
Soñó que soñando, soñaría que soñaba, pero se despertó...
Os sitúo: tres o cuatro de la mañana. Silencio absoluto después de más de una hora de intendencias varias del tipo luz, pipí, miedo y el etcétera que cualquier papá o mamá sabrá. Por fin los padres conciliamos el sueño. Ese silencio se rompe por un alarido terrorífico que helaría la sangre al mismísimo Freddy Cruger. El pater de familia (yo) se incorpora con el corazón a mil, en las décimas de segundo que tarda mi espalda en regalarme la verticalidad valoro si es el mayor o el pequeño. Pero no, son gritos de dolor y de mujer ¡ es mi pareja ! y por el tono de los gritos estamos hablando de mucho dolor. Tiento la cama, la abrazo, ella también está sentada. Es como si le estuvieran cortando un brazo. No puede darme detalle, está todavía atontada, me asusto, ay, ay, ay. Inquiero, ¿qué te pasa?¿qué te pasa? Cuando logra despertarse del todo, entre los gritos de dolor, consigue por fin explicármelo: se me ha montado el gemelo. La abrazo con más fuerza, el corazón todavía desbocado, estiro del pie para contrarrestar la dichosa montadura, y en un minuto cada cosa vuelve a su sitio. Ella, con lo bien que se lleva con Morfeo, cae en el sueño de inmediato. A mí mi corazón no me deja. Pum, pum, pum ¡¡¡ malditos gemelos !!!
Me asusta que el principio de Gecko Turner se convierta en un axioma del comunismo moderno, bravucón y reciclado. El día que Anguita anuncie con un adidas multicolor que vuelve a la política, renuncio a mis principios bakunianos, por la gloria de mi madre. Quizá es que en la sanidad cubana haya una tradición post operatoria que desconocemos en occidente. Primero fue el barbudo ex-revolucionario metido a dictador, que después de una serie de operaciones se apuntó al chandalismo dominguero, que consiste, básicamente, en ponerse el chándal para no hacer deporte. Su coetáneo ideológico y casi geográfico, bolivariano, para más señas, también ha sido azotado por los rigores de la salud. Y a su vuelta, también de la sanidad cubana, oh sorpresa del Dios Marx, ha regresado en chándal, como su procer compañero. Y buena parte del pueblo venezolano lo celebra echándose a la calle, que le dejen un hueco en el asfalto que Chavez vuelve con ganas de correr los cien metros chorrada libre. Es este un garrulismo deportivo y de marca, que quizá se nutra de la adicción a las tabletas de nuestro ex-presidente, y del que ya se jactaron otros dictadores como nuestro gran pescador Paquito Rana, o su no menos dictador ministro gallego en bañador por Palomares, que sin ser una novedad, está tomando una fuerza preocupante al otro lado del charco. Me inquieta, no lo niego, que lo que hasta ahora por estas tierraas llamábamos "chándal de yonki" pase a denominarse, gracias a estos grandes hombres, el chándal comunista. Lo dicho, renuncio a mi carné revolucionario garrafón.
Nos despertamos una mañana con la preocupante noticia de que había problemas en el consumo continuado de atún en embarazadas y en niños. Mala noticia, cuando un bocadillo de atún es la merienda favorita de nuestro hijo mayor. Por no hablar de las empanadillas o los macarrones con idem. Bueno, un poco de control y bajada del consumo y no habrá problemas. No soy alarmista con este tipo de cuestiones. Lo peor vino al día siguiente, cuando supimos que esta noticia se sabía por parte del gobierno desde hace más de seis años (la edad de mi hijo), cuando comenzaron a hallarse los niveles excesivos de mercurio. Esto ya nos hizo temblar, evidentemente de forma inconsciente hemos podido estar contaminando a nuestro hijo latita a latita, merienda a merienda, mientras el gobierno ocultaba la información. La verdad es que me dan ganas de investigar un poquito y descubrir quien fue el responsable de poner un estúpido velo sobre este asunto, para retorcerle las pelotas hasta que las gónadas se le concentren en la garganta y cuando hable parezca un niño cantor de Viena. Nos ha dejado francamente preocupados. Porque cinco o seis años de consumo continuado de un producto contaminado ahora nos parecen excesivos. 
