Siempre había sido un niño con especial sensibilidad. Hiperempatía, decían los psicólogos, que le llevaba a vivir en su piel las sensaciones de los demás. Quizá por eso se hizo escritor, para poder dar salida a todo lo que entraba. Le ocurría incluso con la lectura. Sentía en primera persona todo aquello que le ocurriera a los novelados protagonistas. Así su avidez lectora era cada vez mayor. Un día se quedó pensativo. Demasiado. Había terminado la historia de un soldado dado por muerto en la batalla, cuya viuda rehizo su vida y cuando, años después, el soldado logra regresar a su casa, se da cuenta de que ya no tiene lugar en el mundo y que mejor hubiera sido haber muerto en verdad. Se sintió tan inquieto por el devenir del soldado, más allá de hasta donde el autor había dado en contar, que decidió adoptarlo. Así pasaron largas tardes de charla en las que el soldado le explicaba las atrocidades de la guerra. Él le contaba que se había enamorado, que se había casado, que era un escritor de cierto éxito y que tenía un hijo precioso. Decidió, además, poner en papel las aventuras que su hijo adoptivo le contaba, y así nació su saga de pequeñas novelas más exitosa: las aventuras del soldado que debió haber muerto. Pero su empatía para con los protagonistas no se quedó allí. Y pronto hubo un rapero alérgico al látex que no entendía como un soldado podía todavía seguir usando la ballesta, una ex alcohólica lesbiana que lucha por recuperar su vida, un vividor que sufre una doble amputación y tiene que aprender a vivir desde otra perspectiva, un adolescente que no entiende nada, un jugador de baloncesto gay que decide salir del armario…aquella habitación era un auténtico vagón de metro literario donde cada noche se celebraba una reunión de ex-protagonistas. Él intentaba que mantuvieran las formas, pero se estaba haciendo mayor y le faltaban energías. Así, muchos días, comiendo, veía como el rapero intentaba seducir con un rap a la lesbiana, como el soldado enseñaba artes de guerra al niño acosado en el colegio, y todo esto en mitad del salón, mientras la familia veía la televión o leía tranquilamente. Muchas veces se le escapaba un volved dentro que desconcertaba a su esposa y a su hijo. Tan común fueron esos encuentros que su mujer le obligó a acudir a un especialista: cariño, no puede ser que sigas hablando solo. No tenía energías para explicarle la verdad de los hijos adoptivos. El psiquiatra diagnosticó alguna enfermedad mental de impronunciable nomenclatura que según los diversos partes, iba a más. No les hagas caso, le decía un psicoanalista argentino con doble personalidad, no saben por donde se andan. Un día, como por arte de magia, cambio la habitación de su casa, repleta de amigos adoptivos, por la fría de un hospital. Allí, las rejas de las ventanas y los medicamentos impidieron que sintiera la cercana compañía de sus hijos adoptivos. Así, no tardó en llegar el día en que sus ojos se cerraron sin energías para volver a abrirse.2 de octubre de 2013
EL PADRE ADOPTIVO
Siempre había sido un niño con especial sensibilidad. Hiperempatía, decían los psicólogos, que le llevaba a vivir en su piel las sensaciones de los demás. Quizá por eso se hizo escritor, para poder dar salida a todo lo que entraba. Le ocurría incluso con la lectura. Sentía en primera persona todo aquello que le ocurriera a los novelados protagonistas. Así su avidez lectora era cada vez mayor. Un día se quedó pensativo. Demasiado. Había terminado la historia de un soldado dado por muerto en la batalla, cuya viuda rehizo su vida y cuando, años después, el soldado logra regresar a su casa, se da cuenta de que ya no tiene lugar en el mundo y que mejor hubiera sido haber muerto en verdad. Se sintió tan inquieto por el devenir del soldado, más allá de hasta donde el autor había dado en contar, que decidió adoptarlo. Así pasaron largas tardes de charla en las que el soldado le explicaba las atrocidades de la guerra. Él le contaba que se había enamorado, que se había casado, que era un escritor de cierto éxito y que