el mando del televisor. Es posible que mañana yo también tenga molestias en la espalda.

4 de octubre de 2010

AMOR SIN MÁS

La deja en la cama con suma ternura. Después observa su cuerpo desnudo. Los pechos, la cintura, el sexo, que espera tranquilo y atento. Comienza a besarla. Siente ganas de llorar, es algo más que deseo, va más allá de unos impulsos eléctricos en el cerebro y entre las piernas. Con las manos, los labios y la lengua no deja un rincón de su cuerpo sin adorar. Después se pone sentado sobre sus pechos. Así ella tiene acceso con la boca a su pene. La ayuda elevando su cabeza desde la nuca y dejando una almohada tras ella. Así, con un leve movimiento de cintura, va metiendo la polla en la boca, lenta y profundamente. Ella gime entregada, el sabor, el olor, ver su rostro desencajado, la rompen de placer. La lengua recibe la verga y juguetea con ella. Si siguen así teme sentir un orgasmo en sus labios. Ambos estarían encantados, pero no es el momento, no es el día. Tiene deseo de estar dentro de ella. Así que recula, se coloca a la altura de su cintura y la besa. El sabor de su propio sexo en la boca de ella dispara las sensaciones. Separa sus piernas y con ayuda de la mano y algo de paciencia entra dentro del coño. Ella gime como una gata herida, la polla quema por dentro. Empieza a moverse. Se abraza al cuello de ella y gime en su hombro. Los movimientos son cada vez más profundos. Ella siente el orgasmo acercarse ¿Vamos a sentirlo? No, todavía no, implora él. Hacen una parada. Respiran y gimen para retomar fuerzas y empieza otra vez a moverse. Esta vez es la definitiva, no hay tiempo para más. El orgasmo los sume a ambos en un mar de convulsiones y gemidos. Después vuelve la calma y dos enormes sonrisas invaden sus rostros. Quiero ir al baño, susurra ella. Espera. Hace intención de llevarla en brazos. No, por favor, quiero ir sola. La mira, sonríe, la besa y la deja sobre la silla de ruedas. Se tumba en la cama y la observa como con pericia maneja la silla hasta el baño. Después cierra los ojos y se deja llevar por una dulce modorra.

27 de septiembre de 2010

EN EL SOFA


Iba a contar una historia. Muy sencilla. Nada del otro mundo, si entendemos que de este mundo son dos cuerpos entregados al placer de amarse. Un sofá, el cuerpo de una mujer desnuda, sentada. El de un hombre, igualmente desnudo. Su sexo está erecto, y la mujer lo recorre con su lengua, metiéndoselO en la boca con pasión. Le agarra el culo con fuerza, clavando los dedos en la carne. Él acaricia su pelo con ternura. Después se sienta y es ella quien recibe los besos y las caricias, y los tiernos mordiscos en el culo, que los recibe con delicia. La mano se lanza entre las piernas y busca, al otro lado, los pechos. Unas caricias suaves para luego bajar por la tripa, rozar el bello del sexo y la cara interior de los muslos. Ella no resiste más y se tumba en el sofá, abriendo las piernas a modo de clara invitación. Él se arrodilla y comienza a besarla. La excitación va creciendo y ha llegado la hora de compenetrar sus cuerpos al completo. Ella se tumba en medio del sofá, las piernas abiertas sobre las mesas pequeñas. Pone unos cojines en el suelo para que él pueda arrodillarse. Se acomodan el uno al otro con sapiencia, y se mueven con certeza en un ritmo recordado. Quiero sentirlo antes y que te corras sobre mí. La invitación es tan tentadora que además de una sonrisa casi le sale al contrario. Pero al fin, gracias a las certeras caricias sobre el clítoris, ella logra el orgasmo. Se sale y comienza a masturbarse sobre su cuerpo. En apenas unos segundos siente también su orgasmo, profuso, que llena de caldo caliente el cuerpo entregado y divertido. Se abrazan, se besan, se fusionan, se quieren.
Esa era la historia, y no parecía tener demasiada chicha, más allá de los cuerpos y el deseo. Pero tal vez si contara que llevaban años sin poder hacer el amor en el sofá, y con la puerta abierta. Y si cuento que él, al pasar por la puerta de la habitación pequeña ve las camas vacías de los peques y sonríe, recordando el mensaje de la abuela, los tres dormidos como campeones. Entonces sí, entonces sí hay chicha…