¿Quién pone nombre a los días? Me refiero el día mundial. Contra el sida, el del agua, de la salud, del medio ambiente...Me gustaría saberlo para hacerle una propuesta. El problema es que no sería para el 22 de junio en concreto, sino para una especie de día itinerante. Una de nuestras mayores preocupaciones como padres y proveedores durante el año es la infraestructura necesaria para llevar y recoger a los niños del cole. Y hoy comienza otra preocupación no menos incómoda, la del ¿y qué coño hacemos? Porque hoy los peques terminan las clases. Y comparto la idea de que el colegio no es una guardería en teoría, pero lo es en la práctica de forma parcial, pues educa pero también guarda. Y ahora ¿qué hacemos? Todos hemos hecho un ejercicio de imaginación meses atrás y nos hemos situado en este día para hacernos la pregunta. Campamentos urbanos, el extranjero, intensivos de deporte y el largo etcétera que, por suerte, empieza a manejarse. Pero sin lugar a duda, en mayor o menor medida, a partir de ahora, todos los que somos padres y podemos, tiraremos de ellos, del motor de la economía y la sociedad moderna: los abuelos. Por eso propongo que a partir de este año el día del final de las clases, sea cual sea, caiga donde caiga, sea a nivel mundial el día de los abuelos. Valga este pequeño artículo como homenaje a todos ellos. 

En mi entorno me consideran Celoman. Siempre he tenido celo a mano, creo que la cinta acopladora unidireccional es uno de los inventos más socorridos para el universo del manitas chapucero. Pero me he dado cuenta de que he vivido engañado, una vida de segunda, porque estoy probando las adictivas excelencias de la cinta americana. Ay amigos, la cinta americana es como el colt para John Wayne o la magnun para Harry el Sucio. Es tener una cinta en la mano, la hago mover sobre mi dedo índice, y me siento el tipo más poderoso del mundo. No hay remiendo que se me escape vivo. Que se rompe el asa de la puerta de la nevera, un poquito de paciencia y cinta americana. Que se rompe el cestillo de la ropa, un poco de maña y cinta americana. Que se me ha soltado el faldón lateral del coche, un poco de limpieza previa y cinta americana. Que tengo una rajita en el alerón de mi avioneta, pues nada de vértigo y un poco de cinta americana. La cinta americana puede con lo que sea. Ahora, como casi todo lo bueno, tiene sus efectos secundarios, y es su propia perdurabilidad. Porque ¿cómo cojones se quitan los restos de cinta americana de una superficie plana? Esa parte del invento se les olvidó a los americanos. No conozco su historia, pero un material tan resistente y un pegamento tan potente solo puede haber surgido de las cloacas de algún proyecto espacial fracasado. Así que, ahora que las hay de colores y hemos abandonado el triste dora, no sólo la tengo a mano para cualquier emergencia, sino que me siento parte de alguna conspiración interegaláctia. Esperad, que se me ha quedado algo de cinta entre los dedos...