tenía un hijo precioso. Decidió, además, poner en papel las aventuras que su hijo adoptivo le contaba, y así nació su saga de pequeñas novelas más exitosa: las aventuras del soldado que debió haber muerto. Pero su empatía para con los protagonistas no se quedó allí. Y pronto hubo un rapero alérgico al látex que no entendía como un soldado podía todavía seguir usando la ballesta, una ex alcohólica lesbiana que lucha por recuperar su vida, un vividor que sufre una doble amputación y tiene que aprender a vivir desde otra perspectiva, un adolescente que no entiende nada, un jugador de baloncesto gay que decide salir del armario…aquella habitación era un auténtico vagón de metro literario donde cada noche se celebraba una reunión de ex-protagonistas. Él intentaba que mantuvieran las formas, pero se estaba haciendo mayor y le faltaban energías. Así, muchos días, comiendo, veía como el rapero intentaba seducir con un rap a la lesbiana, como el soldado enseñaba artes de guerra al niño acosado en el colegio, y todo esto en mitad del salón, mientras la familia veía la televión o leía tranquilamente. Muchas veces se le escapaba un volved dentro que desconcertaba a su esposa y a su hijo. Tan común fueron esos encuentros que su mujer le obligó a acudir a un especialista: cariño, no puede ser que sigas hablando solo. No tenía energías para explicarle la verdad de los hijos adoptivos. El psiquiatra diagnosticó alguna enfermedad mental de impronunciable nomenclatura que según los diversos partes, iba a más. No les hagas caso, le decía un psicoanalista argentino con doble personalidad, no saben por donde se andan. Un día, como por arte de magia, cambio la habitación de su casa, repleta de amigos adoptivos, por la fría de un hospital. Allí, las rejas de las ventanas y los medicamentos impidieron que sintiera la cercana compañía de sus hijos adoptivos. Así, no tardó en llegar el día en que sus ojos se cerraron sin energías para volver a abrirse.21 de agosto de 2013
EL CAMPO DE FÚTBOL
14 de agosto de 2013
PUTOS PEATONES
12 de junio de 2013
EL EJEMPLAR
5 de junio de 2013
LA SORPRESA
-Ah, mi cielo, muchas gracias por acordarte ¿qué tal llevas el trabajo?
-Bien, ya sabes, lo de siempre, los clientes y esas cosas ¿y tú?¿qué tal tu primera mañana de cuarenta?
-Pues nada, lo de siempre, he madrugado, al gimnasio, lavadoras y preparándome la comida.
-Ajá...
- Bueno, cielo ¿me esperarás despierto?
-Haré lo que pueda.
-Te quiero.
-Adiós.
27 de mayo de 2013
EL BAR DE AITOR
23 de mayo de 2013
MEA CULPA
12 de diciembre de 2012
LA BICI ESTÁTICA
23 de octubre de 2012
LA PAREJA
10 de agosto de 2011
POR FIN
La fotografía se desliza hacia el teclado y el sonido sonido del papel sobre la "s", la "d" y la "f" pareciera un suspiro pixelado, atrapado en el tiempo. La pantalla tintinea una última vez antes de devolver el reinado al universo analógico. Se mira en el espejo. Las ojeras como icebergs del alma y la barba descuidada como una melodía conocida. El marketing de la tristeza gana. Se pone una camiseta cualquiera, tal vez sucia, tal vez no. La etiqueta le hace cosquillas en la barbilla en un infantil juego que apenas si arranca una leve mueca a la comisura de sus labios. Apaga el teléfono. Poco van a importar las llamadas a partir de ahora. Los pantalones son un mal necesario, pero el roce del vaquero, áspero e insensible, logra devolverle ciertos retazos de realidad. Mira por la ventana. La ciudad, a lo lejos, mecida por los últimos rayos del día, parece ajena a su desdicha. El sol entra en un tropel dorado que explota sobre la decoración minimalista. Otra evidencia más de la herida abierta. Los rincones de diseño son como postales de su ausencia. No busca calzado. Es invierno y el frío del suelo le ayuda a sentirse vivo. Lo que es una ironía cuando lo que uno busca es dejarse llevar. La cama está desecha, pero las arrugas son frías cuando las dibuja un único cuerpo. El peso de su esqueleto, pese a la evidente delgadez que dibuja su sombra, se le antoja excesivo. Sus tobillos no parecen estar por la labor y