28 de septiembre de 2007

EL SPEAKER Y EL SUBNORMAL (Y VICEVERSA)


Ayer fui al Bernabeu. Invitado, hace años que decidí que, salvo fuerza mayor (entiéndase, mi hijo) jamás pagaría por ver un partido de primera división. Estuvimos en el fondo sur, justo encima de los Ultras Sur. He ido otras muchas veces pero, casualmente, justo en la otra punta del estadio. Desde allí se adivinan los cánticos cuando es el grupo el que se lanza, pero no se oye a la persona, que megáfono en mano, los va dirigiendo. Gracias, entre otras cosas, al desastroso espectáculo que había entre las porterías, me costó prestarle más atención al balón que al speaker (¿hablador sería en castellano?). Era un tipo con toda la parafernalia ultra y fascista y con esa falsa arrogancia que te da, por un lado, un público entregado y el anonimato de la masa violenta. Y además, tonto, porque paga por entrar a un estadio para pasarse el partido entrero dándole la espalda al partido. Lo primero que me sorprendió fue que el maestro de ceremonias no solo invitaba a cantar, sino que como un afamado monologista iba contando historias, que recibían, por su puesto, la respuesta de su descerebrada audiencia. Contaba lindezas del estilo como que alguien había dejado entrar a un sudaca en el grupo, pero tranquilos, que habían echado al mono y se había quedado con el carné de socio, que tenía bien guardadito. Fue gracioso que para desprestigiar a un periodista deportivo usara la frase "es que hay gente a la que le dan un micrófono y no para de decir tonterías". Que me pregunto yo, ¿no se sentirá aludido él mismo?.
Mediado el partido ya nos habíamos olvidado del cantautor de chorradas y sus colegas los mariachis del racismo e intentábamos centrarnos en el partido. Pero es que el Madrid y el Betis se empeñaron en aburrirnos de tal manera que desgranamos a charla perdida todas las grandezas y miserias del mundo. Y fue entonces cuando se cruzó ante nosotros el subnormal. Voy a contar algo que ocurre comunmente en un estadio, para aquellos que no hayan ido mucho. Los palcos son lugares de honor que normalmente contratan empresas y llevan ahí a sus directivos o a clientes a los que quiere pelotear. Son zonas cerradas en las que hay azafatas, bebida, comida y un televisor que retrasmite el partido que estás viendo. Entonces es un acto reflejo y una tradición que los que estamos en las gradas cuando hay una jugada polémica, que si ha sido fuera de juego o no, nos demos la vuelta para que la repetición en la televisión del palco nos de o nos quite la razón. Ellos, dentro, además de admirar el futbol y las caderas de la camarera (el porcentaje de hombres es casi absoluto) adornan todo estos con ingentes cantidades de alcohol, con lo que al calorcito de los colegas los hay que se van creciendo. Este fue el caso de nuestro amigo el subnormal, que debía sentir envidia del protagonismo del speaker y no quería perder el premio del Tonto del Estado, al parecer muy cotizado. El caso es que ya casi al final del partido hubo una jugada polémica y se cumplió la tradición y todos nos dimos la vuelta. Momento en el que el subnormal, haciendo honor a su seudónimo, se puso en pie acalorado y fue hacia la televisión, con tan mala suerte y torpeza que tocó cuatro o cinco botones y tras unos largos quince o veinte segundos logró apagarla. Hubo tímidas manos dentro del palco para que no hiciera el ridículo, pero estaba el muchacho crecido. Y ya os podéis imaginar el cachondeo general entre la grada, viendo como aquel descerebrado intentaba apagar la televisión para que no pudieramos gozar de "sus" repeticiones. Al sentarse miró a la grada, yo creo que inconsciente de la magnitud de su idiotez y dijo "a pagar si queréis verlo". Ahí ya el idiota, pringado, borracho y demás se derramaron por la grada entre risas después del patético espectáculo. Estoy seguro de que los diez minutos que quedaron de partido se le hicieron eternos y fue cuando se dio cuenta de que había hecho el ridículo y fastidiado a la grada de un estadio. Se iba levantando la gente y le íbamos regalando lindezas, unas más simpáticas que otras. Es patético lo que la exculsividad y la diferencia puede herir el criterio de la gente, porque, resumiendo, este tipo prefierió quedarse sin ver una repetición a que todos, incluido él, pudiéramos verla. Realmente triste, lo malo que es el dinero. En fin, que al final el partido fue un tostón, como casi siempre, pero yo me divertí como nunca.

MICROS

Después de una década vuelve a corretear tras una balón. Pásala, pásala, a la banda, estoy solo. Se siente tan feliz que no entiende como ha podido estar tanto tiempo sin hacerlo. Entonces mira a al grada vacía y escucha los grito ¡ hijo mío, pero que malo eres, sangre de mi sangre, no pareces ni mi hijo !, y lo entiende todo.

EL CULTURETA


Hoy el cultureta estaba perezoso. Sí, dice que este cambio de tiempo no le invita a salir, que está rezongón y que hiciera yo la sección. La verdad es que ha sido tentador, pero hay que ser riguroso con esto, así que le he dado un poco de tiempo y ¿sabéis lo que me ha dicho?, que para este fin de semana nos recomienda poesía. Sí, sí, dice que el otoño invita a la melancolía. Machado, Alberti, Miguel Hernández...él dice que gracias a Serrat sus favoritos son los del 27, pero que la variedad es enorme y si gozas de la sapiencia en más de un idioma, mucho mejor. Ah, me ha pedido que nos regaléis vuestros favoritos y alguna que otra estrofa. Ah, y que si os gusta la poesía, dice, no dejéis de visitar la web de Rafa León.

27 de septiembre de 2007

LAS TALLAS SEGUN ANGELICA HILGER (CARTAS AL DIRECTOR)


Hoy era de esos días que todavía no sabía de que escribir, me he tropezado entonces con una carta al director de esas que me obligana a reflexionar y no he podido evitar la tentación de colgarla. A enmarcar, sin lugar a duda, la última frase.