20 de septiembre de 2010

PILLADOS


¡ Vamos a hacerlo ¡ ¿Ahora? Sí, ahora mismo, aquí, sobre la mesa, estoy muerta de deseo. Pero, puede que vuelva. No te preocupes por él, solo preocúpate de mi placer y del tuyo. Echa una última mirada temeroso a la puerta y se deja llevar. No tienen tiempo de desnudarse. Ella está sentada en la mesa, y mientras él se quita los zapatos, se deshace de la ropa interior, arrugando la falda sobre los muslos, para que nada se interponga entre el placer y ella. Se besan con fuerza. Ella comprueba la erección y después dirige al pene dentro de su cuerpo. Tienen que hacer algunos movimientos para que todo encaje a la perfección. Cuando esto ocurre comienzan a moverse con precisión, buscándose la boca, los ojos. Saben que el deseo retenido va a facilitar un orgasmo rápido. Me corro, me corro, grita ella, agarrándose con fuerza al cuello. Me corro, certifica apretando los dientes contra el hombro. Pero siguen el movimiento. Falta un orgasmo. Hasta que suena la puerta, el inconfundible tintineo de las llaves. Mierda, grita ella. Joder, grita él. ¿Qué hago? ¡ A la habitación, vete a la habitación ¡ Obedece, recogiendo, semidesnudo, los zapatos y la camisa del suelo. Su estampa es ciertamente cómica mientras trata de alcanzar la puerta. ¡ Mamá ¡ se escucha desde el pasillo. Ha logrado adecentarse y se abraza a su hijo ¿Qué tal el cole? Bien, muy bien. En ese momento aparece él por la puerta, perfectamente vestido, con cada prenda en su lugar adecuado. ¡ Papi ¡ grita el niño, que corre a abrazarse a su padre.

13 de septiembre de 2010

EN EL CINE


Está solo en la sala. Apenas una docena de espectadores más espera el comienzo del film. Antes de que la publicidad termine una pareja entra en la sala. Ella es alta, muy atractiva, unas largas piernas tostadas al sol se lanzan camicaces desde su cadera, despedidas por una diminuta minifalda. Sube del brazo de un hombre que parece sobrepasado por la situación, tal vez sorprendido de la belleza que prende de su brazo. Se sientan a su lado. Ella sonríe. La sala se oscurece. Las luces juguetonas de la película, que ha pasado a segundo plano, juguetean con la piel de las piernas de la mujer. Cambian de postura y sus rodillas colisionan en esa especie de baile imprevisto. Se quedan ahí, rozándose. Es verano y con sus pantalones cortos siente la dolorosa presencia de la piel de la mujer. Se lanza al vacío y lleva su mano al muslo. La mujer mira. No parece sorprendida. Bromea con el hombre con el que ha entrado, comentando, tal vez, pura estrategia, algún aspecto de la película, pero al tiempo descruza las piernas en una clara invitación. Él la acepta sin pensarlo, dejándose llevar por la erección salvaje que atenaza su polla bajo los pantalones. Lentamente lleva los dedos entre las piernas, que con la ligera separación han legitimado la invasión. No lleva ropa interior, así que no le cuesta lo más mínimo adentrarse en la cueva, que parecía estar esperando a sus dedos, húmeda y abierta. Entra con facilidad, sitúa su mano para poder dejar los dedos dentro, tecleando sinuosos, mientras la palma de la mano fricciona contra el clítoris. Ella devuelve la jugada, y con la mano certera y directa logra rescatar el pene y comienza a masajearlo con violencia. Mientras los actores de la película se afanan por evidenciar la presentación de la historia, ellos se masturban con fuerza. No pueden evitar toda una suerte de movimientos adyacentes, incluso gemidos incontrolados cuando el orgasmo se hace cada vez más latente. Es él quien lo alcanza primero. Ella, al sentir la evidencia del placer en forma de caldo caliente sobre sus dedos, cede un poco el ritmo y sonríe satisfecha para entregarse a su propio placer. Pero el hombre que está a su lado se percata del juego, grita algo que, pese a retumbar en la sala, nadie logra entender y, levantándose como un resorte de la butaca, sale despedido hacia la puerta de salida. Ya a lo lejos el grito de “eres una zorra” se escucha con más nitidez. Ella suspira, lo siento, cariño, la próxima vez elegiré mejor. Él también sonríe, la polla todavía fuera, y lleva su mano de nuevo entre las piernas de su mujer, no puedes quedarte así, ¿verdad? y comienza otra vez el baile…

