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2 de octubre de 2013

EL PADRE ADOPTIVO


Siempre había sido un niño con especial sensibilidad. Hiperempatía, decían los psicólogos, que le llevaba a vivir en su piel las sensaciones de los demás. Quizá por eso se hizo escritor, para poder dar salida a todo lo que entraba. Le ocurría incluso con la lectura. Sentía en primera persona todo aquello que le ocurriera a los novelados protagonistas. Así su avidez lectora era cada vez mayor. Un día se quedó pensativo. Demasiado. Había terminado la historia de un soldado dado por muerto en la batalla, cuya viuda rehizo su vida y cuando, años después, el soldado logra regresar a su casa, se da cuenta de que ya no tiene lugar en el mundo y que mejor hubiera sido haber muerto en verdad. Se sintió tan inquieto por el devenir del soldado, más allá de hasta donde el autor había dado en contar, que decidió adoptarlo. Así pasaron largas tardes de charla en las que el soldado le explicaba las atrocidades de la guerra. Él le contaba que se había enamorado, que se había casado, que era un escritor de cierto éxito y que tenía un hijo precioso. Decidió, además, poner en papel las aventuras que su hijo adoptivo le contaba, y así nació su saga de pequeñas novelas más exitosa: las aventuras del soldado que debió haber muerto. Pero su empatía para con los protagonistas no se quedó allí. Y pronto hubo un rapero alérgico al látex que no entendía como un soldado podía todavía seguir usando la ballesta, una ex alcohólica lesbiana que lucha por recuperar su vida, un vividor que sufre una doble amputación y tiene que aprender a vivir desde otra perspectiva, un adolescente que no entiende nada, un jugador de baloncesto gay que decide salir del armario…aquella habitación era un auténtico vagón de metro literario donde cada noche se celebraba una reunión de ex-protagonistas. Él intentaba que mantuvieran las formas, pero se estaba haciendo mayor y le faltaban energías. Así, muchos días, comiendo, veía como el rapero intentaba seducir con un rap a la lesbiana, como el soldado enseñaba artes de guerra al niño acosado en el colegio, y todo esto en mitad del salón, mientras la familia veía la televión o leía tranquilamente. Muchas veces se le escapaba un volved dentro que desconcertaba a su esposa y a su hijo. Tan común fueron esos encuentros que su mujer le obligó a acudir a un especialista: cariño, no puede ser que sigas hablando solo. No tenía energías para explicarle la verdad de los hijos adoptivos. El psiquiatra diagnosticó alguna enfermedad mental de impronunciable nomenclatura que según los diversos partes, iba a más. No les hagas caso, le decía un psicoanalista argentino con doble personalidad, no saben por donde se andan. Un día, como por arte de magia, cambio la habitación de su casa, repleta de amigos adoptivos, por la fría de un hospital. Allí, las rejas de las ventanas y los medicamentos impidieron que sintiera la cercana compañía de sus hijos adoptivos. Así, no tardó en llegar el día en que sus ojos se cerraron sin energías para volver a abrirse.

El día de su entierro, nada más volver a casa, su hijo entró en la habitación, ese despacho donde nunca entraba nadie más que su padre. Allí le sorprendió la marcial figura de un soldado, que se puso en pie y con una sonrisa lo invitó a pasar: ven, tu padre nos habló mucho de ti, te presentaré al resto…

21 de agosto de 2013

EL CAMPO DE FÚTBOL


Cada tarde era el mismo ritual. Bajaban corriendo la calle que separaba el colegio de sus casas. La mochila golpeando su espalda, con los libros camino del olvido. Besos a las madres, que esperaban con la liturgia de la merienda y la sonrisa. Antes de que el bocadillo hubiera sido un recuerdo ya peloteaban en el campo de tierra, su territorio. Daba igual que amenazara una tormenta tropical, que la nieve hiciera justicia al invierno o que el sol castigara su osadía. Ellos, todas las tardes, organizaban el gran partido de sus vidas. Y se dejaban las rodillas en cada regate, en cada jugada, en cada paradón. Los goles caían de uno y otro lado como hachazos efímeros a los que la chanza del final del partido cubría con el polvo de la camaradería. Un día empezaron los rumores. Al día siguiente llegaron las escavadoras y los operarios. Tranquilos, les dijo un capataz una tarde, cuando bocadillo en mano, observaban atónitos como habían sido invadidos y expulsados de su paraíso de tierra y porterías, el ayuntamiento va a hacer aquí un campo de césped artificial. Entonces el jolgorio fue general ¡ Césped artificial ¡¡ Como los profesionales ¡ No podían dar crédito a la noticia y buscaban en cualquier adulto que se dignaran a escucharles la confirmación de la utopía futbolera. Las heridas de las rodillas cicatrizaban mientras soñaban con deslizarse por la suave y sintética superficie verde. Cada tarde, ya sin balón, se repetía el ritual. Bajaban corriendo la calle, cambiaban mochilas por merienda y bajaban a auditar las obras. Una tarde, les sorprendió un inmenso camión descargando interminables hierros. Eran tantos que no podía ser porterías ¿para qué tantas? A la tarde siguiente, cuando bajaron con el chocolate, la mortadela y el atún entre los dedos, el destino había dibujado una silueta metálica e infranqueable alrededor del ya verde campo. Buscaron al capaz con los ojos para que les diera una explicación. Sí, claro, ahora este campo tan bonito hay que cuidarlo, y para poder usarlo tendréis que reservarlo a un precio razonable en el ayuntamiento. Y así, poco tiempo después, empezó un nuevo ritual. Bajaban corriendo la calle que separaba el colegio de sus casas. La mochila golpeando la espalda. Besos por merienda y bajar a donde antes estaba su reino de tierra para, apoyados en la valla metálica, maldecir un inmaculado, yermo e inútil campo de césped artificial.

14 de agosto de 2013

PUTOS PEATONES


Prisas. Llegan tarde a la extraescolar. Acelera y primer frenazo: un abuelo en un semáforo. Putos peatones, maldice. Acelera y serpentea. Una mujer arrastrando un carro en un paso de cebra. Putos peatoness. Vuelta a la circulación. Un balón, detrás un niño. Otro frenazo. Putos peatones. Una joven despistada. Putos peatones. Un repartidor en la calzada. Putos peatones. Por fin llegan al destino. Aparcan lejos, ya más tranquilo y sonriente, de la mano de su hijo. Éste le tira del brazo: papi, papi ¿verdad que ahora nosotros somos unos putos peatones?

