CALA:
Ayer vi la película Christy, de Sidney Sweeney, basada en la vida real de una pionera del boxeo femenino en Estados Unidos. La cinta es relativamente interesante, y se centra, sobre todo, en su homosexualidad cercenada, su relación con su marido y manager, y el boxeo en el que acaba como profesional. ,
Si no has visto la película y tienes intención de hacerlo, mejor deja de leer el artículo, porque para dar mi opinión arrastraré algo de información excesiva...
El caso es que buena parte de la chicha de la historia se centra en el maltrato que sufrió por parte de su madre por su condición de homosexual (olvidada, de hecho, por pura presión) y el maltrato físico y psicológico infringido por su marido, un maltratador de manual. La película termina con el intento de asesinato: cuatro o cinco cuchilladas y un tiro en el estómago. La boxeadora salva la vida y el marido es condenado a 25 años de cárcel por intento de asesinato. Eso lo pone en la parte final de la película, donde también te dicen que ella sigue viva, que es promotora de boxeo y, ahí va lo que cala, ayuda a las personas que sufren violencia doméstica.
Me levanté de golpe del sofá. Cabreado. Que digo cabreado, indignado. Como si después de una comida medianamente razonable te meten un chute de ricino que te revuelve todo lo comido. Toda la película se me desmoronó. ¿Cómo es posible que nos hayamos dejado comer la tostada?¿Cómo es posible que por lo políticamente correcto, por cuatro putas entradas, en una película que versa sobre la violencia que ejerce un hombre sobre su mujer por el hecho de ser su mujer, estemos hablando de violencia doméstica?¿Cuándo hemos hincado la rodilla?¿Cuando nos hemos rendido?
No. Es inadmisible. Y ya es hora de que hagamos algo.