6 de septiembre de 2010

FOOTING


A mi mujer le dio estas vacaciones por mantener la forma. Así que me obligó, digo, propuso, salir cada mañana a primera hora a trotar un poquito. Así que ahí nos veis, pleno mes de agosto y con pantalones cortos y zapatillas a las ocho de la mañana. Salíamos a correr por los caminos cercanos a la casa de veraneo. Ella iba con unos pantalones ajustados hasta las rodillas y un top. Mirando su culo apretado moverse en cada zancada no entendía muy bien que necesidad teníamos de sufrir. Pero uno es muy bien mandado y a regañadientes le seguí el ritom. El camino era bonito, rodeado de olivares que intuyo centenarios, pero no dejaba de ser hacer deporte ¡y en vacaciones ¡. El sol salpicando el horizonte y, sobre todo, los pechos de mi mujer botando en cada golpe de talón. Era una estampa preciosa ver su cuerpo sudoroso moverse al son de la carrera. Me fijé el primer día en que los olivos tenían una especie de montaña alrededor, como si fueran una sombrilla de playa recién plantada. Tentador. De vuelta, la segunda mañana, no pude resistirme. Ven, hoy vamos por aquí. Y la cogí de la mano sacándola del camino. No entendió nada hasta que comencé a besarla junto al árbol. Ella reía, pensando que era una pequeña broma. Y no dejaba de mirar de un lado a otro. Pero la cosa era seria, le decía mi entrepierna, mostrando una erección salvaje. Entonces, no sin mirar de nuevo a un lado y a otro, se entregó al juego. Quiso sacarme la polla y metérsela en la boca, pero no había tiempo para preliminares. Así que la tumbé sobre la pequeña montaña, saqué una pernera de sus pantalones ajustadoS y por entre la tela del culót logré meterme dentro. Estábamos sudando y nuestros cuerpos se fusionaban con fuerza. Ella levantaba el suyo para recibirme en cada embestida. Yo me agarraba al olivo para volver con toda mi fuerza. La excitación era tal que apenas tardamos en alcanzar un orgasmo, tras el que vino un acceso de timidez de mi mujer, que se vistió en apenas dos movimientos y después un tremendo ataque de risa que casi no nos dejó correr lo que nos quedaba hasta la casa. A la mañana siguiente volvimos a repetir el ritual, incluso teníamos tantas ganas que no hizo falta despertador, y yo fui el primero que me calcé las deportivas. Y la siguiente igual, y la siguiente…Este verano hemos vuelvo en mejor forma que ningún año ¡adoro el footing rural ¡


30 de agosto de 2010

EL MENSAJE


Hace apenas diez minutos estaba arrodillado entre sus piernas. Les gusta verlas, sentirlas así, expectantes ante lo que va a ocurrir. Su amante de esta noche era alta y muy delgada, demasiado para su gusto, fibrosa, deportista, tal vez Pilates. El pecho pequeño y firme, casi pareciera el de una adolescente en crecimiento. La piel tostada, la respiración entrecortada, toda una metáfora al placer. Como en un ritual se inclinó sobre ella y susurró al oído las palabras mágicas: voy a hacerte gritar de placer. Se enfundó entonces el pene en un preservativo y con el dedo gordo de su mano correctamente humedecido comenzó los movimientos circulares sobre el clítoris. Ella arqueó el cuerpo y se agarró con fuerza a las sábanas, clavando en la seda su manicura francesa. La polla entró con una facilidad pasmosa. Los movimientos eran estudiados. Primero profundidad, lenta, intensa. El dedo firme en sus movimientos circulares, siempre húmedo, nunca incisivo en exceso. En cambio el pene sí entraba y salía con rotundidad, hasta lo más profundo de la cueva. Ella estaba completamente entregada al placer, perdido el poco pudor que le quedara, gritando, apretando los dientes, entusiasmada de tener por fin un amante a la altura. Tan a la altura que la lleva al orgasmo antes de lo que tenía previsto. Él se detuvo un instante, como el cazador orgulloso que es. Tranquila, esto no ha terminado. Y comenzó de nuevo los movimientos circulares y la penetración, ahora mucho más intensa y acelerada. En los ojos de ella estudiaba la cercanía de un segundo orgasmo, que llegue con prontitud. Tiene su propio código de conducta con las amantes recién estrenadas, y en su escala de valores un doble orgasmo le permite dejar su huella. Así que sin mediar palabra, después de gozar con el rostro desencajado de placer y sorpresa, sacó su polla, se deshizo del preservativo y comenzó a masturbarse sobre el pubis y el vientre. Ella, recuperado el aliento, entendió el final y se apuntó a la fiesta. Se fue colando, poquito a poco, entre sus piernas hasta poder alcanzar la polla con la mano y apuntarla directamente a sus pechos. El orgasmo fue profuso, dentelladas largas que surcaron sus tetas, su rostro, que recibió el semen son sorprendente naturalidad, como si fuera una práctica habitual, y no algo extremadamente extraño. Después ejerció sus encantos postcoitales habituales, todos enfocados a la huída rápida. Ella se quedó en la cama, semidormida, todavía con los restos del placer sobre su cuerpo. Él se vistió, escribió en una nota su frase acostumbrada: “si quieres volver a gritar de placer solo tienes que decirme cuando”. Y su número de teléfono. Lo de siempre. De eso hace diez minutos. Apenas el ascensor le ha facilitado el acceso a la calle cuando recibe un mensaje escueto y directo: “mañana”.