12 de junio de 2013

EL EJEMPLAR

Sus manos, preñadas de arrugas y pecas, miles de metáforas de tiempos mejores, reciben el libro temblorosas. La vida se escurre por entre esos surcos, una vida que toca a arrebato pero que cesa con la suavidad con la que la muerte algunas veces regala las despedidas. Sin alardes, sin dramatismos, con la serenidad del deber cumplido. En la portada un título conocido: “Las esquinas del alma”. Habló de ese título con su hijo tantas veces. De las muchas novelas nunca terminadas de su vástago, ésta era la que le despertaba más simpatía. “Tiene fuerza”, le decía para darle ánimos. Pero la vida, esa misma que surca sus manos en forma de riachuelos de piel, es terca. Su hijo jamás logró publicar. En la portada se adivina un paisaje boscoso. Da la vuelta con enorme dificultad. Hay un silencio espeso en la habitación del hospital. Nadie habla, casi ni respiran, esperando, sin más. En la contraportada está la foto de su hijo. Algo más joven, con perilla y el pelo más largo. “En la oficina no me dejan llevarlo largo, papá” se justifica ante la sonrisa picarona. “Hijo…”. No ha dicho nada hasta ahora, pese a los minutos que lleva con el libro en la mano, mitad emoción de ver la primera novela de su hijo, mitad porque reservaba fuerzas, jugándoselo todo a una frase. “Hijo, lo has conseguido…”. Padre e hijo se abrazan con fuerza. No es la novela. O sí. Lo es todo. Es un gracias. Un de nada. Un te lo mereces. Un es por ti. Ese abrazo, que dura largos minutos y al que se unen los demás hijos, y la madre, significa tantas cosas que el silencio es el único lenguaje viable. “Toma, hijo, me pesa mucho…además, ya me leí el manuscrito ¿verdad?”.
Dos días después, las mismas manos que sostenían aquel ejemplar decidieron rendirse de forma definitiva. 90 años de trabajo no son pocos. Se fue en paz, sereno y feliz. Hoy su hijo come con su viejo amigo Igor. No se ven mucho últimamente, y menos con la enfermedad de su padre. Pero su amistad, después de cuarenta años, está a prueba de ritmos vitales.
- Igor, todavía no te he dado las gracias- sobre la mesa, junto a las cervezas, está el libro de la portada boscosa.
- No te preocupes.
- ¿Por qué Javier Marías?- abre inconsciente el libro y lo hojea.
- Pues porque recordé que tu padre no era muy fan, que siempre fue más de J.L.Sampedro ¿verdad? Además, no me gustó mucho en su día.
- ¿Y la portada?
- Bueno, me costó algo más, una caja de botellines y un regalo para el hijo de Ernesto.
- Pues dile que es preciosa. Eso sí, podías haberle dado una foto de este siglo. En la contraportada tengo quince años menos.
- Lo sé, pero era la única que tenía a mano, y ya sabes como es Ernesto, si dejaba pasar el tren lo mismo no nos hacía el encargo, el tiempo apremiaba...Espero que tu padre no se diera cuenta.
- No, murió feliz.
- Me alegro mucho, se lo merecía.
- Sí, se lo merecía.

5 de junio de 2013

LA SORPRESA

Llevaba años con la idea rondándole la cabeza. Pero si no era por una cosa, era por otra. Hasta que por fin este año se han alineado los planetas. Hoy es el cumpleaños de su mujer. Son los cuarenta. Tiene la sensación de que se quieren más que nunca. La vida les sonríe por fin. Esta mañana se ha levantado a la misma hora de siempre. Con la cautela de siempre, sin encender luces, sin apenas hacer ruido, para que ella pudiera seguir durmiendo. Suele tener turno de tarde en el hospital. Ella dice que por ser la novata va a estar unos añitos así. A él no le importa. Trata de esperarla despierto, pero la mayoría de los días, cuando llega, ya está en brazos de Morfeo en el sofá. Esta mañana ha salido como cualquier otro día, ha comprado el periódico, pero en lugar de enfilar la autopista camino de la oficina se ha quedado en el bar de la esquina a hacer tiempo. No quiere asustarla o despertarla demasiado pronto. Últimamente está muy cansada. Por eso la idea de la sorpresa era tan tentadora. Tener una mañana tranquila para amarse sin prisa, sin sueño, sin despertador amenazando. Deja pasar los minutos hasta que decide que ya es prudente poner en práctica la sorpresa. Llega a casa y abre la puerta con sigilo. Si todavía está durmiendo le gustaría que fuera un beso suyo quien la despertara. Se descalza para ser todavía más silencioso. Entonces escucha los gemidos. Primero le parecen lejanos, como si fueran de una película o de una vecina. Después son más nítidos. Es una voz que le resulta familiar, y pide más, y más, y que no pare. Cuando la reconoce el corazón ha convencido a su cerebro de quien es y la erección se disipa de golpe. Después, intercalados con los gemidos de su mujer, escucha una voz varonil y entregada avisando del final del juego. Respira hondo. Se vuelve a calzar y con el mismo sigilo sale de la casa, todavía aturdido. Se monta en el coche y un centenar de kilómetros sin sentido después encuentra un lugar, tan bueno como cualquier otro, para dejar pasar el tiempo. Sentado en el banco de vaya usted a saber que parque se decide a llamar.
-Hola, cariño, felicidades.
-Ah, mi cielo, muchas gracias por acordarte ¿qué tal llevas el trabajo?
-Bien, ya sabes, lo de siempre, los clientes y esas cosas ¿y tú?¿qué tal tu primera mañana de cuarenta?
-Pues nada, lo de siempre, he madrugado, al gimnasio, lavadoras y preparándome la comida.
-Ajá...
- Bueno, cielo ¿me esperarás despierto?
-Haré lo que pueda.
-Te quiero.
-Adiós.