Tengo una hija preciosa de 10 años. Hace una semana ha dejado de cenar. Mide 1,40 centímetros y pesa 35 kilos, y según la cartilla de salud infantil la niña está en la media. Parece ser que los diseñadores y fabricantes de ropa no tienen hijos en edad de crecimiento, pues no entiendo cómo es posible no encontrar un pantalón de la talla 12 en el gran almacén más famoso de España. "Necesitará la 14", dicen las dependientas, "y luego se le recortan los 20 centímetros de largo que le sobran". (Dicho en tres ocasiones). Mi hija salió llorando del establecimiento y dentro de dos años seguramente será anoréxica. Yo soy frutera y cuando vendo un kilo de peras no doy 800 gramos. De nada sirve la campaña de Oliverio Toscanni, polémico fotógrafo de publicidad, si nadie (a quien corresponda) controla y obliga a los fabricantes de ropa a devolvernos los dos centímetros de tela que nos escatiman amparándose caprichosamente en el nefasto término acuñado como moda. "Después de todo, ¿qué es la moda? Desde el punto de vista artístico una forma de fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses" (Oscar Wilde). La moda es pasajera, la anorexia no lo es.

MICROS

El miedo pudo con él. La abandonó. ¿Por qué no va a hacer conmigo lo que ha hecho por mí?. Ella, más valiente, ya había abandonado a su marido.

EL EXTRANJERO



Hoy, a nuestra sección de extranjero (pronto se llamará "el novato") ha llegado un relato de C. M, esperamos que os guste, y la historia, no solo tiene historia, sino que "tiene historia" porque fue creada por C para participar en el concurso de micros de la Cadena Ser. La primera frase es de obligado cumplimiento:


"Lo siento, hicimos lo que pudimos, está muerto". Recibió la noticia sin sobresaltarse. Salió del hospital, pensó en su hija. ¿Cómo explicarle el accidente?, unas escaleras empinadas, un líquido espeso, un resbalón y una nueva vida. Abrió la puerta, la abuela salió. "Mi pequeña, él ya no está. Ya no tienes que hacer esas cosas que te pedía por las noches. Ya puedes dormir en tu cama.", sus ojos se iluminaron, durmieron toda la noche abrazadas. Desayunaron en la cocina, entre platos, entre cubiertos, y entre una botella de aceite medio vacía. La madre miró a su hija y la pidió perdón por haber tardado tanto.


26 de septiembre de 2007

!! ÁRBITRO ¡¡


Recuerdo una escena que se repetía mucho en mi barrio cuando éramos niños. Nos gustaba mucho jugar a Los hombres de Harrelson. Era la serie de moda y claro, una docena de hombretones salvando al mundo de los malos era muy tentador. El caso es que el reparto de tareas era diario con una frase que tiene valor jurídico: me pido X. Una vez que la pronunciabas sentaba jurisprudencia y su vigencia era de 24 horas. Pasaba lo mismo con el famoso (al menos en mi barrio) china doy, salva estoy, perejil, perejil, que no me den a mi. El caso es que al que le tocaba elegir el último le tocaba siempre el negro (sin malicia, pero éramos racistas, ¿para qué negar lo eviente?). Incluso solía subirse a casa enfadado. Yo no acababa de entenderlo, porque para mí el peor papel era el de TJ que siempre estaba en el tejado y era de lo más aburrido. El caso es que esto de elegir era muy típico de la infancia, y de la vida, si me apuran. En el fútbol pasaba lo mismo, no era por rapidez, sino por calidad contrastada (la de horas y horas en el parque). Nadie quería ser portero y acababa siéndolo el que peor la pegaba con los pies. Había muy pocas vocaciones cancerberas, pero jamás, nunca jamás en la vida, escuché a nadie decir ¡ me pido árbitro !. ¿Cómo narices llega alguien a querer ser árbitro?. Se mire por donde se mire, salvo por el sueldo, no es una profesión ni con prestigio ni con seguridad, porque la vida se la juega en un penalti mal pitado. Yo tengo mi teoría, además, como las conspirativas del 11M, basada en hechos irrefutables. Voy con las pruebas: Ontanaya López, Undiano Mallenco, Turienzo Álvarez, Teixeira Vitienes, Pérez Burrul...estos son algunos de los árbitros de fútbol de primera división este año. Y no es un plaga casual, no, que va, ejemplos hay muchísimos: Soriano Aladrén, Mejuto González, Guruceta Muro...¿no les parece casualidad tanto nombre extraño?. Es que es raro, con lo común que es en este país, encontrar un árbitro que se llame Martínez López. ¡ Claro !, porque si se llamara así y no supiera jugar al fútbol hubiera acabado de portero, seguro. Creo que los árbitros eran seres marginados, raras avis de patio de colegio tocados por la desgracia de unos apellidos malsonantes. De no ser así no podría entenderlo. Esa marginalidad, unido a su mala pata con el balón, les hace buscar venganza y ¿cómo?, haciéndose árbitros, se van a cagar estos macarrillas. Y que nadie se me ofenda, eh, que esto no es más que una broma...¿cómo que tarjeta roja?, pero ¿tú estás tonto?, cucaracho, ¿es que llegaste tarde al reparto de cerebros y te dieron una esponja?, ¿o es que en lugar de ojos tienes dos morcillas de Burgos?.

MICROS

Pensó que si encendía una antorcha dejaría de ser invisible y el mundo podría verlo. Pero como no tenía una a mano decidió prendeser fuego a sí mismo.

APAGA LA LUZ, ANDA


ADRIANA: ¿Te has enterado de lo de Alicia?
ADRIAN: ¿Tu amiga?, no, ¿qué?
ADRIANA: Que le ha puesto los cuernos a Ernesto con un compañero de trabajo.
ADRIAN: Pues no me extraña.
ADRIANA: Ah, ¿no?

ADRIAN: Pues sí, porque siempre fue un poco guarrilla.
ADRIANA: Joder, ya estamos.
ADRIAN: Coño, cari, que se lió con casi todos mis amigos.
ADRIANA: La leche, era soltera, cojones, y teníamos 20 años.
ADRIAN: Ya, ya, si no digo nada.
ADRIANA: Anda que no te hubiera gustado a tí montártelo con ella.
ADRIAN: No empecemos, anda, no empecemos, que yo me refiero a que es de esperar, además, en el trabajo, todo el día juntos, con el roce, pues ya se sabe, que tarde o temprano...
ADRIANA: Que tarde o temprano ¿qué?
ADRIAN: Pues que la tentación llega.
ADRIANA: Ah, ¿sí?, ¿ a tí te llega?.
ADRIAN: Pues no, mujer, tampoco es eso, puedes estar tranquila.
ADRIANA: Claro, puedo estar tranquila, porque como no te va a llegar, que si no fuera por eso iba a parecer un vitorino ¿no?, con la de guarrillas como Alicia que hay en todos los trabajos.
ADRIAN: Madre, ¿quien me invitará a mí a hablar?.
ADRIANA: Menos mal, al fin has dicho algo sensato.
ADRIAN: Apaga la luz, anda.
ADRIANA: Vaya, te estás luciendo, dos frases seguidas coherentes, se me caen los lagrimones.