¿Os imagináis admirando como una obra de arte las depuradoras del Manzanares? Algunas veces, cuando me dejo ganar por la escatología, me da por pensar que nuestra admiración por las nalgas tiene algo de eso, de retro, de trasngresor. Porque hoy me apetecía hablar de nuestra fascinación (masculina y femenina) por ellos, los culos. Con una idea clara: encontrar el mejor culo del mundo. Evidentemente tengo mi ganadora, pero quiero que esto vaya más allá de mi vida privada. Y la primera pregunta es clara ¿qué tiene que tener un culo para ganarnos nuestra admiración? El de un hombre, por ejemplo, ¿debe ser robusto?¿carnoso?¿imberbe?¿apretado?¿alto?¿bajo?¿estrecho?¿ancho? Y ¿el de una mujer?¿se rigen por los mismos principios? Quizá la respuesta sea el axioma que rige buena parte de nuestras conductas y que, por otro lado, asegura la pervivencia de nuestra especie y es que la cosa va por nalgas, digo por barrios. Porque culos hay de todo tipo: el tanque, el pera, el sandía, el plano, el caído, el cerrado, el recto...Y cada uno tiene su público, porque a unos les gustarán los culos difíciles de abarcar mientras que a otras les encantan aquellos que caben en una mano. A unas les gusta sentir un flan entre sus dedos, a otros que sea imposible marcar un dígito. Si los culos altos fueran los únicos que triunfaran, los bajos estarían condenados a la extinción. Así que, tanto si eres hombre como si eres mujer, si te gustan unos u otras, ayuda al Trastero a elegir ¿cómo sería el mejor culo del mundo? Porque todos (¡ y todas !) padecemos el mal de la TCI (tortícolis culera intuitiva) que consiste en girarnos, sí o sí, cuando intuimos unas elegantes posaderas a nuestra espalda.
Por mucho que se empeñe Rouco y sus secuaces manifestantes de la gaviota y el azul cielo: somos una familia. Y no lo digo yo. Ni tan siquiera la lógica, lo dice el registro civil. Tenemos libro de familia, y si lo tenemos, es porque lo somos. Para unas cuestiones burocráticas ha salido a la palestra y he visto la letra. Recuerdo que me impresionó, pleno siglo XXI y aquel trámite tan perenne iba a hacerse a mano. La funcionaria que nos tocó, de sonrisa tímida y gesto afable, tenía un ordenador junto a la mesa, incluso una impresora, pero tomó el librito negro y se puso a caligrafiar nuestros datos. Es una letra elegante, que parece escrita con ganas, como si la susodicha todavía no hubiera perdido el gusto por el trabajo bien hecho. Puso mi nombre y apellidos, los de mi pareja y después los de nuestro recién nacido. No pude evitar la tentación. Cuando tomé el que ya era nuestro registro familiar con las manos se lo hice notar: ¿eres consciente de que tu letra nos va a acompañar para el resto de nuestras vidas? Ella nos miró con los ojos como platos, quizá nadie le había hecho ver ese detalle hasta entonces. Creí ver como se sonrojaban de cierta timidez sus mejillas y nos regalaba una última sonrisa. Me hubiera gustado preguntarle como se llamaba, porque ahora no sé a quien dedicarle este pequeño artículo.
Con este título uno está tentado de hacer un artículo de corte erótico, pero no van por ahí los tiros. Después de muchos años, no recuerdo cuantos, volví a hacer cola frente a un tipo fornido con pinganillo. Es cierto que en mi adolescencia el pinganillo era cosa de películas, pero salvo ese detalle y la nacionalidad del portero, el deja vu era inevitable. Incluso caí en la tentación de revisar mi vestimenta en busca del temido color blanco. Es uno de los recuerdos más humillantes de mi juventud, que un portero le diga a tus amigos y a tí que no puedes entrar, que no estás a la altura, con ese eufemismo del "es una fiesta privada". Reconozco que las discotecas no me gustaban ¡pero allí estaban las niñas! Mis amigos por entonces eran todos heavys y escondían como podían sus proyectos de melena, y los vaqueros de "domingo" les quedaban, cómo diría mi abuela, como a un santocristo un par de pistolas. Así que no han sido pocas las veces que he tenido que recular y buscar un garito alternativo en post de la gatita de turno. Siempre me quedaban con las ganas de pedir explicaciones, o como mínimo de soltar una ironía al uso, pero podía más el deseo de encontrar otro sitio y, sobre todo, la musculatura del portero invitaba a pensar que la disputa no iba a ser de corte dialéctico. Y a mamporros tenía todas las de perder.