27 de mayo de 2013

EL BAR DE AITOR

Aitor es un camarero de los de antes. Y no sólo porque tenga la barra como la patena siempre o se conozca los platos del menú al dedillo. Es un camarero de los de antes porque sabe de qué pie cojea cada cliente. Sabe al instante si un café será el primero de muchos o un me lo tomo aquí porque me pilla de paso. Antes de que un cliente fijo se manifieste ya está preparando su comanda. Las tostadas con mermelada de la quiosquera. El cruasán con mantequilla de Manolo, el del taller. Si es lunes y ganó el Atleti, copita de anís. El pincho de tortilla de los de la gestoría. Los cafés de los profesores del colegio…No se le escapa una. Y no siempre los clientes lo ponen fácil. Como el muchacho de la esquina. Cada día la misma rutina: llega a las diez, pide un café con leche en vaso y una tostada de pan con tomate. Se sienta justo en el ventanal, donde está la tentación del trajín de la calle. Pero él jamás mira hacia fuera. Desayuna como ensimismado, está poco más de media hora y después se va. No le ha escuchado nada más allá de un el café en vaso, por favor, o gracias. Aun así siempre se le vio sereno, diría que hasta feliz. Como si la media hora en el bar de Aitor fuera el mejor momento del día. En cambio lleva un par de semanas cabizbajo. Ya ni se molesta en pedir el desayuno, Aitor se lo lleva a la mesa, y el joven apenas si esboza un amago de sonrisa. Y ahora mira tanto a la calle como al bar. Pareciera que busca algo. Aitor está desconcertado, pero no se atreve a preguntar. Hoy el joven parece más alicaído que nunca. Aitor trata de entender, de hacer memoria. Quizá falte algo…¡ o alguien ¡ Es cuando cae la cuenta. Hace una línea recta con la mirada del muchacho y su bar y ahí está, el asiento vacío. Su memoria fotográfica es envidiable y no tarda en darse cuenta: es la muchacha dulce de la boina y aspecto delicado, la que desayunaba todos los días una taza de café y una tostada de pan con aceite y azúcar, media hora justa y vuelta al trabajo. A las diez. Hace un par de semanas dejó de venir. Algo escuchó sobre una enfermedad fulminante. Trabajaba de administrativa en el colegio. Apenas si tiene tiempo de seguir atando cabos. El joven taciturno se acerca a la barra para pagar. Cuando Aitor le da las vueltas no puede controlar su acceso de empatía: Lo siento, le dice con la voz quebrada. El joven mira a los ojos al camarero y le da las gracias con la primera sonrisa en meses. Nunca más volverá al bar de Aitor.

23 de mayo de 2013

MEA CULPA

-No pongas esos ojos, sabes que no lo soporto, me derrites y ya no sé lo que me digo. No hace falta que me lo vuelvas a contar. Nos conocemos, hace tanto ya mi vida. Sé lo que piensas de estas mujeres ¿cómo las llamas tú?¿de vida alegre? Que graciosa eres. Sé que te da asco pensar que yo puedo encontrar en ellas consuelo. Y no es consuelo lo que busco y mucho menos lo que encuentro. Es algo más físico, química pura, vasos que rebosan y deben canalizarse. ¿Eres consciente de que no hay amor? ni cariño, pura gimnasia. Como cuando quedaba con Cesar para jugar al tenis. No siento nada más allá de eso. Bien lo sabes, me conoces. No me mires con esos ojos, no soportaría que te sintieras decepcionada. Esto lo hago porque creo que es lo único que puedo hacer ¿Qué esperas, que salga a la calle a buscar el amor? Sabes que eso jamás podría. Esta es la única forma de que al menos mi cuerpo encuentre consuelo y me deje un poco tranquilo. Él tiene sus ritmos, yo los míos…- deja la foto sobre la mesilla, después del tierno beso. El frío cristal le recuerda la ausencia.- Buenas noches, cariño. – Cuando apaga la luz sabe que tendrá los mismos problemas para dormir de siempre, desde hace más de diez años.- Mañana sería tu cumpleaños, mi vida…

12 de diciembre de 2012

LA BICI ESTÁTICA

Leire se miró al espejo aquella mañana, justo al salir de la ducha. No le gustó demasiado lo que vio. Su chico, que dormía plácidamente, siempre le ha dicho que es demasiado exigente con su físico. Pero ella quisiera olvidarse de esa pequeña barriguita y fortalecer las piernas. Pero no tiene tiempo. Arrasada por su trabajo, no le quedan fuerzas para plantearse, de nuevo, un gimnasio. Por eso cayó en el mal de la teletienda y encargó una bicicleta estática. Aquella tarde debían entregarla. El día de locos se le hizo corto, como siempre, y solo en el coche, oscureciendo y de vuelta a casa, se acordó de la bicicleta. Pero cuando llegó a casa no estaba. Miró a su pareja, que la esperaba leyendo en el sofá y no lo dudó un instante. Se lanzó sobre él con hambre de siglos, y antes de desnudarlo a mordiscos susurró ¿hoy tocaba ejercicio?, pues ejercicio haremos. Se amaron con desenfreno hasta quedar rendidos. Pues no está mal este ejercicio, rieron cómplices, seguro que más eficaz que la bicicleta. A la mañana siguiente, otra vez frente al espejo suspiró, espero que hoy sí que la traigan. Y así fue. Su pareja estaba solo en casa cuando llegaron los del reparto. La vio en el salón, como un objeto del demonio y recordó el ejercicio alternativo que se les había ocurrido la noche anterior y lo tuvo claro. No sin esfuerzo la bajó al trastero, un territorio inhóspito para su pareja, y volvió a esperarla sentado en el sofá. Se repitió el ritual. Leire entró ansiosa ¿La han traído? Y él, pues no, y otra vez a amarse sobre el primer mueble que encontraron. Así ocurrió durante días. Semanas incluso. Ninguno de los dos se molestó en buscar explicaciones a por qué la bicicleta no terminaba de llegar. Hoy hace un mes de eso. Curiosamente después de años le ha tocado a Leire bajar al trastero. Su pareja no está y necesita un manual de la facultad. Menos mal que las llaves incluyen el número, porque ya ni recordaba donde estaba. Abre la puerta y enciende la luz. Allí está la bicicleta añorada, torpemente tapada con una manta. La destapa ligeramente y tratando de controlar la risa, sin mucha suerte. Después vuelve a taparla, encuentra el manual y cierra el trastero, segura de que no volverá a bajar en años.