MI CHISTE

Espero no acabar en la cárcel...

25 de septiembre de 2007

LAS TROPAS


Si no me gustan los ejércitos, pues no me gustan. Y sería tentador entonces pensar, pues el que se meta al ejército que, no olvidemos, es una herramienta de defensa y de invasión que tiene el Estado basada en la anulación o aniquilación del contrario, ya sabe que se juega la vida y que la vida se le puede ir porque otro soldado de otro ejército esté más certero, sea más listo o más rastrero, ese día. Y es verdad, no podemos asustarnos porque nuestros soldados mueran si los llevamos a cualquier lugar del planeta, esté o no esté en guerra, si va el ejército por algo será. No voy a meterme en cuestiones de Estado, de si la ONU, de si hay o no un conflicto abierto, allí van los soldados y pueden morir, es una verdad como un templo, odie lo que odie a los templos. Por eso siempre pensaré que el ejército mejor en casa, mejor incluso en los cuarteles, dentro, bien tranquilitos. Ahí es donde me gustaría verlos. Cuando leo noticias sobre la muerte de soldados españoles no hago más que reafirmarme en mi idea: no-me-gustan-los-ejércitos. Creo que es de los pocos axiomas con los que me iré a la tumba. Sé que Zapatero no va leer esto y mucho menos en caso de que el azar llevara estas humildes letras a sus manos le vaya a importar lo más mínimo, pero es tentador decirlo: ZP, por favor, traete a las tropas, anda, traete a las tropas a casa.

MICROS

Aquel político hablaba tanto para esconder sus mentiras que un día se olvidó de respirar, y fue entonces cuando perdió las elecciones.

EL CANCIONERO


Sé que para los puristas no era el más grande. Pero lo fue en cierta medida lejos de las ataduras del arte. Lo fue porque llevó el flamenco de raiz, de vena, el clásico por decirlo de algún modo, a lugar inimaginables hasta entonces. El flamenco, tal y como se vive hoy sería impensable sin Camarón de la Isla. Fue al flamenco lo que los Beatles a la música pop, quizá no fueron los mejores, pero sin ellos no hubiera habido nada. También es verdad que las letras del flamenco muchas veces adolecen de un infantilismo y de un machismo preocupante, pero hay que valorar las cosas en su justa medida. Puesto a elegir una canción no he tenido la menor duda: como el agua. Además, se la dedico a mi viejo amigo Dudu, cuyo blog (http://enfinyetcetera.blogspot.com/) ha tenido que dejar en barbecho por restricciones laborales. Él la canturreaba en nuestras primeras fiestas juntos, allá por finales de los ochenta. Madre, como pasa el tiempo...

COMO EL AGUA
Limpiaba el agua del rio
como la estrella de la mañana,
limpiaba el cariño mio
al manantial de tu fuente clara.
Como el agua. (x3)
Como el agua clara
que abaja del monte,
asi quiero verte
de dia y de noche.
Como el agua. (x3)
Yo te eche mi brazo
al hombro y un brillo de luz de luna
iluminaba tus ojos.
De ti deseo yo to el calor
pa ti mi cuerpo si lo quieres tu
fuego en la sangre nos corre a los dos.
Como el agua. (x3)
Si tus ojillos fueran aceitunitas verdes,
toa la noche estaría muele que muele,
muele que muele, t
oa la noche estaría muele que muele, muele que muele, muele que muele.
Luz del alma me adivina
que a mí me alumbra mi corazón
mi cuerpo alegre camina
porque de ti lleva la ilusión.
Como el agua. (x9)

24 de septiembre de 2007

QUEMAR UNA FOTO


Ya sabéis que soy muy ingenuo, tonto, dirían algunos. Pero no lo entiendo. ¿Cuál es el daño real que se le puede hacer a una persona quemando su foto?. ¿Se daña su imagen?, ¿depende del fotografiado que sea más o menos doloroso?. Porque si mi vecino quema una foto mía yo no me entero, la justicia menos y aquí paz y después gloria. Pero si el quemado es el Rey y se hace en un acto público (para que se vea, para que trascienda) el Rey debe de ser que se entera, que se le chamuscan los pelillos del culo y la justicia tiene que actuar. No solo se suben en el barco del absurdo (y van dos en poco tiempo) al detenter a alguien por tan infantil acto (si es que es como ese tópico de la novia abandonada que hace una pira con los recuerdos de su ya no amado) sino que les ofrece una publicidad impagable. ¿No eran lo que buscaban?. Vamos a darle la vuelta a la tortilla, un buen chapuzón de empatía siempre viene bien. Ramón y Miguel, estudiantes de Erasmus, están en un país Europeo (cualquiera) y en una noche de farra se juntan con otros estudiantes y al final, en medio de la borrachera, queman una foto del monarca de turno. Al día siguiente son detenidos y puestos a disposición judicial. En España comenzaría una campaña para la vuelta de los gamberretes y nos asustaríamos del trasnochado rigor de la justicia vecina. Pues eso, que la justicia debería estar para las cosas importantes y no facilitar las herramientas a grupos contra los que pretende luchar. Si el tipo que quemó la foto del Rey no hubiera ido a la cárcel, su acto, simplón e inútil, no hubiera trascendido. Así se le ha dado cancha y ya es un héroe para su gente. Además, ¿dónde ponemos el límite?, ¿si en lugar del Rey hubiera sido una de Leticia el delito es el mismo?, ¿de la reina?, ¿de las infantas?, ¿de Urdangarín?, ¿en que punto del árbol monárquico ponemos el tope?. ¿Y si se quemara una fotografía de Zapatero?. Es más, me pregunto si en una manifestación antimonarquica se pusiera que el Rey es un asesino ¿sería delito?¿y por qué no cuando se dice de un presidente- ya sea Aznar o Zapatero?.
Y que conste que no me da pena alguna que quemen en público la foto de nadie, y menos la del Rey. El respeto a los símbolos creo que es un valor relativo y voluntario. Nadie debería estar obligado a respetar un símbolo por que sí, y menos que el menosprecio pase a ser delito. Si yo viera a alguien quemando la bandera de la república no me sentiría ofendido, pero ni mucho menos, porque como decía mi abuela, no ofende el que quiere, sino el que puede. Y no deja de ser triste lo fácil que es, según nuetra justicia, ofender al Rey. Y a todo esto, me lo imagino preocupadísimo...bueno, me cuesta, porque no sabría dónde situarlo en mi fantasía, si en Vaqueira, si en el barquito, madre, que estrés de ensoñación.