Voy a proponer algunos cambios a la Real Academia de la Lengua, una especie de diccionario para padres. Empezaría por la palabra dormir, que se define como "estar en aquel reposo que consiste en la inacción o suspensión de los sentidos y de todo movimiento voluntario". Yo lo cambiaría por la siguiente definición: dícese del acto de quedarse traspuesto frente al televisor cuando se han terminado todas las actividades relacionadas con el hogar y/o la paternidad; llegados a esta fase, en un momento determinado el individuo recibe un certero mensaje de su cerebro, recordándole la importancia de sus cervicales, retornando así durante unos breves instantes a la lucidez, iluminando el camino de la cama. Entra, entonces, bajo las sábanas, en negociaciones con Morfeo, que entrega las armas al primer bostezo. Algunas horas después suena un ruido imperceptible para cualquier mortal salvo para un padre / madre llamado gruñido o llanto infantil. Y comienza la rutina de me levanto me acuesto bajo las más variadas premisas que van desde el me hago pipi, tengo miedo, a no apagues la luz y un variable etcétera en función de costumbres, culturas y otros elementos no cuantificables. Cuando el muelle nocturno cesa su actividad el padre (madre) entra de nuevo en negociaciones con Morfeo. Para desgracia del padre Morfeo está mucho más terco que unas horas antes y lo celebra con dos ojos como platos que ya aparecen en El Bulli (torrijas de padre, lo llaman). Cuando por fin Morfeo entra en razones, aparece en escena un tercer elemento no invitado, llamado despertador, que agita las torrijas y suele generar la misma frase pensada por el individuo: esta noche me acuesto a las nueve.
Hoy, que me he levantado poético, me ha dado por pensar que la vida es como un buen vaso de café. Si tienes suerte con el azúcar es muy probable que sea dulce, pero, como a todo café que se precie, no le van a faltar los toques amargos, e incluso ese regusto excesivo que te deja algún que otro trago. Se puede beber en vaso largo, o en vaso corto. Sólo o acompañado. Puedes olvidarte de él, que se quede frío y cuando quieras tomártelo tengas que recalentarlo. Y mancha, mucho, deja huella, según te lo vas tomando la crema nos va regalando esos círculos concéntricos, uno por cada trago. Esa crema marrón y con cierto aire espumoso, son los recuerdos. La vida está debajo, esos dedos negros que nos queda por beber. Pero algunas veces uno no puede evitar quedarse embelesado con los restos de la crema, como si echara de menos los momentos en los que el café reinaba altivo sobre todo el vaso. Pero la vida pasa, y lo que nos queda por vivir, por mucha espuma que tenga por encima, sigue siendo café, sigue siendo vida. No esperes a recalentarla.
La acampada de Sol, en Madrid, que tenía algo tan robinhuniano que a muchos nos ilusionó, está en serios problemas de eternizarse sin remedio. La pregunta es clave ¿ahora qué? No es democrático apostarse en un lugar público y o me dan lo que pido o no me muevo. Sobre todo cuando lo que pides no es tangible al 100%. Me da la impresión de que no lograremos ni un bonito cadáver. Por lo que he podido leer la posibilidad de consenso sobre alternativas a la propia acampada está siendo torpedeada por grupos que uno tiene la sospecha no están ahí construyendo una herramienta para soñar, sino que buscan el más que esperado conflicto con la policía cuando, tarde o temprano, se produzca el desalojo. El gobierno central está actuando con impecable cautela, pero la mitad (sí, la mitad) de la ciudad está totalmente en contra de este movimiento, y más pronto que tarde tendrá que defender también sus derechos levantando el campamento. Es una oportunidad única ésta que no debemos perder. No deberían dejar el sueño en manos de dos grupos violentos (unos con porras y otros sin uniforme), sino dar carpetazo a esta acampada, que ha puesto la raíz de algo que, no solo parece hermoso, sino que se antojaba oportuno, y crear esa herramienta que todos, los que están y los que no estamos, soñamos nos sirva para cambiar las cosas. De no ser así, terminaremos por darle la razón a quienes han visto en este movimiento el inconformismo destructivo de los grupos radicales de siempre. No, "Sol" no era eso, no les hagamos ese favor. Soy escéptico, pero soñar sigue siendo gratis. Y a los que ya sé que me van a reprochar que no estuve ni estoy allí, les diría que cada mañana, cada tarde, cada noche acampo sobre el futuro de mis hijos, construyendo una conciencia de autoestima y respeto que sea el germen de un futuro hecho de personas con herramientas para poder darle la vuelta al mundo. Esa será mi humilde contribución al futuro.