23 de octubre de 2012

LA PAREJA

Una hilera de coches peregrina hacia el control de la Guardia Civil.-Ya es casualidad- susurra mientras reduce la marcha sin poder esconder cierto nerviosismo. La mira con ojos de enamorado. Está más hermosa que nunca- Tú tranquila, cariño, hemos pasado por aquí decenas de veces, la Guardia Civil busca borrachos y gente haciendo autostop. Tú y yo somos una pareja como cualquier otra.- Los agentes revisan el interior de los coches sin demasiado ahínco, es pronto, el frío arrecia y los malos parecen estar lejos de la autopista. Un lunes más en el bus vao, regulando el tráfico y buscando listillos. Como en una procesión van uno tras otro rebasando la línea marcada por los dos chalecos reflectantes y sus dueños. Al cambiar de marcha para seguir el penoso ritmo del coche que les precede roza su mano- Perdona, cariño- Con suma delicadeza la deja de nuevo sobre la pierna. Lleva gafas de sol de piloto, un gorro de lana, bufanda azul y la chaqueta verde que tanto le gusta. Pareciera que va mirando por la ventana, como si esperara al amanecer para disparar su sonrisa. Apenas hay media docena de coches delante del suyo. Está mas nervioso que nunca- Cariño, tranquila, de verdad, pasaremos tranquilamente y llegaremos al trabajo a nuestra hora…- la vuelve a mirar con esos ojos que solo encuentra para ella- ¿sabes que hoy estás muy guapa? Es una pena que no puedas subir conmigo al trabajo, porque Ramírez no hace más que enseñarme fotos de su nueva novia. No quiero tenerte como un trofeo, bien lo sabes, mi cielo, pero si pudieras una vez, una sola vez, subir a mi lado...daría un brazo por ver su cara de seta al verte…- El último coche antes de su turno pasa el control con toda la normalidad. Tres ocupantes en un utilitario rojo. El agente más alto, que está en el lado del conductor, eleva la mano en un claro gesto. Se levanta maquinalmente la gorra y da unos industriales buenos días. Le pide la documentación. Está tan nervioso que el carné se le escurre entre los dedos y le cuesta unos segundos rescatarlo del suelo. Mientras tanto no deja de mirarla. El compañero del robot con forma de Guardia Civil se inclina y también la mira. Su mirada es sucia. No le gusta. El agente revisa sus documentos y le pide los del coche y los de la compañera de asiento. No tiene tiempo ni de buscar una excusa. El segundo agente se levanta, fuera de sí por su asombro: ¡ es un puto maniquí !, grita sin poder evitar una sonora carcajada.

Nota: basada en hechos reales.

10 de agosto de 2011

POR FIN

La fotografía se desliza hacia el teclado y el sonido sonido del papel sobre la "s", la "d" y la "f" pareciera un suspiro pixelado, atrapado en el tiempo. La pantalla tintinea una última vez antes de devolver el reinado al universo analógico. Se mira en el espejo. Las ojeras como icebergs del alma y la barba descuidada como una melodía conocida. El marketing de la tristeza gana. Se pone una camiseta cualquiera, tal vez sucia, tal vez no. La etiqueta le hace cosquillas en la barbilla en un infantil juego que apenas si arranca una leve mueca a la comisura de sus labios. Apaga el teléfono. Poco van a importar las llamadas a partir de ahora. Los pantalones son un mal necesario, pero el roce del vaquero, áspero e insensible, logra devolverle ciertos retazos de realidad. Mira por la ventana. La ciudad, a lo lejos, mecida por los últimos rayos del día, parece ajena a su desdicha. El sol entra en un tropel dorado que explota sobre la decoración minimalista. Otra evidencia más de la herida abierta. Los rincones de diseño son como postales de su ausencia. No busca calzado. Es invierno y el frío del suelo le ayuda a sentirse vivo. Lo que es una ironía cuando lo que uno busca es dejarse llevar. La cama está desecha, pero las arrugas son frías cuando las dibuja un único cuerpo. El peso de su esqueleto, pese a la evidente delgadez que dibuja su sombra, se le antoja excesivo. Sus tobillos no parecen estar por la labor y busca una columna para no perder el equilibrio. Respira. Necesita valor. Mucho, el que nunca ha tenido. Antes todo parecía más fácil. El aire no reconforta, incomoda, molesta. Mira la casa, el desorden es otro guiño más de la tristeza. Busca el armario. Ahí está. Esperando. Lleva meses haciéndolo, pero hasta ahora no se ha atrevido. Es el momento. No puede ni debe dilatar más la espera. Si es el destino, que el destino asuma las riendas. La toma con fuerza y la deja colgando junto a su cuello. Camina por el pasillo hacia el pequeño habitáculo con aire patibulario. En lugar de los cuadros modernistas, cubistas e incomprensibles, pareciera que los dibujos fueran compañeros del corredor de la muerte alentando sus últimas pisadas. Respira hondo y siente el vértigo profundo con el que la paz busca abrirse camino. Abre las puertas del estudio y se sienta en la silla alta. Carraspea, se pone los cascos, desenfunda por fin su guitarra y toma el micrófono, con fuerza. Sí, tristeza, va por ti, hoy puede ser un buen día. Un acorde rítmico y duro le hace sonreír por primer vez en meses.