MICROS

Apuntó a la pared, muerto de miedo, pensando que sería el único. Después, cuando el sargento enrabietado disparó con su pistola al prisionero, supo que lo habían hecho todos.

LAS PREGUNTAS DEL PEQUE


En un viaje, Rodrigo y su hermana Abril de cuatro años van en la parte trasera del coche. Abril, animada, no para de hablar, uno, dos, tres minutos, hasta que se hermano, cansado de su locuacidad, zanja el asunto: Callate Abril, que estás un poco loquita.

21 de septiembre de 2007

MALA PRENSA


Hay objetos que tienen mala prensa. No siempre depende del objeto en sí mismo, de sus cualidades, sino del lugar de dónde venga o el momento. Por ejemplo, si te regalan un bote de colonia, sobre todo si tiene nombre francés y viene en un frasquito diminuto, estás encantado. En cambio, te regalaran un desodorante, ummm, eso ya no te haría tanta gracia, ¿qué pasa?¿que me canta el alerón?, ¡ pues me lo podías decir sin tantos rodeos!. ¿Por qué?, ¿no son los dos objetos que trabajan en pos de una mejora en nuestro aroma?, ¿por qué la colonia goza de ese privilegio?, ¿si en lugar de nivea el desodorante se llamara Eau de Cloace vestiría más?. Hay más ejemplos. Si vas a casa de un amigo, abres el cajón del cuarto de baño (deporte de riesgo que es mejor no practicar, pregunta, en lugar de un cepillo puede aparecer cualquier cosa) y encuentras la crema para el culete del bebé. Ay, que tierno, mírarala. En cambio, si abres ese mismo cajón y aparece la crema para las hemorroides, buag, que asco, cierras de golpe y te peinas con la mano. Luego es cierto que hay objetos que por su utilidad vienen predestinados al ostracismo y la marginalidad, al oscurantismo en su uso: la escobilla del vater es el mejor de los ejemplos. Y se trata de un prejuicio, porque ¿quien es el gracioso que se va a una tienda y se cepilla con una escobilla del vater sin usar?. Seguramente estará tan limpia como un cepillo de dientes, pero madre ¿a quien no le daría repelús?. También es cierto que la marginalidad de un objeto, la mala prensa, depende de su ubicación, en algunos casos transitoria. Un periódico sobre la mesa del salón es síntoma de cultura, de interés, de compromiso. En cambio, en el cuarto de baño, lo es de dejadez, cuando menos. La lectura en el trono goza de malísima prensa, pero es como los programas del corazón, que nadie los ve pero están ahí. Y con esto de los prejucios hay, con la vida moderna que llevamos, objetos que están, poco a poco, pasando a ser odiosos. Casi nadie, salvo Navidades, recibe una carta que no sea del banco o de Hacienda. Nadie recibe una carta del banco que no sea una letra, una cuota, un saldo. Por eso el buzón se están convirtiendo en un objeto con muy mala prensa, porque ¡ trae cada noticia!. Hasta los niños están sujetos a estos odios. Mi hijo, por ejemplo, odia el baby de la escuela. No le gusta que ande los fienes de semana o en vacaciones por ahí pululando. En esta lista, y a nivel particular, esatarían los crucifijos y todas las representaciones religiosas, así como las velas, a las que he tenido que aprender a querer dándoles otros usos no creyentes. Pero yo, como muchos de vosotros, sobre todo, odio al despertador. Tanto que por las noches lo tapo con la absurda esperanza de que al no verlo no existirá, al menos hasta las seis y media de la mañana...

MICROS


Cuando fue a pagar se dio cuenta de que no tenía más que dinero.

EL CULTURETA


Hoy el cultureta, dice, tiene dos propuestas. La primera: pasar una noche en blanco. La noche en blanco madrileña ¿cómo definirla?. Es una especie de jolgorio multicultural, una feria del ocio culto, es una especie de invasión cultural, una explosión (relativa, más teórica que práctica) de arte. Lo que sí que hay es una verdadera riada humana de festivos en busca del evento callejero, la actuación sorpresa o el museo extrañamente abierto. Se da la paradoja de personas que viviendo a menos de un kilómetro de una pinacoteca no hayan ido nunca en horario estandar y esa noche hagan dos horas de cola para ver los mismos cuadros que podrían ver un lunes a las cinco de la tarde. Pero así somos (y así nos va, apostilla el cultureta). Para saber más sobre la noche en blanco hay varias páginas, una de ellas, digamos, la oficial, que nos brinda el cultureta.

La segunda invitación es un poquito menos universal, más partidista, y algo coja, porque se escora, como diría Sabina, por donde se escora el Bakunin (que hasta que crecí pensaba que era un bastón en algún idioma raro). El cultureta nos invita al 30 aniversario de las fiestas del PCE. Es también una feria, pero mucho más tradicional, al puro estilo casetas, bocata de panceta y música. Hay muchos conciertos, eventos culturales y charlas y actos políticos evidentemente partidistas. Tiene su encanto, incluso si eres de derechas, aunque si sufres aversión por el mundo de la melena, las camisetas reivindicativas y la ausencia de marcas en los ropajes, mejor no vayas. Eso dice el cultureta.