busca una columna para no perder el equilibrio. Respira. Necesita valor. Mucho, el que nunca ha tenido. Antes todo parecía más fácil. El aire no reconforta, incomoda, molesta. Mira la casa, el desorden es otro guiño más de la tristeza. Busca el armario. Ahí está. Esperando. Lleva meses haciéndolo, pero hasta ahora no se ha atrevido. Es el momento. No puede ni debe dilatar más la espera. Si es el destino, que el destino asuma las riendas. La toma con fuerza y la deja colgando junto a su cuello. Camina por el pasillo hacia el pequeño habitáculo con aire patibulario. En lugar de los cuadros modernistas, cubistas e incomprensibles, pareciera que los dibujos fueran compañeros del corredor de la muerte alentando sus últimas pisadas. Respira hondo y siente el vértigo profundo con el que la paz busca abrirse camino. Abre las puertas del estudio y se sienta en la silla alta. Carraspea, se pone los cascos, desenfunda por fin su guitarra y toma el micrófono, con fuerza. Sí, tristeza, va por ti, hoy puede ser un buen día. Un acorde rítmico y duro le hace sonreír por primer vez en meses. 13 de octubre de 2010
EN LA SALA DE ESPERA

24 de junio de 2010
EL DIBUJO DE JARA

Se conocieron en la universidad. Jara era una preciosidad de pelo largo y moreno lamiendo los hombros e intentando atrapar entre sus mechones toda la belleza de un rostro dulce y entregado a la sonrisa. Víctor el típico estudiante de empresariales que siempre quiso hacer otra cosa y que, de hecho, la hacía mientras fingía estudiar. Cualquiera mejor que las finanzas. Pronto congeniaron. Unos apuntes por aquí, una tarde en la biblioteca, un cine de autor soportable solo por la compañía y dos cursos después eran amigos inseparables. Y siempre caminando sobre la delgada línea que convierte a un amigo en una pareja, hecha de ropa por el suelo y gemidos compartidos. La vida se les iba, corriendo, rápida, como el torrente de un río. Se miraban. Se querían. A su modo. Otras mujeres, otros hombres se fueron cruzando y el horizonte de su amistad siempre estuvo a prueba de amaneceres en compañía. Confindentes. Salvavidas. Hombros sobre los que llorar. Primer teléfono al que marcar cuando la vida sorprendía. He conocido a un hombre formidable. Ya era hora, mentía él. Me he enamorado. Espero que ésta sea la buena. Ella también sabía mentir. Hasta que un día la mentira transmutó en verdad, y llegaron las parejas, ajenas, ladronas, insensibles. Y se creyeron lejos. Mejor. Menos tentaciones. Y llegaron los hijos, y la madurez, y la vida que se diluía entre rutina y rutina. Y con la madurez otra forma de añorarse, de quererse, de sentirse. Un correo aquí. Un fin de semana en familia con el viejo amigo de la universidad. Una cena los dos solos para quererse sin quererse. Para olvidarse sin hacerlo. Y la vida, que seguía, y cada vez más rápido, hasta que un día una preciosidad de apenas dos palmos le tira del pantalón, abuelo, abuelo. Y cuando las canas, como la pimienta blanca de la nostalgia, poblaban su bigote con una terquedad bovina, la llamada del ladrón. Jara está muy enferma, quiere verte. Un billete pagado con un nudo en la garganta. Un interminable Nueva York-Madrid. Cuando llegó ya era tarde. Jara se había marchado. Y ésta vez para siempre. Ella quería que te diera esta carpeta. En los ojos del viudo se diluyó, junto al abrazo sincero, el viejo recelo de quien siempre creyó leer entre líneas. En la carpeta una sola palabra. Universidad. Viejos papeles, olvidados apuntes. Y en el lomo, pegado con celo amarillento, un viejo dibujo hecho a bolígrafo. Un rostro inconfundible. Una sonrisa inabarcable. El pelo oscuro y distraído. Con el corazón desbocado como un caballo salvaje recuerda el día que hizo aquel dibujo, como tantos, despistado, intentando evadirse de la evidencia de su nulo interés por el aula. Ella jamás lo supo. Aquel dibujo terminó hecho un ovillo en la papelera. Allí creyó dejarlo…
3 de diciembre de 2009
LA DENUNCIA

Para que conste en acta, sirva este documento, que acredito y firmo en forma y modo ajustable a la ley.