13 de octubre de 2010

EN LA SALA DE ESPERA


Una mujer sudamericana lee atentamente una novela de Roberto Bolaño en la sala de espera del médico. Tiene 25 años, lleva tres en España, justo desde que acabara su licenciatura. Media docena de personas más esperan su turno. Dentro un hombre de avanzada edad y caminar pesaroso comenta con la doctora las quitas de la vejez. En ese momento entra en la sala una mujer de mediana edad, entrada en carnes. Camina con paso firme, se la ve sinceramente molesta con el trámite de tener que esperar. Da los buenos días. Nuestra protagonista levanta la cabeza de la novela y responde con una sonrisa, mira la puerta de la doctora, que permanece cerrada. A su lado se sienta la mujer que acaba de entrar, no sin antes dedicarla una mirada de evidente desprecio, acompañado de un ladeo de la cabeza y un chasquido con los labios. Cuando se sienta busca entre los presentes, evalúa, hace una pequeña operación matemática y sentencia en voz alta. Es una vergüenza. La sudamericana levanta la vista de nuevo, pero pueden más las peripecias del Poeta Madero y vuelve a la lectura. Esto es una vergüenza, repite la mujer, recolocándose su falda, buscando empatía, que la encuentra en otra mujer, algo más madura y pelo cano, que debe haber entendido su demanda. Sí, lo es, apoya la tesis. Es una vergüenza el abuso que hacen estos de la sanidad, que la pagamos todos, y aquí los tenemos todos lo días, como si los médicos no tuvieran a otros que atender. Ahora la lectora sí se siente incluida en las lamentaciones, levanta la vista pero encuentra la indiferencia de la señora, que no se molesta en devolverla la mirada. En ese instante la puerta se abre, se escucha a la doctora desearle buena semana a un señor mayor que camina con ayuda de un bastón. Mira a la lectora y sonríe. Ésta se levanta solícita, olvidando a los Detectives Salvajes, y a la no menos salvaje compañera de asiento. Ofrece su brazo a Don Braulio y se van caminando despacito ¿Qué le ha dicho, Don Braulio? Nada nuevo, hija, que de momento podemos seguir yendo al parque, vamos, que no se nos vaya el sol.

24 de junio de 2010

EL DIBUJO DE JARA


Se conocieron en la universidad. Jara era una preciosidad de pelo largo y moreno lamiendo los hombros e intentando atrapar entre sus mechones toda la belleza de un rostro dulce y entregado a la sonrisa. Víctor el típico estudiante de empresariales que siempre quiso hacer otra cosa y que, de hecho, la hacía mientras fingía estudiar. Cualquiera mejor que las finanzas. Pronto congeniaron. Unos apuntes por aquí, una tarde en la biblioteca, un cine de autor soportable solo por la compañía y dos cursos después eran amigos inseparables. Y siempre caminando sobre la delgada línea que convierte a un amigo en una pareja, hecha de ropa por el suelo y gemidos compartidos. La vida se les iba, corriendo, rápida, como el torrente de un río. Se miraban. Se querían. A su modo. Otras mujeres, otros hombres se fueron cruzando y el horizonte de su amistad siempre estuvo a prueba de amaneceres en compañía. Confindentes. Salvavidas. Hombros sobre los que llorar. Primer teléfono al que marcar cuando la vida sorprendía. He conocido a un hombre formidable. Ya era hora, mentía él. Me he enamorado. Espero que ésta sea la buena. Ella también sabía mentir. Hasta que un día la mentira transmutó en verdad, y llegaron las parejas, ajenas, ladronas, insensibles. Y se creyeron lejos. Mejor. Menos tentaciones. Y llegaron los hijos, y la madurez, y la vida que se diluía entre rutina y rutina. Y con la madurez otra forma de añorarse, de quererse, de sentirse. Un correo aquí. Un fin de semana en familia con el viejo amigo de la universidad. Una cena los dos solos para quererse sin quererse. Para olvidarse sin hacerlo. Y la vida, que seguía, y cada vez más rápido, hasta que un día una preciosidad de apenas dos palmos le tira del pantalón, abuelo, abuelo. Y cuando las canas, como la pimienta blanca de la nostalgia, poblaban su bigote con una terquedad bovina, la llamada del ladrón. Jara está muy enferma, quiere verte. Un billete pagado con un nudo en la garganta. Un interminable Nueva York-Madrid. Cuando llegó ya era tarde. Jara se había marchado. Y ésta vez para siempre. Ella quería que te diera esta carpeta. En los ojos del viudo se diluyó, junto al abrazo sincero, el viejo recelo de quien siempre creyó leer entre líneas. En la carpeta una sola palabra. Universidad. Viejos papeles, olvidados apuntes. Y en el lomo, pegado con celo amarillento, un viejo dibujo hecho a bolígrafo. Un rostro inconfundible. Una sonrisa inabarcable. El pelo oscuro y distraído. Con el corazón desbocado como un caballo salvaje recuerda el día que hizo aquel dibujo, como tantos, despistado, intentando evadirse de la evidencia de su nulo interés por el aula. Ella jamás lo supo. Aquel dibujo terminó hecho un ovillo en la papelera. Allí creyó dejarlo…


3 de diciembre de 2009

LA DENUNCIA


Personado en los juzgados el denunciante interpuso la denuncia en la fecha indicada en el documento. Al detalle de los hechos se explicó en los términos que se incluyen en el informe:

Dice el denunciante que la denunciada entró en su vida sin ser invitada. Entró en ella por la fuerza de los besos y utilizando cuantas armas tuvo a su alcance. A la pregunta de si podría dar detalles sobre dichas armas se dispuso el denunciante a la enumeración de alguna de ellas: una sonrisa inabarcable, la voz más dulce que uno pudiera imaginar, los ojos profundos como el mar y verdes como una aceituna madura y serena, y hasta un tirabuzón moreno y juguetón. Una vez que logró entrar, como indica el informe, a la fuerza en su vida, se instaló en ella sin escatimar el más mínimo detalle, cambiándolo todo de lugar, e incluso cambiando rutinas tan simples como que donde antes había oscuridad empezó a haber luz y donde había rutina y tristeza, alegría y sorpresa. La denunciada hacía uso en todo momento de su batallón de encantos, que junto a los mencionados podrían añadirse, según detalle del denunciante, los besos por sorpresas, los abrazos eternos, las ganas de reír, entre otros ejemplos que constarán en el informe perital definitivo. El denunciante, una vez que comprendió, y así lo expuso, que la denunciada había ocupado de forma definitiva su vida, se propuso adaptarse a su nuevo estado de felicidad. La denunciada, en casos necesarios, era capaz de recurrir al arma más poderosa de la tierra, también llamada sexo, para mantenerlo en todo momento en perfecto estado de entrega y/ o adoración. Pasados los años sin más incidentes reseñables en la causa juzgada, el denunciante presenta, una vez explicados los prolegómenos, el objeto final de su denuncia. Expresa el denunciante que ha sido definitivamente robado cuando la denunciada, que había llegado a su vida por la fuerza, la abandonó de forma unilateral, llevándose con ella, y he aquí el objeto de la denuncia, su corazón. Objeto éste sin el que él, según ha podido confirmar su más cercano entorno, tiene muy complicado vivir.
Para que conste en acta, sirva este documento, que acredito y firmo en forma y modo ajustable a la ley.


La sectaria del juzgado de guardia.