20 de septiembre de 2007

NICOLAI


No sabría explicar la razón, pero el día que saltó a los medios quemándose a lo bonzo en Castellón, no quisé escribir sobre él. Había algo en su historia que me sobrecogía, que me superaba. Es esa mezcla de incredulidad ante la desesperada estupidez o estupidez desesperada a la que se abona el ser humano cuando pierde la esperanza. Más que las imágenes de su propio cuerpo en llamas y como nadie es capaz, pese a la intención de algunos policías, de apagar un fuego que lo estaba abrasando, fueron las del hombre desnudo, quedamo y abatido las que me helaron el alma. Sin la ropa, quemada como buena parte de su piel, pareciera un civil huyendo de Hiroshima o aquellos niños del Napal vietnamita (bueno, americano, para más señas, al Cesar lo que es del Cesar). Esas fueron las imágenes que se me quedaron grabadas, como era llevado en camilla y como seguía maldiciendo su mala suerte en rumano. No voy a hablar de la inmigración, no, ahora no, ahora hablo de la muerte. Porque sí, Nicolai murió anoche, solo, en el hospital donde han intentado salvarle la vida. Me abruma que después de ver como se quemara, como seguía en pie, como parecía más cansado que herido ahora haya muerto. No se ha podido hacer nada, dicen desde el hospital. Incluso su familia, gracias a las mediáticas ayudas (tranquilo, Nicolai, de algo sirvió tu muerte, aunque sea irónico recordártelo) habían vuelto a su país. Él ha muerto solo, como debió sentirse antes de prender una camisa, la del Valencia, perteneciente a un mundo que no era, ni por asomo, el que le habían engañado. Y algunos medios, cuando cuentan estas historias todavía se atreven a aderezar la noticia con frases como "ejemplo del efecto llamada a la política de Zapatero". Es una simpleza y vileza tal que ni mencionarse merecía siquiera tanta inmundicia partidista. La desesperación no entiende de colores, les guste o no a los políticos encorbatados y a los señoritingos de barra de bar que maldicen un país al que aman (¡ y como se les llena la boca de babas al decirlo !) invadido por la extranjería, negro, sudacas, moros, es que nos invaden, Domingo, nos invaden. Y entre gamba y gamba, tinto y tinto, se felicitan unos a otros por su locuaz evidencia.
Odio la hipocresía, como odio ver que alguien es capaz de quemarse en la puerta de nuestras casas y solo entonces pensar que es un pobre desgraciado. Lo era, antes de ser una antorcha desesperada, pero claro, hasta ese momento, suelta el botellín para decirlo, majete, era un puto inmigrante más. Sé que este artículo no tiene pies ni cabeza, ni orden, ni rigor, pero siento rabia (y no pena por su muerte, que no deja de ser triste) mucha rabia y mucho asco. Quizá deba decir lo siento, pero no me sale.

MICROS

Lo siento, hicimos lo que pudimos, está muerto. Se siente abatido. Había luchado tanto por él. En su cabeza se arremolinan los sentimientos, recordando los buenos momentos, y también los malos, que los hubo, cuando parecían no entenderse. Tantas cosas, tantos recuerdos se lleva. Al menos, susurra, ¿cree que podemos recuperar la información del disco duro?.

EL EXTRANJERO

Seguimos esperando vuestros relatos...

19 de septiembre de 2007

BIENVENIDO MISTER...


Seguro que a los que trabajan o han trabajado en una gran multinacional esto les va a sonar. Seguro. Se extiende un rumor. Va a venir, va a venir. El becario pregunta ¿quien?, pues un jefazo, un tal Mister No sé qué que tiene firma importante y un despacho enorme en la central. Da igual que el susodicho sea del área financiera, de marketing, presidente, la rutina es la misma. Operación lavado de cara, primero los informes, todo tiene que estar al día, por si pregunta; después la ropa, ese día olvidaros del cassual, por favor; y hasta las mesas y los muebles ordenaditos, Martínez, esos archivadores bien ordenados de la "a" a la "z". Todos preparados con la mejor sonrisa, la mejor de las expectativas, faltan las pancartas, vergüenza torera, pero el cartelito de la entrada no falla. ¿No os recuerda a algo?, ¿a aquella maravillosa y a la vez cruel película de Berlanga?. Aquí falta el alcalde en la puerta del balcón gritando lo de como alcalde que soy os debo una explicación. Luego, en el moderno Mister Marshall, llega el pez gordo, saluda a los directores, se encierra en un despacho del que sale, como mucho, para comer con los jefes y, a lo sumo, se da un paseo por el área de su competencia, saluda a los trabajadores y de vuelta a su gran despacho en la central. Y ahí se quedan los trabajadores, con sus esfuerzos para ponerlo todo al día, para ordenarlo, para planchar la camisa de las bodas, para encontrar los pendientes que van a juego con esos zapatos y...su rutina diaria, sus llamadas, sus archivos, sus informes y su teclado sin despacho. Y hasta otro año, cuando empiece a extenderse el rumor, que viene, que viene...

MICROS

Mira, le dice a su amigo mientras ojea la prensa, un senador americano ha demandado a Dios por las desgracias que ocurren en el mundo. Pues ganará, seguro, por incomparecencia.

APAGA LA LUZ, ANDA


ADRIANA: Estoy preocupada por el niño.
ADRIAN: Vamos, vamos.
ADRIANA: No, es verdad, creo que nos ha tomado la medida.
ADRIAN: Venga...
ADRIANA: Que sí, que antes le decías cualquier cosa y se te quedaba mirando y te hacía más o menos caso, ahora parece que nos retara siempre.
ADRIAN: No puede ser.
ADRIANA: Pues como te lo digo ¿es que tú no lo ves?.
ADRIAN: Venga, venga.
ADRIANA: ¿Cómo que venga?
ADRIAN: ¡¡¡ Gol !!!, cojones, ya era hora.
ADRIANA ¿Gol?, ¿te has metido en la cama con los cascos?.
ADRIAN: Cariño, es la semifinal de la champions, ¿decías algo?
ADRIANA: No, nada.
ADRIAN: ¿Qué haces?.
ADRIANA: Nada, saco el vibrador, hasta la final queda mucho...

18 de septiembre de 2007

ODIOS


Hay personas o figuras a las que se odia sin conocer. Me refiero a un odio pasivo, light, si se quiere. Es el mismo odio que infieren otras personas como, en mi caso, Aznar o Zaplana. En ellos es también un odio pasivo, que no genera respuesta alguna por mi parte (salvo una mueca de fastidio cuando su imagen se cruza conmigo) pero, al contrario del odio del que quiero hablaros, este tipo de personas (cada uno ha de poner los nombres que considere) alimentan el suyo con actuaciones y palabras muy, pero que muy elegidas. Yo me refiero (huelga decir que hablo por mí) a un odio irracional e incluso injustificado. Quizá la palabra más específica sería aversión, rechazo. Rizos, el protagonista de los anuncios de una aseguradora (la de la llamada del ahorro) es ahora el primero en el ranking. No soporto verlo, cambio de canal o de habitación, o canturreo y miro para otro lado, es que no soporto su voz, sus pinchos...uf, que repelús. Y siguiendo con los anuncios, el mayordomo de Tenn, otro que tal baila, que tipo más odioso. ¿A quien le caía simpático Devon, el de la fundación del "Coche fantástico"? Y no solo encuentro este sentimiento en la pantalla pequeña, sino en la grande, ¿qué me han hecho a mi Nicolas Cage o Meryl Streep?, a parte de ser pésimos actores (mi opinión) nada, entonces ¿porque me ponen de mal humor? Luego es verdad que hay figuras que se odian sin corresponderse con la persona, en mi caso, los guardias jurado del metro y los matones de discoteca. Los odio sin conocerlos. Sé que son prejuicios y como tales los trato y busco minimizarlos, pero jamás los negaré (y menos a mí mismo). Sigo con más ejemplos, algunos tópicos como el listillo del trabajo, aquel que dice esa odiosa frase de hazme caso a mi que de ... (aquí va desde manualidades, a política exterior pasando, por su puesto, por medicina, futbol y toros) sé bastante, para recomendarte un fondo de inversión o una crema para la almorrana que a un primo de un amigo de un sobrino se la secó en un tris. Este tipo (o tipa) suele tener amigos en todas partes y son los mejores en lo que sea, que se trata de medicina, estuvo tratado por la mejor endocrina del planeta, que se habla de caravanas, su hermana es presidenta de la asociación griega de campistas.
En fin, que seguro que tenéis por ahí esas figuras que odiamos sin saber muy bien por qué, así que ya las podéis ir dejando que las "odiemos" todos...