19 de mayo de 2008
LA LLAMADA A TOM

- Hola, buenos días, quisiera hablar con Tom Fernández.
- Sí, soy yo, ¿quien eres?.
- Mi nombre es Antonio Larrey, pero no me conoce.
- ¿Es usted periodista?.
- No, bueno, sí y no, quiero decir, que no lo estudié ni lo ejerzo pero escribo.
- Me va a permitir que no le entienda.
- Disculpe, tiene usted toda la razón, invado su intimidad con una llamada, pero si me deja le explico un poco.
- Pues sí, no estaría de más, ¿no le parece?.
- Verá, pues yo, en esencia, venía a llamarle para pedirle perdón.
- ¿Perdón?, pero si no nos conocemos, está empezando a asustarme.
- No, tranquilo, quisiera pedirle perdón por haber visto su película.
- Esto ¿qué es?, ¿una cámara oculta?.
- No, no, tiene gracia que lo diga. No, es que la semana pasada vi La torre de suso y quería decirle que hacía tiempo que no veía una película que me llenara tanto. Pero claro, al mismo tiempo quería pedirle perdón.
- Pues sigo sin entenderle.
- Es que no la vi en el cine...
- Ah...
- Es que soy padre, ¿sabe?, y la cosa se complica para una simple cita con palomitas.
- Entiendo.
- Y el caso es que tampoco la compré en DVD, es que ya no tenemos DVD, porque se acumulaban muchos en casa y bueno, no es grande.
- Ya.
- Me la bajé de internet, entonces, claro, me di cuenta de que usted no verá un euro por esto.
- Sí, en eso tiene razón.
- Pero claro, ahí viene mi pregunta, no pude ir al cine, no está a la venta en DVD, ¿usted prefiera que me quedara sin ver su película por no bajármela de internet?.
- Hombre, visto así.
- Y le digo otra cosa, me gustó tanto, creo que es tan interesante, que eso hará que la próxima la vea en el cine, porque lo planificaré con tiempo, haré lo necesario, porque ahora intuyo que lo que haga puede ser tan bueno como lo anterior.
- En ese caso quizá tenga que darle las gracias.
- Bueno, con que acepte mis disculpas y haga un buen trabajo nos conformamos los dos.
- Perfecto, me parece una buena idea.
- Pues nada más que eso, encantado de saludarlo.
- Igualmente.
