
Cuando descubrió su viejo violín polvoriento se dio cuenta de que a quien había estado echando de menos estos años era a sí mismo.



No entiendo a quienes se rasgan las vestiduras con el tema de la cancioncita del Chikilicuatre. Entendería que si se discutiera como himno patrio se lanzaran como alimañas contra la propuesta. O si formara parte de los actos de entrega de los Príncipes de Asturias, o si fuera, no sé, el lema del Ministerio de Cultura para fomentar la lectura entre los jóvenes. Entonces lo entendería. Pero se trata de Eurovisión, la histórica caspa catódica, ahora pixelada. ¿Alguien considera este evento como un referente cultural?. ¿Fue mejor que una perfecta desconocida de nombre Rosa nos representara hace unos años?. Ya, esta era cantante contrastada por unas semanas en un reality. Pues eso. La misma historia. ¿Era mejor el tan de moda Lalalá de Massiel?. A lo mejor me pone una demanda por decir esto, pero no le veo tantas diferencias. Ha sido un juego, orquestado por un programa de televisión que no ha hecho más que favorecerse (mucho más de lo que esperaban, por su puesto) con las reglas del juego. De tal modo que Televión Española se encontró con un serio marrón, o hacía trampas (cosa que no sería problema) o le sacaba partido a la extraña situación, a la cachonda respuesta del público que con cada voto, además de aupar al actor que interpreta al Chicilicuatre a la espumosa y efímera fama, estaba diciendo me importa una mierda este certamen de la canción eurpea. Ahí tenían al bebé, en la puerta de su casa los directivos, así que si no puedes con tu enemigo, aliáte con él. Y han robado el personaje, el Chikilicuatre ya no pertenece a la Sexta, ahora es un producto de Televisión Española, abonada a la caspa como la que más (suerte tiene de que La Dos y cada vez menos, compense estas tropelías).
PEPELANDIA



para arroparlo, (hay que ver lo lagartijilla que es debajo de las sábanas) y confirmé mis sospechas. Ahí estaba, la verdadera razón de que el alirón madridista me hubiera dejado indiferente. No voy a culpar a mi hijo de mi relativa desidia forofista futbolera, pero cuando uno es padre digamos que lo secundario ocupa, por fin, el plano que merece. El viernes nació el deseadísmo primer hijo de una pareja de amigos, él madridista cerrado, de los de Etóo, ya sabéis, saluda al campeón. Fui a conocer al heredero y le dije a mi amigo, en broma, ¿qué?¿quedamos para el partido?. Me miró, se rió y siguió a lo suyo, que era su pequeño. Es el mejor ejemplo que se me ocurre. Pero es verdad que hay muchos, de esos que no van tan directos al centro anímico, al corazón. Esta mañana, cuando ha sonado el despertador, con un rigor que odio, maldito cacharro del infierno, he tenido una nueva evidencia de lo que intento contaros. No me he imaginado a Higuaín, autor del gol, consolándome por mi retorno vacacional a la rutina madrugadora, ni a Raúl echándome una mano con el cierre, todavía pendiente, o a Pepe aplaudiendo cuando logre responder la ristra de emails que siempre me recibe después de un descanso. No, ellos estarán de fiesta y yo seguiré trabajando, si algo va mal no podré consolarme diciendo, bueno, por lo menos el Madrid ha ganado la liga. Creo que la gran mayoría de los triunfos deportivos son como los chicles, a los tres mordiscos pierden sabor y ya no tienen sentido. Y es cierto que sigues y sigues algunas veces dándole a la mandíbula, pero es un esfuerzo inútil, el sabor ya se ha perdido y necesitas otro chicle, como mínimo. Y eso lo dice quien hace no muchos meses estaba tirado en el suelo a lágrima viva viendo como Rudy Fernandez lograba un rebote magistral en las semifinales del mundial de baloncesto. Y a todo esto, felicidades al campeón, ganar la liga con cuatro jornadas de adelanto, llevar desde la segunda como líder, no es para menospreciar. Y no lo olvidemos nunca, esto, por muchos millones que mueva, no deja de ser un juego...