Recuerdo mis espaldas imberbes de nadador y siento nostalgia, que parece un sentimiento al que me he hecho adicto con la madurez. Nunca he sido un tipo especialmente peludo, y eso me gustaba. Igualmente recuerdo como empezó todo. Una mañana, frente al espejo, con el escorzo necesario, descubrí un pelo en la espalda. No era una pelusilla como la que pudiera decorar los lomos de mi infancia. No, era un auténtico y genuino ejemplar. Lucía hermoso en mi omóplato derecho, altivo como una bandera. No le di importancia, soy de los que piensan que todo lo que está en el cuerpo, cuelgue o no, tarde o temprano alguna utilidad tendrá. Pasó el tiempo y me olvidé de él. Hasta que otra mañana descubrí que había llegado un compañero. Quizá no tan arrogante, pero pelo al fin y al cabo. Y a ellos dos se les unió un tercero, y un cuarto, un quinto...así hasta hoy, cuando ya no puedo presumir de espalda imberbe. He llegado a la conclusión de que aquel pelo misterioso, que llegó a mi vida y a mi espalda por sorpresa, no era un pelo cualquiera, no, era un pelo guía, el mismísimo Indiana Jones del universo capilar. Su misión era clara: explorar, plantar su folículo en mi papíla dérmica y dar aviso al resto. Me han invadido, y pienso que la culpa fue mía, quizá debí enfrentarme a aquel Indiana Jones con las infalibles pinzas de depilar de mi madre...
Me he comprado el Interviú. Como decían nuestros mayores, por los artículos. Y es la primera vez que lo hago, esta pérdida de virginidad tan tardía me ha sorprendido a mí mismo. El caso es que hay un especial por su 35 aniversario y tenía curiosidad, porque sabía que dentro iban a dar buena cuenta de las portadas, y me apetecía comparar como habían variado los sueños húmedos del español medio en lo que bien pudiera titularse la España postfranquista o del bosque frondoso al felpudillo tuneado. De la primera chica de portada, por cierto anónima, en mayo de 1976 a Cristina Piaget (¿?) tres décadas y media después. Además, me he dado cuenta de lo mayor que me estoy haciendo, porque mis recuerdos eróticos son más setenteros que otra cosa: Nadiuska, Victoria Abril, Paloma San Basilio, Victoria Vera, Ursula Andress, Bo Derek...esa es la prehistoria de mi deseo. En los setenta podías encontrar en la portada incluso a "señoras" del estilo Concha Velasco, ¡ Rocío Durcal ! o la mismísima Sara Montiel. Mi Edad Media hormonal llegó en los ochenta, con ¡ Sabrina !, Maribel Verdú, una Belén Rueda sin siliconar, Amparo Larrañaga y, sobre todo, esa mítica portada de una casi adolescente Enma Suarez, con rostro todavía ajeno a la anorexia reinante, arrodillada sobre las olas del mar...en fin, que recuerdos. Claro, que también podías tener la mala suerte de encontrarte en la portada a la mismísima Isabel Pantoja. Me ahorro los comentarios, prometí alejarme de la escatología en este blog. La Historia Moderna la componen mujeres del estilo Mar Flores, Natalia Estrada, Ana Obregón, Amparo Muñoz, las protuberancias afrancesadas de Marlene Mourreau o incluso Rosarito. En la Contemporánea es donde la silicona y los depilados brasileños trastocan todo nuestro imaginario colectivo con mujeres como María José Suárez, Sonia Ferrer, Paula Vazquez, toda expulsada de Gran Hermano que se atreviera, las malenas y las berrocales, o, menos mal, la excelsa Halle Barry.