23 de agosto de 2010

TRÍO


NOTA: Fragmento de la novela inconclusa "Mi amigo David"

(...)La mayoría volvió en el mismo día, porque el que más y el que menos tenía sus responsabilidades. Menos David, Sofía y yo, que quisimos alargar la fiesta al menos una noche más. Borrachos como estábamos decidimos abandonar una de las dos habitaciones porque Sofía decía que era injusto que durmiera sola. Juntamos las dos camas y nos dejamos caer, sudorosos y borrachos, desbordados por la felicidad de lo que nos estaba ocurriendo. Hacía calor, y con toda la naturalidad del mundo Sofía se quitó la ropa, quedándose solo con una deliciosa braguita estilo slip masculino. No estaba dotada de una exhuberancia natural, como Sandra. Su belleza era más bien la de una mujer serena, de curvas tranquilas. David comenzó a acariciarla. Ella se dejó hacer, cerrando los ojos y aspirando con parsimonia el humo del porro. Yo permanecía como espectador, y no niego que me resultaba excitante ver la mano de David recorriendo aquel cuerpo de piel blanca. Sofía se quitó el slip y nos mostró un sexo sorprendentemente cuidado, aquella diminuta mata de pelo coronando su coño se antojaba anacrónico con respecto al resto del conjunto, supuestamente llevado por la dejadez. David no dejaba un rincón sin recorrer, ya fuera con las manos o con la boca. Terminado el porro, las manos de Sofía estaban libres para centrarse en nuestros cuerpos. Así cogió nuestros penes, uno con cada mano, después de pedirnos, con una voz suave, que nos desnudáramos del todo. Mi erección no era total, pero mecida por su mano, mi pene se dejaba hacer feliz. Mi excitación fue aumentando de ver a David, erecto para mí por primera vez en nuestras vidas. La mano de Sofía se movía con maestría, arriba y abajo, con ritmo suave pero pronunciado, intenso, demorando con profundidad. Me faltó valor para robarle la polla de la mano. Me limité a excitarme con lo que estaba viendo, imaginando que era mi mano la que jugueteaba con la piel más íntima de David. Se besaban con pasión y David llevó su mano, después de pasarla por los labios de Sofía, a su coño. Vi como Sofía abría las piernas para facilitar la entrada y comenzaba a gemir. Iba aumentando el ritmo de sus manos, hasta que las tres, y por ende los sexos, se coordinaron en ritmo y velocidad. Era pura intuición, pero cuando ella necesitaba más velocidad, aceleraba la piel de nuestros penes y la mano de David respondía al instante. Si la petición era a la inversa, las manos de Sofía se disparaban y la de David invertía el ritmo. Con esta sincronización, coronada por los gemidos de Sofía, terminó en un orgasmo de nuestra amiga, que arqueó su cuerpo dejándose llevar sin pudor alguno por el placer. No dejó de mover sus manos, esperando que descargáramos nuestro placer sobre ella. Nos miraba a uno y a otro, esperando quien sería el primero en dejar caer el caldo de su orgasmo. Yo buscaba la excitación en los ojos y el cuerpo de David, que arrodillado miraba al techo henchido de placer. Sudoroso como estaba, si fibroso cuerpo se me mostró más hermoso que nunca, la musculatura tensada hasta el dolor pareciera una escultura griega. Fue él, lógicamente, el primero en correrse sobre la cintura de Sofía, que empezó a reír divertida mientras el orgasmo perlaba su piel de gotas blancas. Después, riendo más todavía, dijo que iba a pintar un cuadro con aquella brocha y aquella pintura, e hizo una especie de trazos. Después se incorporó para ponerse de rodillas frente a mí. Yo permanecía tumbado. Con ambas manos siguió los movimientos. Por detrás de su cintura entraron las manos de David, que se pusieron sobre las suyas. Aquella evidencia, que pese a que contra mi piel estaban lo dedos de Sofía, yo sentía dentro de mi cuerpo que eran las de David, hizo que yo también me acercara al orgasmo. Fue intenso y pese a ello luché por mantener los ojos abiertos, quería ver como el caldo de mi placer manchaba los dedos de David. Así fue. Durante unos segundos juguetearon en un baile de piel de dedos, penes y genitales. Después se besaron y ambos se acercaron a fusionarse con mis labios. Después, sin molestarse en limpiar los restos del placer, ligeramente abrazados, se dejaron caer en la cama y se quedaron profundamente dormidos. Yo, ni con todas las drogas del mundo hubiera podido conciliar el sueño aquella mágica noche, tan desconcertante como otras muchas en las que el deseo se mezclaba con David. El cuerpo de Sofía era tan blanco que casi relucía en la poca luz que entraba por la ventana. Era tan delgada como David, y con el pecho tan pequeño que resultaba complicado, si no fuera por el sexo flácido y dormido de David, quien era quien. Ya muy de mañana se despertó Sofía, que se levantó resacosa y directa se fue a la ducha. Antes de ocultarse tras la puerta me miró y sonrió ¿quieres ducharte conmigo? Pero yo prefería quedarme viendo el cuerpo dormido de David. Sofía salió secándose la rasta, desnuda todavía. David se desperezó y se quedó observándola. Eres hermosa, le dijo. Encendió la luz y con el bolígrafo que siempre tenía a mano hizo una silueta de comic, muy a su estilo, de una mujer delgada secándose el pelo. La dobló, la dejó en los pantalones de Sofía y se metió en la ducha.