19 de mayo de 2008

LA LLAMADA A TOM


- ¿Sí?, digamé...
- Hola, buenos días, quisiera hablar con Tom Fernández.
- Sí, soy yo, ¿quien eres?.
- Mi nombre es Antonio Larrey, pero no me conoce.
- ¿Es usted periodista?.
- No, bueno, sí y no, quiero decir, que no lo estudié ni lo ejerzo pero escribo.
- Me va a permitir que no le entienda.
- Disculpe, tiene usted toda la razón, invado su intimidad con una llamada, pero si me deja le explico un poco.
- Pues sí, no estaría de más, ¿no le parece?.
- Verá, pues yo, en esencia, venía a llamarle para pedirle perdón.
- ¿Perdón?, pero si no nos conocemos, está empezando a asustarme.
- No, tranquilo, quisiera pedirle perdón por haber visto su película.
- Esto ¿qué es?, ¿una cámara oculta?.
- No, no, tiene gracia que lo diga. No, es que la semana pasada vi La torre de suso y quería decirle que hacía tiempo que no veía una película que me llenara tanto. Pero claro, al mismo tiempo quería pedirle perdón.
- Pues sigo sin entenderle.
- Es que no la vi en el cine...
- Ah...
- Es que soy padre, ¿sabe?, y la cosa se complica para una simple cita con palomitas.
- Entiendo.
- Y el caso es que tampoco la compré en DVD, es que ya no tenemos DVD, porque se acumulaban muchos en casa y bueno, no es grande.
- Ya.
- Me la bajé de internet, entonces, claro, me di cuenta de que usted no verá un euro por esto.
- Sí, en eso tiene razón.
- Pero claro, ahí viene mi pregunta, no pude ir al cine, no está a la venta en DVD, ¿usted prefiera que me quedara sin ver su película por no bajármela de internet?.
- Hombre, visto así.
- Y le digo otra cosa, me gustó tanto, creo que es tan interesante, que eso hará que la próxima la vea en el cine, porque lo planificaré con tiempo, haré lo necesario, porque ahora intuyo que lo que haga puede ser tan bueno como lo anterior.
- En ese caso quizá tenga que darle las gracias.
- Bueno, con que acepte mis disculpas y haga un buen trabajo nos conformamos los dos.
- Perfecto, me parece una buena idea.
- Pues nada más que eso, encantado de saludarlo.
- Igualmente.


Esta conversación, que es totalmente figurada (por suerte para sus protagonistas) valga como reflejo de mi forma de ver estas cosas de las descargas "ilegales".

16 de mayo de 2008

ESQUINA EL OLVIDO

En la calle del Desengaño, esquina el Olvido, hay una pequeña Tasca hecha de retazos, donde te sirven la tristeza en vaso largo. Hay tapas de desencuentros bajos en nostalgia y un estupendo estofado de lágrimas. Su camarero nunca te negará un suspiro, y si es martes, tendrás la especialidad de la casa: una taza de recuerdos con una nubecita de remordimientos. Los días de partido aquello está repleto de miradas huidizas y la barra se inunda de brazos marchitos con ansias de abrazar. Si tienes suerte, algún paisano puede arrancarse con una bulería de mentiras, a la que los parroquianos responden con palmas de pena. Los fines de semana la especialidad es el suflé de olvido, receta de la casa, sazonado con pequeñas virutas de pérdida. En la carta nunca faltan una buenas raciones de besos nunca dados y algún pastel de reproches al baño de melancolía. Y si quieres beber, no te olvides de la cosecha Más vale que te marches, un caldo reservado para miradas perdidas, pero sí lo que quieres es algo frío, pide una botella de No me esperes levantado en copa corta. Y si lo tuyo son las infusiones, hay un te fuiste que es conocido en leguas a la redonda. Pero amigo, cuando el cocinero busca sorprender, araña de su recetario una moussaka de desilusiones a la desesperanza desencantada, un salmón al abandono, una tarta de indiferencias rellena de desánimos y, entre plato y plato, un sorbete de angustia o un consomé de soledad y lamentos, con trozos de disimulos. Para terminar la fiesta nada mejor que unos chupitos de ensoñaciones muy fríos. Lo bueno es que en este lugar siempre habrá un sito esperándote y lo malo es que este lugar no es un lugar, al tiempo que lo son todos. Es un lugar donde nadie te hará preguntas, ni sentirá pena cuando te marches y te esperará sin esperarte, desesperados de no verte. En este lugar no hay ningún culpables porque lo son todos, y las preguntas las hacen las respuestas, los silencios están llenos de sonidos y los sonidos son sordos y mudos. Este es un lugar donde aunque te quieran nunca querrían conocerte y aunque te conozcan nunca se atreverán a odiarte. Es un lugar donde estamos todos si haber estado ninguno. En este lugar yo te esperaría si no fuera porque ya no estoy allí.

14 de mayo de 2008

MIS AMIGOS

Anoche vinieron a visitarme unos cuantos amigos. Estaba el escritor de éxito que se había retirado a buscar en su perdida costumbre de escribir poemas un resquicio para la felicidad. También estaba el estudiante aprendiz de revolucionario que me llevó por diez caminos y un paseo, la actriz de moda adicta al sexo que fue madre y tardó décadas en saberlo, que venía de la mano del adolescente al que se le rebelaban las palabras de los cuentos camino del final triste cuando él buscaba una y otra vez ese final feliz. En una esquina se arrinconaba el hombre taciturno que camino de la madurez pierde a un ser tan querido que le cuesta encontrarle a la vida las asas para mantenerla en vilo. El abuelo y su nieto, que me contaron la gran aventura que fue conocer el mar juntos. El grupo de amigos que camino de la madurez se enfrenta al gran reto de sus vidas: hacerse mayores. También estaba el cocinero que en aquel futuro inventado luchó por recuperar la maravilla de los sabores no digitales. Y, ¿cómo no?, allí estaba el gigoló, parapetado en los hombros de su primer amor, mientras una pelirroja de mirada inquisitorial sonreía a su lado. Estaban todos, el coleccionista de piedras, el hombre del tiempo secuestrado por fallar una predicción, el emigrante que vivió dos vidas, la de exiliado del hambre y la que quedó y creó en su cabeza, donde nunca dejó su pequeño pueblo manchego. El joven escritor que logró colocar a modo de venganza su cartel promocional frente al despacho de su antiguo jefe. El escritor de telenovelas perseguido por sus lectores por asesinar al protagonista de su obra, el indigente que sonrío al creer cazar una estrella desde lo alto de un edificio, justo antes de que la muerte lo dejara frente al reflejo luminoso en un charco, la mujer que miraba el cuadro de su salón, en el que se sentía tan presa, y encontró, después de décadas, una puerta muy escondida por la que fue capaz de escaparse, el hombre que perdió en un accidente a su mujer y guarda la chaqueta del desconocido que la acunó en sus últimos suspiros, el amputado que consigue por fin un trasplante para su mano y al descubrir que es la de un asesino decide cortar por lo sano, los futbolistas homosexuales del penalti en el último segundo, la mujer que buscaban y probaba hasta que encontró el pene perfecto que regalarle a su marido…y por su puesto estaba el vigilante…estaban todos. Después, me desperté y me sentí algo turbado, como si una vieja sensación se apoderara de mis dedos y tuve, como antaño, la necesidad de sentarme a escribir.