MICROS


¡Céntrate en la lección, Martínez!, dijo el profesor de religión cuando le preguntaron si Adán y Eva tenían ombligo.

EL CANCIONERO


Vamos con un poquito de flamenquillo. Un grupo que supo como pocos subirse a la ola del flamenco pop y que durante mucho tiempo fue todo un referente en este estilo musical. No sabía muy bien qué canción poner, porque me han encanchado más sus melodías que sus historias, así que ahí va una, entre tantas:


No estamos lokos
que sabemos lo que queremos
vive la vida
igual que si fuera un sueño
pero que nunca termina
que se pierde con el tiempo
y buscaré, oye pero buscaré
No estamos lokos
que sabemos lo que queremos
vive la vida igual que si fuera un sueño
pero que nunca termina
que se pierde con el tiempo
y buscaré
Me desperté esta manana
y empieza de nuevo un día
después de una borrachera
me he tomado una manzanilla
voy en busca del Camborio
que se lo fuma en Arguila
tengo que tranquilizarme
me desmadro todos los días
No estamos lokos
que sabemos lo que queremos...
Me gusta vivir la vida
y a nadie doy explicaciones
soy bohemio y soñador
pregonando mis canciones
la noche a mi me seduce
y embruja mi fantasía
y es que la noche me inspira
y es mi adorada enemiga
No estamos lokos
que sabemos lo que queremos..

17 de septiembre de 2007

¡ GRACIAS !.


El deporte tiene algo de épico. No es lo mismo, en ciclismo, una victoria por velocidad a pie de meta, que una escapada en la alta montaña. Los deportistas fríos y calculadores gozan de menos gracia ante el gran público y solo la machacona superioridad (Federer, por ejemplo, Induráin...) pone de su parte al respetable. Y nuestra selección de baloncesto, un grupo fabulóso e histórico, que mezcla garra y calidad en dosis incomparables, ha representado estos últimos años el sueño de cualquier aficionado al deporte. Las comparaciones con la de fútbol no son casualidad, sino un anhelo. Ayer perdieron la final del Eurobasket, en casa, en el último suspiro, jugando un mal partido, ingredientes todos para ser pasto de la hoguera mediática. Pero no, no porque, primero, para perder una final hay que llegar a jugarla. Y segundo, porque este grupo tiene el crédito suficiente ganado para ver esto como un descorazonador cúmulo de desgracias. No fue un buen partido, estaban cansados y torpones y a Gasol, inconmensurable en defensa, le temblaba el pulso en ataque. Las dos últimas jugadas reflejan el curioso guiño del destino, la última canasta rusa entró después de rebotar en el aro y en el tablero, la última de Gasol se salió de dentro con los mismos ingredientes. Fue frustrante, porque a esta selección se le exigía ganar, se esperaba que ganara, era un guión escrito, una guinda a una fiesta abierta en una final irrepetible de un mundial hace apenas un año. Pero no fue así. Pasará el tiempo y nos daremos cuenta de lo que estos chavales nos han hecho soñar, nos han hecho sentir, comprenderemos que nos han hecho grandes y esta plata nos sabrá a oro. Tranquilos, muchachos, los que amamos el baloncesto solo tenemos una cosa que deciros: ¡ gracias !.


NOTA: Pese al estilo, al porte y todo lo demás, el de la foto de la izquierda soy yo...un poco de humor para desengrasar.

MICROS

Con ocho años vivían los gritos, los insultos, los reproches como un drama en el que su hogar era el escenario. Así las reconciliaciones eran la paz. Ahora, rebasados los treinta y cansados de ver la misma obra, esperan que este drama, por fin, sea el último.

LAS PREGUNTAS DEL PEQUE


La semana pasada contábamos en esta misma sección una anécdota con una siesta en un pueblos. La madre protagonista de la misma le llevó una copia a sus hijas, ya que le había hecho mucha ilusión leerlo. Se la dio a la más pequeña, sin comentarle nada. Ësta lo leyó a su ritmo y cuando terminó le dijo: mamá, mamá, ¡ qué gracioso !, a esta niña le pasó lo mismo que a mí.

15 de septiembre de 2007

EDUCACIÓN A LA CIUDADANÍA


Con todo este lío he buscado un poco de luz. Hoy, casi de madrugada (ironía que regalo a mi hijo, que a eso de las siete y media ya canturreaba "papá, ¿ya es de día?") he ido de compras. Cuando voy con mi hijo me lo tomo con calma y pasamos por la sección infantil, obligado paso para compensarle de que me acompañe a tan ingrata (para ambos) tarea. Y me he topado con los libros de texto. Y ahí andaba uno de religión. Así que a por él fui y busqué una hoja, al azar: capítulo 5, apariciones de jesucristo resucitado. ¿De verdad que los padres católicos tienen miedo a que adoctrine la asignatura de educación a la ciudadanía?. Algo falla.

GIGOLO; último capítulo. Con las manos a la espalda


NOTA: Bueno, pues aquí estamos. No ha tenido el éxito ni el seguimiento que hubiera querido (la culpa es, sin duda, de la calidad de la novela) pero ahí va, el último capítulo de mi novela. Con que haya una sola persona que se los leyera todos estaría más que contento.