2 de agosto de 2010

SABER LAMER


-Me gusta, me gusta como te lo metes en la boca, como dejas la lengua para rozarlo entero. Me gusta ver el placer que sientes al notarlo dentro, como jugueteas con él, como lo sujetas con la mano fuerte, como si temieras que fuera a escaparse en el último lametazo. Así, eso es, pasa la lengua desde la base, despacito, llega a la punta y luego a la boca. Eres buena, muy buena, me estás poniendo a cien, sigue por favor, no pares, sigue revoloteando con tu lengua, a un lado, al otro. Eso es, me encanta ver como buscas las gotas que chorrean con tu lengua y después con el dedo y como te llevas el dedo a la boca, y lo chupas como…
-¿Decía algo?
- No, nada, que veo que te gustan los helados…

26 de julio de 2010

EN LA ISLA DESIERTA


NOTA: Esta historia es una adaptación y pura fantasía.

Él era un hombre entrado en los cuarenta, con una barriga incipiente que echaba una cruel carrera a su calvicie. Ella Halle Barry, sobran las palabras. Sin saberlo, sobre todo para él, compartían espacio en aquel crucero. Ella, por su puesto, en la zona más noble, compartiendo mesa con el capitán. Él con recién casados y grupos de jóvenes alcohólicos. Una noche, cada uno en su cama, sintió el fuerte golpe y después el caos. El agua entraba a borbotones y el barco se hundía sin remedio. Lograron ambos salvar la vida con algo de pericia y fortuna. La primera en llegar a las blancas arenas de la playa fue la actriz, en evidente mejor estado de forma que el español medio. Agonizando en la orilla las salvadoras manos de Halle lo pusieron a salvo. Cuando abrió los ojos y la vio ahí, acunándolo, pensó que era un sueño o que se había muerto y definitivamente Dios era negro. Cuando se recuperó de los dos impactos, el de estar vivo y el de estar junto a la diosa del celuloide, pasaron a la acción en las cuestiones más prácticas. Empezaron a llegar restos del naufragio y planificaron la primera noche. A la que siguió una segunda. Una tercera. La primera semana. La segunda. Entonces se dieron cuenta de que aquello iba para largo. Habían construido dos chamizos independientes y una incipiente amistad surgida de la necesidad. Ella le hablaba de la soledad de la estrella y él se callaba las veces que se había masturbado pensando en hermosuras como ella. Una noche Halle ya no aguantó más y se adentró en su chamizo. Españolito, le dijo, porque así empezó a llamarlo, creo que si esto va para mucho tiempo tal vez debamos cubrir otras necesidades, y dejó caer la camisa de hombre que llevaba a modo de vestido. Aquella noche se amaron con locura. El pobre españolito había soñado tanto con este momento que le pudo la ansiedad. No te preocupes, dijo ella, sé como hacer que te sientas mejor. Descubrió entonces su gusto por el sexo oral. Por los orgasmos por detrás al atardecer. Por ser una loca amazona. Por los mordiscos en los pezones. Por los arañazos en la espalda. Con todo el tiempo del mundo, follaban y follaban sin parar, sin límites. Pusieron todas las fantasías en juego, cada día se proponían hacerlo de una forma distinta, sin control, sin límites, gritando al cielo plagado de estrellas brutales orgasmos. Pero entonces el españolito empezó a sentirse triste, alicaído. Ella ponía todo el empeño que podía, accedía a todos sus deseos, se comportaba como la más lasciva de las mujeres, sin suerte. La depresión era creciente. Así una noche no tuvo más remedio que preguntar, algo herida en el orgullo. Oye, españolito, estás en una isla desierta con una de las mujeres más deseadas del mundo, estas probando mi deseo y mi cuerpo de millones de formas, y en lugar de sentirte el hombre más afortunado de la tierra estás como triste ¿qué te ocurre? Pero el españolito miraba para otro lado. Estamos solos ¿qué puedo hacer para que te sientas mejor? Entonces la miró, más hermosa que nunca. Se puso en pie y buscó una camisa de hombre. Unos pantalones de hombre. Se la puso. Con un resto de tronco quemado la pintó una tupida barba. Echó su pelo para atrás, peinándolo con una raya a un lado. La miró y por un instante vio a un hombre. Estonces la tomó por el hombro y gritó ¡ tío, me estoy tirando a la Halle Barry ¡