28 de abril de 2008

EL COMPAÑERO DE VAGÓN

Nunca se había sentido tan excitada. Escucha su propia respiración entrecortada, los latidos del corazón golpeando las sienes. El aire quema en los pulmones y abrasa su garganta antes de morir en un gemido sordo. Hace unos segundos que cerró los ojos, vencida, hincando la rodilla ante el deseo, para dejarse llevar. Siente casi con dolor la presencia del cuerpo desconocido, su aliento en la nuca es abrasador. Una mano, tan ajena como ardiente, rodea su cintura. La senda que dibujan los dedos parece lava sobre su piel. Arquea el cuello ligeramente. La presencia de los demás pasajeros se está difuminando, diluyéndose en el aire entre los suspiros. Ahora son dos las manos en llamas que incendian su cintura, marcando una senda que termina entre sus piernas. Su sexo ha recibido la llegada con una humedad que se ha deslizado por sus muslos. Exploradores sabios que se adentran en su cuerpo, juguetones armas que disparan salvas atronadoras al centro de sus sentidos. Ella también quiere asir, tiene la necesidad de agarrarse a la vida y busca en la bragueta un punto en el que mantenerse viva, consciente entre tanto delirio. Abraza el sexo como haría un naúfrago con su salvavidas, lo zarandea suavemente mientras sus dedos lo comprimen. El gemido que ha sentido en su nuca la invita a seguir, rítmica y firme. El ligero traqueteo del tren, amargo testigo de su locura, favorece el contacto, y la presencia del resto de pasajeros no es más que un recuerdo. Ya están solos en el universo, y sus dedos, sus almas y sus gemidos, aunque silenciosos, se funden en el aire como un aullido desesperado. En un instante, en el que el mundo entero pareciera detenerse, en el que los dedos que horadaban sus entrañas han frenado su locura, su mano se inunda de un calor lechoso y maravilloso pero que, curiosamente, la devuelve a la realidad de golpe. Ya no hay gemidos, ni latidos, ni armonía, sino un desconocido a su espaldo y una parada de metro, que aunque no es la suya, la invita a salir. Lo hace atropelladamente, empujando a otros pasajeros que también buscaban la salida. Y lo hace pensando por primera vez en él, su marido, en qué pensaría si supiera lo que acababa de hacer su mujer en un vagón de metro. Y lo hace mientras corre escaleras arriba sin saber que su marido ya sabe, mientras sigue, húmedo, en el vagón que pronto llegará a la siguiente estación.

10 de diciembre de 2007

EL LADRÓN

Esta no es más que la historia de un ladrón no al uso. Un ladrón especial, y por eso tal vez más peligroso que ningún otro. Las autoridades tardaron mucho en darse cuenta de su capacidad delictiva, y aun cuando lo descubrieron, sin ponerle ni rostro ni apellido al delincuente, no fueron conscientes de las posibilidades de sus hurtos, de las verdaderas consecuencias de sus actos. Empezó como por despiste. Un día una señora se levantó alarmada. Llevaba horas leyendo en la cama, una de sus actividades favoritas, cuando se sobresaltó y llamó a su marido a gritos. ¡ Cariño, cariño ¡, ¿puedes venir?. El marido, asustado, acudió a la alcoba de su amada. ¿Qué ocurre, mi amor?. Nos han robado. ¿Cómo que nos han robado?. Sí, sí. El marido echó un rápido y asustado vistazo a la habitación y no echó nada en falta. No entendía a su mujer hasta que esta se explicó. El libro, nos han robado el libro. ¿Cómo el libro?, ¿el que estás leyendo?. Sí, sí, justo este, asintió contenta al fin de ser entendida. ¿Cómo es posible si lo tienes en las manos?. No, claro, espera, no es que nos hayan robado el libro, nos han robado su contenido. ¿Qué me estás diciendo?. Lo que oyes. El marido, hastiado después de un susto de campeonato, arrebató a su esposa el libro. Lo abrió con furia y ojeó las páginas con poca fe. ¿Ves?, ¿has bebido?, el libro tiene las letras. No me entiendes, no me entiendes, ¡ los personajes, me han robado a los personajes ¡. El marido refunfuñó y abandonó a su mujer, que desolada se dejó caer en la cama resignada a no ser entendida. Ese fue el primer caso, pero después vinieron otros muchos. Una joven en el metro, un joven en la biblioteca, un jubilado en el banco del parque, una madre esperando a su pequeño a la salida del colegio, un ejecutivo haciendo tiempo mientras su hija hacía kárate, en la sala de espera de un dentista, en la del quiropráctico, en la del podólogo. Al final las autoridades tuvieron que admitirlo, había un ladrón, un ladrón más hábil que ningún otro, riguroso, metódico, sibilino, un ladrón de historias, de personajes. Nadie sabía como lo hacía, pero de las novelas desparecían los personajes, y los que quedaban, despistados y desolados, eran incapaces de terminar la historia, por lo que el lector se quedaba sin conocer el desenlace. No había forma. La policía, que tardó en dar credibilidad a los rumores, puso a prueba varias veces al ladrón e incluso al propio jefe de la policía, encerrado en los calabozos, fue capaz de robarle a la bella dama de su novela de caballería. Aceptó la evidencia, pero no le dio mayor importancia, hombre de sangre y fuego, no pensó que este ladrón pudiera, por mucho que robara mundos ficticios, desestabilizar el orden que tanto le había costado establecer. Ahí es donde se equivocó el bravo defensor de la ley, ya que la ciudadanía entró en una lenta, progresiva y profunda tristeza. Así pasaron años hasta que un día dejaron de desaparecer personajes, las novelas permanecieron intactas. El jefe de policía quiso vanagloriarse de haber atrapado al ladrón, pero no tuvo criminal que ofrecer a la ciudadanía y tuvo que admitir que si los robos habían terminado era única y exclusivamente porque el ladrón había dejado de actuar. Quedó pues la ciudad en paz, y el jefe de la policía, pese a la parcial derrota, sereno de tener todo bajo control. Hasta que una mañana su hija, su adorada hija se levantó sobresaltada. ¡ Papá, papá ¡, me han robado, me han robado. ¿El que hija?, ¡ mis sueños, papá, me han robado mis sueños ¡.