16 de mayo de 2008
ESQUINA EL OLVIDO
En la calle del Desengaño, esquina el Olvido, hay una pequeña Tasca hecha de retazos, donde te sirven la tristeza en vaso largo. Hay tapas de desencuentros bajos en nostalgia y un estupendo estofado de lágrimas. Su camarero nunca te negará un suspiro, y si es martes, tendrás la especialidad de la casa: una taza de recuerdos con una nubecita de remordimientos. Los días de partido aquello está repleto de miradas huidizas y la barra se inunda de brazos marchitos con ansias de abrazar. Si tienes suerte, algún paisano puede arrancarse con una bulería de mentiras, a la que los parroquianos responden con palmas de pena. Los fines de semana la especialidad es el suflé de olvido, receta de la casa, sazonado con pequeñas virutas de pérdida. En la carta nunca faltan una buenas raciones de besos nunca dados y algún pastel de reproches al baño de melancolía. Y si quieres beber, no te olvides de la cosecha Más vale que te marches, un caldo reservado para miradas perdidas, pero sí lo que quieres es algo frío, pide una botella de No me esperes levantado en copa corta. Y si lo tuyo son las infusiones, hay un te fuiste que es conocido en leguas a la redonda. Pero amigo, cuando el cocinero busca sorprender, araña de su recetario una moussaka de desilusiones a la desesperanza desencantada, un salmón al abandono, una tarta de indiferencias rellena de desánimos y, entre plato y plato, un sorbete de angustia o un consomé de soledad y lamentos, con trozos de disimulos. Para terminar la fiesta nada mejor que unos chupitos de ensoñaciones muy fríos. Lo bueno es que en este lugar siempre habrá un sito esperándote y lo malo es que este lugar no es un lugar, al tiempo que lo son todos. Es un lugar donde nadie te hará preguntas, ni sentirá pena cuando te marches y te esperará sin esperarte, desesperados de no verte. En este lugar no hay ningún culpables porque lo son todos, y las preguntas las hacen las respuestas, los silencios están llenos de sonidos y los sonidos son sordos y mudos. Este es un lugar donde aunque te quieran nunca querrían conocerte y aunque te conozcan nunca se atreverán a odiarte. Es un lugar donde estamos todos si haber estado ninguno. En este lugar yo te esperaría si no fuera porque ya no estoy allí. 14 de mayo de 2008
MIS AMIGOS
Anoche vinieron a visitarme unos cuantos amigos. Estaba el escritor de éxito que se había retirado a buscar en su perdida costumbre de escribir poemas un resquicio para la felicidad. También estaba el estudiante aprendiz de revolucionario que me llevó por diez caminos y un paseo, la actriz de moda adicta al sexo que fue madre y tardó décadas en saberlo, que venía de la mano del adolescente al que se le rebelaban las palabras de los cuentos camino del final triste cuando él buscaba una y otra vez ese final feliz. En una esquina se arrinconaba el hombre taciturno que camino de la madurez pierde a un ser tan querido que le cuesta encontrarle a la vida las asas para mantenerla en vilo. El abuelo y su nieto, que me contaron la gran aventura que fue conocer el mar juntos. El grupo de amigos que camino de la madurez se enfrenta al gran reto de sus vidas: hacerse mayores. También estaba el cocinero que en aquel futuro inventado luchó por recuperar la maravilla de los sabores no digitales. Y, ¿cómo no?, allí estaba el gigoló, parapetado en los hombros de su primer amor, mientras una pelirroja de mirada inquisitorial sonreía a su lado. Estaban todos, el coleccionista de piedras, el hombre del tiempo secuestrado por fallar una predicción, el emigrante que vivió dos vidas, la de exiliado del hambre y la que quedó y creó en su cabeza, donde nunca dejó su pequeño pueblo manchego. El joven escritor que logró colocar a modo de venganza su cartel promocional frente al despacho de su antiguo jefe. El escritor de telenovelas perseguido por sus lectores por asesinar al protagonista de su obra, el indigente que sonrío al creer cazar una estrella desde lo alto de un edificio, justo antes de que la muerte lo dejara frente al reflejo luminoso en un charco, la mujer que miraba el cuadro de su salón, en el que se sentía tan presa, y encontró, después de décadas, una puerta muy escondida por la que fue capaz de escaparse, el hombre que perdió en un accidente a su mujer y guarda la chaqueta del desconocido que la acunó en sus últimos suspiros, el amputado que consigue por fin un trasplante para su mano y al descubrir que es la de un asesino decide cortar por lo sano, los futbolistas homosexuales del penalti en el último segundo, la mujer que buscaban y probaba hasta que encontró el pene perfecto que regalarle a su marido…y por su puesto estaba el vigilante…estaban todos. Después, me desperté y me sentí algo turbado, como si una vieja sensación se apoderara de mis dedos y tuve, como antaño, la necesidad de sentarme a escribir. 28 de abril de 2008