19 de julio de 2010

RECLINABLES



La ciudad fuera parece resignarse al sueño. Le prometió una noche especial, y desde luego que lo está siendo. Están tan excitados como nerviosos. Él lleva la mano instintivamente, con el movimiento, a la palanca de cambios. Después, despacio, se acerca a sus piernas desnudas, bendito verano, y las acaricia. Ella las abre, divertida, levantando una de ellas sobre el salpicadero. En el suelo quedan las sandalias y la minifalda deja entrever las braguitas blancas, deliciosas entre sus piernas tostadas. Un dedo, siempre el más hábil, se adentra en su cuerpo, húmedo y expectante. Ella gime tímida todavía, mientras su mano hace lo propio en la bragueta, donde la erección es un hecho. Le cuesta sacar la polla erecta y cuando lo hace suspira aliviada, mientras él se acerca a su cuello para besarla con fuerza, casi con violencia. Se van recolocando hasta que ella logra metérsela en la boca. Él no consigue así alcanzar el sexo con la mano, así que se deja hacer durante unos segundos, acariciándola el pelo, mirando a la calle, donde los semáforos pasan ajenos a su placer. Por suerte los cristales empiezan a empañarse. Apenas si tiene tiempo de seguir estos pensamientos, ella se coloca sobre él, apartando la tela de las braguitas y metiéndose con pericia la polla dentro de su cuerpo. Siente la presión del volante a su espalda, como si tuviera vida propia. No va a poder moverse. Él reclina el asiento y esa cierta libertad permite los primeros movimientos. En esa postura, inclinado por completo, puede apreciar la exuberancia de sus pechos, apenas aprisionados dentro de un sujetador cruelmente pequeño. Los movimientos son profundos. Ella mueve la cabeza con cada embestida, haciendo un recuerdo las dos horas de peluquería. Él mueve su cuerpo para facilitar la entrada. Ella levanta el suyo para permitir la salida. Mientras tanto intentan fusionarse con brazos, manos, dedos, gemidos. Van llegando al destino a la misma velocidad. Ella se para un instante, toma aliento y susurra ¿nos corremos? Él asiente y comienza el asalto final. La cintura de ella golpea con fuerza contra el volante, hasta el dolor, un dolor que al menos ahora mismo le resulta ajeno e indiferente. Él mueve la pelvis con todas sus fuerzas, hasta que se funden en un profundo orgasmo, mecidos por un maremoto de gemidos. Poco a poco recuperan la compostura. Ella vuelve a su sitio, como la ropa. El pelo se recoloca ligeramente. Los cristales están completamente empañados, escondiendo la ciudad. Entonces se detienen. Han llegado a su destino y el conductor de la grúa se baja, todavía sin entender, pese a los cristales empañados, por qué narices, habiendo sitio en la parte delantera, han preferido hacer el viaje montados en su coche estropeado.