Le duele la cabeza. Mucho. Es un dolor intenso que nace en las fosas nasales, se expande como una goma elástica hasta los tímpanos y muere en la nuca. Está aturdido. Intenta abrir los ojos pero le escuecen tanto que es incapaz de separar los párpados. Dos enormes lágrimas surcan su mejilla. Por algún misterio que desconoce desaparecen a la altura de los labios y vuelven a aparecer, con su cosquilleo devenir, camino de la barbilla. Después se concentran un breve instante, como dos coordinados trapecistas, y se lanzan al vacío. Le cuesta evidenciar su propio cuerpo y, sin embargo, como si fuera una burla, ha sentido con claridad el suicidio salado. Intenta traducir sus sensaciones, partiendo de evidencias tan confusas e inquietantes como el escozor en los ojos o esa extraña imposibilidad para llenar los pulmones por la boca. Vamos a ver, las manos a la espalda. ¿Por qué?, ni idea, están ahí, las noto, puedo cruzar los dedos. Estoy abrazando algo metálico, que de algún modo está entre mis brazos y yo mismo. Tengo una mano sobre la otra, y no quiero, pero tampoco puedo evitarlo, así que algo ajeno me obliga. Lo puedo tocar con los dedos, es pegajoso, plástico, muy duro, porque estiro y no cede. ¡Es cinta!, una gruesa cinta adhesiva. Y en los pies me pasa lo mismo. ¿Qué cojones ocurre?. Los tobillos los tengo presos a algo también metálico. Noto el suelo, es rugoso, pero no es arena, demasiado duro, tal vez cemento poco refinado y sucio. Sí, eso debe de ser, hormigón o cemento lleno de polvo y arena. Y estoy descalzo, claro, sino no notaría todo esto. También tengo cinta en los tobillos, pero puedo moverlos más, no debe de estar tan tenso. Voy a girarme. No puedo, y no es por las manos, ni tampoco puedo ir hacia adelante, algo me oprime el pecho. No es cinta, es algo parecido a una cuerda, sí, no demasiado gruesa, tampoco bien apretada, puedo respirar. Me ata a algo, probablemente a lo mismo que me atan los brazos. Y las piernas dobladas, así que estoy sentado, noto el peso de mi cuerpo, sí, estoy sentado, no hay duda. No puedo levantar las piernas, están atadas. Joder, ¿estaré soñando?, me da la impresión de que alguien me ha atado a una puta silla metálica. Intenta abrir los ojos una vez más y de nuevo la realidad blancuzca e irritante le impide mantenerlos abiertos. Saca la lengua y tropieza contra sus dientes, después contra los labios y una tercera vez contra algo pegajoso y firme. Quiere gritar, pero ese algo pegajoso le impide emitir sonidos coherentes. Abre de nuevo los ojos, con más tenacidad, resistiendo las lágrimas y la irritación, hasta que el mundo va tomando forma. Primero un espacio cerrado de enormes cristaleras y techos altos. Luz artificial, dentro y fuera. Una silueta, primero muy difusa, después, paulatinamente clara, ser humano, sentado, mujer, conocida, querida...¡Dios!, es Sofía. Intenta de nuevo gritar, presa del pánico, olvidando que su capacidad de habla está cercenada. Se revuelve en la silla, fuerza las manos hasta que el dolor le impide intentarlo de nuevo. Hace lo mismo con los tobillos, sintiendo la sangre brotar por un lateral del pie. Sofía no deja de mirar, pero parece como si no lo viera, con los ojos en la nada no mueve un músculo de su rostro. En el forcejeo ha sentido sobre sus carnes con demasiada claridad el roce de las ataduras. Se mira a si mismo y, desconcertado, descubre que está completamente desnudo, de los pies a la cabeza, que lo único que cubre su cuerpo, a parte de las cintas adhesivas, son las cuerdas, rugosas y finas, que ciñen su tronco y sus piernas a una silla. Ella está igualmente atada y amordazada, pero vestida. Escucha una voz, parece lejana, de ultratumba, como si un muerto se hubiera cansado de su destino y se estuviera revelando, allí mismo, por medio de la oratoria. Menos mal que ya estáis de vuelta, pensaba que me había excedido en la dosis y os tenía que dejar aquí, muertos; tampoco sería una gran pérdida para la humanidad, pero, oye, me gustaría tener algo más que ver en vuestro destino. Sofía le dedica una par de miradas aparentemente neutras. La había visto mientras Adrián intentaba volver a la realidad, la misma en la que ella llevaba algún tiempo instalada. Él se esfuerza por centrar las palabras y situarlas en un entorno, concentrarse en su procedencia, el tono, el timbre, las querencias de las sílabas. Analiza toda esa información y la adjunta a lo que va llegando al cerebro por el irritado camino de las pupilas. Algo falla, se dice, esto es un sueño, una puta pesadilla, me tengo que despertar, cojones. Pero no, es tan real como el miedo o las cuerdas que los atan a ambos. Sí, cariño, soy yo. Siempre tuvo una extraña capacidad para adivinar sus pensamientos. Está sentada sobre una especie de mostrador. Lleva una camiseta de rugby, esa que parece seleccionar para los grandes momentos. Sabe que Adrián se ha fijado en la prenda. Claro, cariño, ¿qué otra ropa podía elegir?, ésta es la camiseta de nuestro primer encuentro. Ahora se dirige a Sofía, que acaba de sentir la más extraña de las punzadas en su corazón. ¿Celos?, ¿ahora?, se pregunta asustada y dolida. Dos miedos al dolor pues, el del alma y el del cuerpo, que confluyen caóticos en su interior. No me digas que tu hombrecito no te ha hablado de mí, es que es un poco despistado. Incomprensiblemente hay más dolor en el alma que en el cuerpo. María, mientras tanto, entre palabra y palabra lanza un sonoro mordisco a una enorme manzana. Todo está estudiado, está haciendo su papel, el papel de su vida, el que llevaba dormitando décadas y por obra y gracia del desprecio de Adrián ha salido del armario, liberando el odio dormido. Ahora va a enterarse el destino de lo que me ha hecho, parece decirse en cada mordisco. Se pone en pie y se coloca entre ellos. La verdad es que no tenéis muy buen aspecto, no señor, con lo atractivos que sois los dos, ahora mismo no tenéis buena pinta, ¿es que no habéis dormido nada?, ay madre, no se puede estar todo el día follando, ¿o contigo hace el amor, princesita?, te lo he dicho muchas veces, Adrián, lo mejor es uno largo, no cuatro o cinco seguidos, que te desgastas, acuérdate del Tantra, hombre, ¿a qué sí, enfermerita?. Con María de pie, Adrián adivina un brillo metálico y familiar, que intuye cargado de rabia y balas. No hace mucho tuvo a un metro de sus ojos ese