EL COMPAÑERO DE VAGÓN
Nunca se había sentido tan excitada. Escucha su propia respiración entrecortada, los latidos del corazón golpeando las sienes. El aire quema en los pulmones y abrasa su garganta antes de morir en un gemido sordo. Hace unos segundos que cerró los ojos, vencida, hincando la rodilla ante el deseo, para dejarse llevar. Siente casi con dolor la presencia del cuerpo desconocido, su aliento en la nuca es abrasador. Una mano, tan ajena como ardiente, rodea su cintura. La senda que dibujan los dedos parece lava sobre su piel. Arquea el cuello ligeramente. La presencia de los demás pasajeros se está difuminando, diluyéndose en el aire entre los suspiros. Ahora son dos las manos en llamas que incendian su cintura, marcando una senda que termina entre sus piernas. Su sexo ha recibido la llegada con una humedad que se ha deslizado por sus muslos. Exploradores sabios que se adentran en su cuerpo, juguetones armas que disparan salvas atronadoras al centro de sus sentidos. Ella también quiere asir, tiene la necesidad de agarrarse a la vida y busca en la bragueta un punto en el que mantenerse viva, consciente entre tanto delirio. Abraza el sexo como haría un naúfrago con su salvavidas, lo zarandea suavemente mientras sus dedos lo comprimen. El gemido que ha sentido en su nuca la invita a seguir, rítmica y firme. El ligero traqueteo del tren, amargo testigo de su locura, favorece el contacto, y la presencia del resto de pasajeros no es más que un recuerdo. Ya están solos en el universo, y sus dedos, sus almas y sus gemidos, aunque silenciosos, se funden en el aire como un aullido desesperado. En un instante, en el que el mundo entero pareciera detenerse, en el que los dedos que horadaban sus entrañas han frenado su locura, su mano se inunda de un calor lechoso y maravilloso pero que, curiosamente, la devuelve a la realidad de golpe. Ya no hay gemidos, ni latidos, ni armonía, sino un desconocido a su espaldo y una parada de metro, que aunque no es la suya, la invita a salir. Lo hace atropelladamente, empujando a otros pasajeros que también buscaban la salida. Y lo hace pensando por primera vez en él, su marido, en qué pensaría si supiera lo que acababa de hacer su mujer en un vagón de metro. Y lo hace mientras corre escaleras arriba sin saber que su marido ya sabe, mientras sigue, húmedo, en el vagón que pronto llegará a la siguiente estación.10 de diciembre de 2007
EL LADRÓN
Esta no es más que la historia de un ladrón no al uso. Un ladrón especial, y por eso tal vez más peligroso que ningún otro. Las autoridades tardaron mucho en darse cuenta de su capacidad delictiva, y aun cuando lo descubrieron, sin ponerle ni rostro ni apellido al delincuente, no fueron conscientes de las posibilidades de sus hurtos, de las verdaderas consecuencias de sus actos. Empezó como por despiste. Un día una señora se levantó alarmada. Llevaba horas leyendo en la cama, una de sus actividades favoritas, cuando se sobresaltó y llamó a su marido a gritos. ¡ Cariño, cariño ¡, ¿puedes venir?. El marido, asustado, acudió a la alcoba de su amada. ¿Qué ocurre, mi amor?. Nos han robado. ¿Cómo que nos han robado?. Sí, sí. El marido echó un rápido y asustado vistazo a la habitación y no echó nada en falta. No entendía a su mujer hasta que esta se explicó. El libro, nos han robado el libro. ¿Cómo el libro?, ¿el que estás leyendo?. Sí, sí, justo este, asintió contenta al fin de ser entendida. ¿Cómo es posible si lo tienes en las manos?. No, claro, espera, no es que nos hayan robado el libro, nos han robado su contenido. ¿Qué me estás diciendo?. Lo que oyes. El marido, hastiado después de un susto de campeonato, arrebató a su esposa el libro. Lo abrió