12 de julio de 2010

EL DON


Llegó de sorpresa. A él, incrédulo y ateo. Un día, al llegar al trabajo, saludó a un compañero que volvía de vacaciones. Se dieron la mano educadamente mientras bromeaban sobre la piel tostada o lo lejos que está Punta Cana. Pero él no pudo concentrarse en los formulismos post-vacacionales. Al tocar la mano sintió un intenso flashazo que le nubló la vista un instante y después le mostró un rostro familiar y jadeante. Era la mujer de su compañero. Estaba arrodillada mientras su marido, al que todavía saludaba, la follaba salvajemente por detrás. Apenas unos segundos, pero de una nitidez impresionantes, pudo incluso saber que estaban en la habitación del hotel caribeño. Se sintió desconcertado. Pero no pensó que se tratara de algo más que una traición de su memoria calenturienta. Hasta que otra compañera le trajo un informe para revisar. Inconsciente buscó su mano y ahí la vio, con su novio, en el asiento trasero de un gran coche. Ahí ya se sintió incómodo. Hizo algunas comprobaciones más, rutinarias y buscó a su mejor amiga, que casualmente trabajaba con él. Sonia, necesito tu ayuda. Sonia esperó alguna consulta de tipo laboral o tal vez sentimental, porque era un poco el hombro de su amigo. Quiero que me des la mano. Accedió y entonces pudo visualizarlo, con la misma claridad que en los casos anteriores. Y ahora, dijo, quiero que me seas sincera ¿ayer tu marido se corrió en tus tetas? Sonia no pudo evitar ruborizarse y pese a la confianza mutua, sentirse desnuda y traicionada. Jorge es un bocazas. No, aclaró, no ha sido él ¿Entonces…? Pero ya no se quedó a dar más explicaciones. Sin reflexionar el como o el por qué, recorrió la oficina comprobando algunas cosas, como que a la mujer de su director financiero le gustaba el látigo o que, definitivamente, la compañera de compras, esa que estaba tan buena, era lesbiana, para su desgracia. Al salir del trabajo se hizo el remolón. Tocaba a la gente en la parada del autobús para comprobar como aquella rubia gorda era, en realidad, una diosa del sexo oral o como la modosita niña de apenas veinte años se abría a puertas anales impensables. Fue un viaje de retorno a casa lleno de sensualidad, sexualidad y sorpresas, como comprobar que aquella monja tenía dentro de sí misma algo más que el cuerpo de Cristo. Le parecía en aquel momento, sin valorar contraindicaciones, un maravilloso don. Al doblar una esquina, ya cerca de su casa, se encontró por sorpresa con su mejor amigo. Ambos se quedaron extrañados el encuentro. Coño, tú por aquí. Y después, olvidando por un instante el extraño don de la visualización sexual, se fundieron en un abrazo. Entonces fue cuando vio, con toda nitidez, con toda claridad, el rostro de su propia mujer, jadeante, sintiendo un brutal orgasmo…