6 de septiembre de 2007

EL ESCRITOR TRISTE


Era el escritor más triste de la historia. Todos, los buenos y los malos, habían tenido siempre en sus novelas o en sus relatos, pequeños retazos, rincones para la esperanza, personajes a los que la vida, aunque fuera por un instante y como por despiste, les había sonreído. En cambio él no podía evadirse de su propia tristeza. Una y otra vez sus personajes se emponzoñaban en la oscuridad y en la desgracia. Pero era bueno. Muy bueno. Por eso sus historias enganchaban y se convirtió en un escritor de éxito. Ni eso le hacía feliz, su anodina vida apenas cambiaba novela tras novela, novelas que su maquinaria de tristeza paría no sin cierta indiferencia.
Esto fue así hasta que una noche, solitaria como todas, cerrada y triste, se disponía a terminar su última novela: la de un joven arquitecto que cansado del éxito decide embarcar toda su vida a la construcción del edificio imperfecto. Un entramado de mundos interiores y arquitectura difícil de conjugar. El caso es que cuando iba a dar a la escena final el toque propio de la casa, no pudo porque el protagonista se había ido. Sin más, había desaparecido. Para el escritor era descorazonador ver que su propia creación le abandonaba, pero sumido como estaba en su peremne tristeza, apenas le dio importancia, hasta que, de golpe, el personaje volvió. Pero no lo hizo solo, no, todo lo contrario, trajo consigo a todos y cada uno de los personajes tristes que había escrito en su vida. Estaban todos. Se sintió intimidado. ¿Qué queréis?, balbuceo cuando se encontró fuerzas para sobreponerse. Que escribas. Eso es lo que hago, respondió sin convencimiento. No, dijo el jardinero maniático que se suicidó en su segunda novela, queremos que escribas algo alegre, un final feliz, una sonrisa hecha novela. Pero... No hay peros que valgan, sentenció el ama de casa que asesinó a su marido con una tortilla de barbitúricos y tranquilizantes, nos lo debes. Estaba en una encerrona. Nunca se había planteado la tristeza de sus novelas porque no era más que el reflejo de la suya. Entonces el marinero que murió en la mar el día que regresaba para conocer a su recién nacido hijo, le dejó una foto de una joven sobre la mesa. Era una joven atractiva, con aspecto tímido y mirada perdida. Él la reconoció de inmediato y algo saltó por dentro, una catarata de sensaciones, de emociones, un torbellino de ideas desconocidas por su luminosidad.
Cuando terminó la novela todo había cambiado, tanto que en la habitación ya no había ni rastro de los personajes, tan solo una fotografía, la de una joven tímida que, ahora sí, parecía sonreirle.

4 de septiembre de 2007

LOS LADRONES DE SOMBRAS


Cuentan que hubo unos Dioses que tuvieron un terrible despiste al crear su mundo. Lo dotaron de todos los detalles, estaba a la última, y crearon los seres a su imagen y semejanza salvo por un pequeño detalle: la sombra. Tenían prisa por terminar y cuando hicieron el recuento de seres y sombras no hicieron bien el cálculo y pusieron una sombra menos en su mundo. Así condenaron a uno de sus habitantes a vivir sin sombra. Ese habitante crecía y vivía marginado, hasta que, con astucia, lograba robarle la sombra a otro de los seres, que pasaba a ser entonces el apestado, el sin sombra. Hubo en su historia insignes sin sombra, que pese a su marginalidad, lograron grandes cosas, incluso los hubo luchadores que reivindicaron la condición del sinsombra. Pero todos, hasta el mayor luchador, albergaba en su alma la esperanza de robarle la sombra a otro. Así ocurrió hasta el comienzo de los nuevos tiempos. Un joven despistado, enamoradizo y soñador leía en un parque. Su sombra se prologanba por el cesped hasta un riachuelo artificial. El sinsombra se acercó sigilósamente y se la robó sin piedad. Solo cuando escuchó la risa del que había sido el sin sombra hasta entonces se dio cuenta de su desgracia. Caminó largas horas y sintió la mirada y el dedo inquisidor de sus iguales. Por dentro se le comía el deseo de robar otra sombra, de volver al plano de los que existen. Pero no podía. Durante meses se negó a salir de su habitación. Su madre le advertía que iba a quererlo igual, pero cuando salía no podía evitar la repulsión y la pena de verlo sin ella. Fue entonces cuando se decidió. Una noche oscura y tormentosa, como no podía ser de otra forma, salió decidio a robar una sombra y volver a ser el que era. Se escondió en una esquina y esperó, y esperó, hasta que se acercó una tierna figura de mujer. No se fijó en sus largas piernas, en sus brazos dulces de leche y chocolate, en su larga melena, en sus ojos color zafiro. Tan solo miró la sombra, a la que acechaba con ansia. Cuando pasó a su lado se lanzó sobre ella, pero calculó mal y en lugar de abrazar la sombra lo que hizo fue abrazarla a ella. Se asustaron y cuando el miedo les permitió recuperarse se miraron a los ojos. Suspiraron, algo por dentro se había colado, algo extraño y maravilloso. Cuando se fundieron en un largo beso no se dieron cuenta de que los dos formaban una única sombra. Así fue como en aquel mundo los hombres, aquella pareja de enamorados, solucionaron el despiste de los dioses.