con furia y ojeó las páginas con poca fe. ¿Ves?, ¿has bebido?, el libro tiene las letras. No me entiendes, no me entiendes, ¡ los personajes, me han robado a los personajes ¡. El marido refunfuñó y abandonó a su mujer, que desolada se dejó caer en la cama resignada a no ser entendida. Ese fue el primer caso, pero después vinieron otros muchos. Una joven en el metro, un joven en la biblioteca, un jubilado en el banco del parque, una madre esperando a su pequeño a la salida del colegio, un ejecutivo haciendo tiempo mientras su hija hacía kárate, en la sala de espera de un dentista, en la del quiropráctico, en la del podólogo. Al final las autoridades tuvieron que admitirlo, había un ladrón, un ladrón más hábil que ningún otro, riguroso, metódico, sibilino, un ladrón de historias, de personajes. Nadie sabía como lo hacía, pero de las novelas desparecían los personajes, y los que quedaban, despistados y desolados, eran incapaces de terminar la historia, por lo que el lector se quedaba sin conocer el desenlace. No había forma. La policía, que tardó en dar credibilidad a los rumores, puso a prueba varias veces al ladrón e incluso al propio jefe de la policía, encerrado en los calabozos, fue capaz de robarle a la bella dama de su novela de caballería. Aceptó la evidencia, pero no le dio mayor importancia, hombre de sangre y fuego, no pensó que este ladrón pudiera, por mucho que robara mundos ficticios, desestabilizar el orden que tanto le había costado establecer. Ahí es donde se equivocó el bravo defensor de la ley, ya que la ciudadanía entró en una lenta, progresiva y profunda tristeza. Así pasaron años hasta que un día dejaron de desaparecer personajes, las novelas permanecieron intactas. El jefe de policía quiso vanagloriarse de haber atrapado al ladrón, pero no tuvo criminal que ofrecer a la ciudadanía y tuvo que admitir que si los robos habían terminado era única y exclusivamente porque el ladrón había dejado de actuar. Quedó pues la ciudad en paz, y el jefe de la policía, pese a la parcial derrota, sereno de tener todo bajo control. Hasta que una mañana su hija, su adorada hija se levantó sobresaltada. ¡ Papá, papá ¡, me han robado, me han robado. ¿El que hija?, ¡ mis sueños, papá, me han robado mis sueños ¡. 6 de septiembre de 2007
EL ESCRITOR TRISTE

Esto fue así hasta que una noche, solitaria como todas, cerrada y triste, se disponía a terminar su última novela: la de un joven arquitecto que cansado del éxito decide embarcar toda su vida a la construcción del edificio imperfecto. Un entramado de mundos interiores y arquitectura difícil de conjugar. El caso es que cuando iba a dar a la escena final el toque propio de la casa, no pudo porque el protagonista se había ido. Sin más, había desaparecido. Para el escritor era descorazonador ver que su propia creación le abandonaba, pero sumido como estaba en su peremne tristeza, apenas le dio importancia, hasta que, de golpe, el personaje volvió. Pero no lo hizo solo, no, todo lo contrario, trajo consigo a todos y cada uno de los personajes tristes que había escrito en su vida. Estaban todos. Se sintió intimidado. ¿Qué queréis?, balbuceo cuando se encontró fuerzas para sobreponerse. Que escribas. Eso es lo que hago, respondió sin convencimiento. No, dijo el jardinero maniático que se suicidó en su segunda novela, queremos que escribas algo alegre, un final feliz, una sonrisa hecha novela. Pero... No hay peros que valgan, sentenció el ama de casa que asesinó a su marido con una tortilla de barbitúricos y tranquilizantes, nos lo debes. Estaba en una encerrona. Nunca se había planteado la tristeza de sus novelas porque no era más que el reflejo de la suya. Entonces el marinero que murió en la mar el día que regresaba para conocer a su recién nacido hijo, le dejó una foto de una joven sobre la mesa. Era una joven atractiva, con aspecto tímido y mirada perdida. Él la reconoció de inmediato y algo saltó por dentro, una catarata de sensaciones, de emociones, un torbellino de ideas desconocidas por su luminosidad.
Cuando terminó la novela todo había cambiado, tanto que en la habitación ya no había ni rastro de los personajes, tan solo una fotografía, la de una joven tímida que, ahora sí, parecía sonreirle.
4 de septiembre de 2007
LOS LADRONES DE SOMBRAS