5 de julio de 2010

LOS DVD


Recibió un correo. Un sobre sellado y traído por un cartero, lo que tiene cierto toque retro. Por suerte sólo ella tiene la costumbre de abrir el correo. El sobre está a su atención pero el remitente es desconocido. No para ella. Abre inquieta. Espera una carta, unas líneas de amor clandestinas, algo quizá de sexo en papel, una novedad. Su marido no está en casa, así que se sienta excitada. Dentro no hay una carta, sino un DVD. En él, con letra perfectamente reconocible una sola frase: "para ti". No acaba de entenderlo. No habían comentado nada de ningún DVD. Lo mete en el equipo y espera a que comience. No se trata de una película al uso, sino de una grabación casera. En ella se ve a una mujer semidesnuda y divertida, tapándose los pechos enormes con las manos, esperando en la cama. Cree que no la conoce, lo que aumenta su desconcierto. Aunque el rostro le resulta familiar no termina de encajarla, porque viéndola desnuda es más difícil concentrarse en el rostro. La mujer llama al cámara con un gesto del dedo, éste se va acercando y se aprecian las curvas desnudas. Se nota que se cuida, no hay grasa y la piel tostada resulta atrayente. Después de un breve traqueteo la imagen se queda fija y entonces se le ve. Primero de espaldas, desnudo, un culo precioso e imberbe de hombre maduro y atractivo. Primera punzada, quizá jamás lo haya visto desnudo, pero ya tiene la certeza de saber de qué va el video. Después se da la vuelta y se pone frente a la cámara. En el camino se adivina una brutal erección. El hombre se inclina y se pone justo frente a la cámara. Entonces su rostro es inconfundible y puede leer en los labios “es para ti Alicia”. Después ese culo, que sin haberlo visto jamás desnudo, reconocería entre millones, se acerca a la mujer y comienzan a besarse, a amarse. Ella está desconcertada. Su amigo, su compañero, su confidente, al que ha deseado toda la vida sin atreverse jamás a confesarlo a tumba abierta, está follando con su mujer para ella. Ve como recorre con su lengua el desconocido cuerpo femenino, entregado y divertido. No le cuesta interpretar los gestos de complicidad que le dedica a la cámara. Pequeños gestos que la hacen sonreír, y lo que es más sorprendente, excitarse. Abre las piernas en el sofá y comienza a acariciarse. Le resulta fácil imaginarse que la mujer que recibe las caricias, los lametones, los mordiscos, pudiera ser ella. Es lo más cerca que cree van a estar jamás de la locura de amarse. Se acaricia con fuerza, frotando su clítoris con ansiedad, intentando seguir el ritmo de los amantes, que gimen con fuerza. La mujer hace un escorzo para ofrecer su orgasmo. Él, igualmente cerca del cénit del placer, mira a la cámara mientras descarga su orgasmo sobre ella. Aunque fisiológicamente está corriéndose dentro de su legítima esposa, los ojos, que miran fijamente a la cámara, abren la puerta a la fantasía. Ella, al otro lado de la imagen, también siente el orgasmo, abrazando esa mirada, esa complicidad. Después, recuperada la calma, esconce el disco y se desnuda. Su marido no tardará en llegar. Cuando lo hace está esperándolo en el salón, desnuda, excitada. La cámara de video sobre el trípode. El marido, que había fantaseado siempre con la idea, no acaba de creérselo y se desnuda acelerado. Un par de semanas después alguien recibirá una carta con un DVD y un sencillo texto, con una letra reconocible: “para ti”...

21 de junio de 2010

EL CONTRATO


Punto Uno: tú tienes tres hijos y estás casada y yo tengo uno y pareja.
Punto Dos: No queremos abandonar a nuestras familias.
Punto Tres: Me gusta cuando vienes con los vestidos largos y se que no te has puesto medias porque nos vamos a encontrar.
Punto Cuatro: Me gusta cuando llevas camisetas ajustadas, que te marcan la musculatura.
Punto Cinco: Me gusta ver lo nerviosa que estás cuando nos encontramos en la puerta, a primera hora de la mañana.
Punto Seis: Me encanta saber lo que te cuesta madrugar, y lo contento que vienes el día que hemos quedado a primera hora.
Punto Siete: Adoro el sabor de tus labios de madrugada.
Punto Ocho: Me vuelve loca como me arrancas la ropa sobre la mesa del despacho.
Punto Nueve: Me pierde el sabor dulzón de tu cuello.
Punto Diez: Me gusta sentir tu erección entre mis piernas.
Punto Once: Me gustan coger tus pechos con mis manos y morderlos, y saber que durante ese momento son eternamente míos.
Punto Doce: Me gusta como se arquea tu espalda cuando te muerdo los pezones.
Punto Trece: Me gusta quitarte las bragas a mordiscos.
Punto Catorce: Me gusta saber que debajo de los calzoncillos hay una polla dura de la que soy responsable.
Punto Quince: Me gusta que la busques con la mano.
Punto Dieciséis: Me gusta necesitarla dentro de mi boca.
Punto Dieciocho: Me gusta arrodillarme entre tus piernas y besar tu sexo, y beberme tu deseo.
Punto Diecinueve: Me gusta pedirte que te metas dentro, necesitarlo como respirar, como si el mundo se fuera a terminar si no te metieras dentro de mi cuerpo.
Punto Veinte: Me gusta ponerte sobre la mesa, con las manos apoyadas y penetrarte con fuerza por detrás.
Punto Veintiuno: Me gusta que en esa postura me puedas acariciar el clítoris.
Punto Veintidós: Me gusta susurrarte al oído que sintamos juntos el orgasmo.
Punto Veintitrés: Me gusta saber que si te espero un poquito nos correremos juntos.
Punto Veinticuatro: Me gusta correrme cuando gimes tu orgasmo.
Punto Veinticinco: Me gusta que te corras mientras gimo mi orgasmo
Punto Veintinueve: Se aplicaN de nuevo los puntos uno y dos.

¿Firmas? Por su puesto ¿Qué te parece si empezamos hoy por el punto dieciocho?, dijo tirando al suelo todos los papeles de la gran mesa del despacho…