mismo cañón. Aquella vez sintió mucho miedo, pero era dueño de la situación y actuó con certeza y valentía. Ahora, atado, y sobre todo presa también Sofía, una bola inmensa de pánico se instala irremediablemente en su estómago. María continúa su actuación, su sorprendente metamorfosis de larva sensual de mujer a mantis religiosa henchida de odio. Encima estáis en el cine y no se os ocurre otra cosa que subir a los servicios para echar un triste polvo, ¿es que no tenéis tiempo en casa?, ¿eh?. Ahora se acerca a Sofía, que aparta la mirada. Claro, en parte te entiendo, teniendo un amante como él, ¿verdad, zorrita?, apetece siempre. Adrián quisiera gritar, pero el aire muere en los labios clausurados sin dar forma a palabra alguna. María ha cogido el rostro de Sofía para evitar que desvíe la mirada y eso demanda más aire, más sangre, más latidos. ¿Sabe tu padre que vas follando en los servicios públicos?, al doctor no le gustaría ¿verdad?. Está bordando el papel. ¿Y tu madre?. Ahora se lleva las manos a las mejillas en tono de burla. Tu madre lo llevaría fatal, su niña ha cambiado la parroquia por un mundo lleno de pollas chorreantes, porque una vez que se empieza, cariño, ya lo verás, no hay forma de dejarlo, has empezado con la suya, pero dentro de poco suspirarás por cualquiera, porque conozco a las zorritas tímidas como tú, luego sois las peores, las más putas, las más guarras, que hacen cualquier cosa en total de que les coman el coño. Ahora lo mira a él con una sonrisa incompleta. Si te digo la verdad, Adrián, la chica está bastante bien, en eso no tengo nada que objetar, no te has ido con una guarra fea y chocha. Tira lo que le queda de manzana con desprecio, se ajusta en la parte trasera del pantalón la pistola y se coloca tras ella, agarrando bruscamente sus pechos. Los amasa y desabotona la camisa para poder sacar la carne por encima del sujetador. Sofía no puede hacer nada, paralizada por las ataduras y el terror, y deja que la mirada se pierda por encima de Adrián, allá por donde la luz entra. Lo que le está ocurriendo, en realidad, dentro de su cabeza, le ocurre a otra a millones de kilómetros de ésta fábrica abandonada. Él quisiera levantarse y reventar esa cabeza color fuego. Intenta zafarse de las ataduras, pero lo único que consigue es dañar su carne y sus esperanzas. Además, una incomprensible, incómoda y poco apropiada erección lo ha dejado completamente inmovilizado. ¿Qué coño es esto?. Se pregunta. No es más que sangre, que por la tensión se concentra en un punto determinado, le diría un experto. Pero no hay lucidez para explicaciones científicas y su propia erección se le muestra como una ironía de muy mal gusto. María vuelve al ataque. ¿Ves?, le dice al oído a Sofía, después de deslizar la lengua por él y sin dejar de acariciar sus pechos, es un animal, se excita con cualquier cosa, ahora daría la pierna derecha porque te desatará y nos comiéramos, todos los hombres anhelan la idea de ver dos cuerpos de mujer entregados y sudorosos. Adrián no siente placer alguno. Por su cerebro no circula más que odio. Lo último que le resultaría erótico sería ver a Sofía sobada por esas neuróticas manos. Pero por los caprichos del riego sanguíneo la erección no solo no cede sino que duplica su terquedad. ¿No lo ves?, se está poniendo cachondo, le gusta ver como te toco las tetas, seguro que si sacáramos la lengua y nos lanzáramos maldeciría las ataduras que no le permiten hacerse una paja. La suelta de golpe y se pone en pie. Pero no hemos venido a eso, ¿verdad?, y mira que me ha gustado lo de tus tetas, es una lástima que nos hayamos conocido en estas, digamos, trágicas circunstancias, pero es que tengo algo que preguntarte, y es importante. Hay un silencio absurdo. Te gusta este muchacho, ¿verdad?. Se ha colocado de nuevo entre ambos. Adrián, que está intentando recuperar la serenidad, baraja las posibilidades. Sobre lo que va a ocurrir y como poder evitarlo. Las manos las tiene bien sujetas, el cuerpo también, tan solo los pies parecen no haber recibido la debida atención. Con mucha cautela los cruza, aguantando el dolor. No parecen muy efectivos sus esfuerzos, aun así pocas cosas más puede hacer, aparte de esperar y eso, sin duda, pinta mucho peor. María continúa su monólogo. Entiendo que te guste, es atractivo y, sobre todo, que es por donde te tiene enganchada, crees que es cosa del corazón pero es por el coño por donde te tiene atrapada, es el mejor amante del mundo; y sería genial, hubierais hecho una pareja de esas de cine, escupe la última palabra, de no haber un pequeño problema desde el principio, y es que, zorrita, este hombre es de mi propiedad. Sonríe como si hubiera dejado sobre el tapete la carta ganadora. Ya sé que no lo sabías, pero ¿cómo se dice en derecho?, el desconocimiento de la ley no te exime del delito, bonita, así que la has cagado, tu coñito de ex parroquiana te ha perdido. Sigue frente a ambos. Y, claro, pensarás que estoy loca, no, si esta tía está de la puta cabeza. Recupera de los pantalones la pistola y se apunta grotescamente a la sien. Pero no, una loca no lo hubiera planificado con paciencia y meticulosidad, ni sabría tanto de vosotros, ¿te ha dicho que se gana la vida corriéndose en chochos viejos?, no, claro, eso el novio perfecto no te lo ha contado, te habrá dicho que trabaja en una multinacional. ¡Mentira!, grita con rabia, era un puto y desgraciado becario, y encima lo ha dejado, ¿qué te parece?, porque, claro, el sueldo que le dan las viejas es mucho mejor, y sobre todo el trabajo, que no es lo mismo hacer fotocopias que echar un polvo. Se ha ido desplazando y ya está junto a Adrián. Tal vez piensas que lo hago por hacerte daño, por rabia, o por celos, sin más, y no es verdad, no te des tanta importancia, además, no me has hecho nada conscientemente, y bueno, hasta podría perdonártelo, es una lástima que no vayamos a tener tiempo para saberlo, porque solo nos queda tiempo para una cosita más, un regalo si lo quieres ver así, te voy a demostrar como éste que tú adoras, por el que tus huesos se hacen leche, es un animal, un ser nacido para follar, y para follar conmigo, solo conmigo. Apoya sus argumentos golpeándose el pecho con la pistola. Adrián continúa con sus tobillos, forzando, estirando, girando ajeno al dolor. ¿Ves? Sofía, sigue cachondo, sigue pensando con la polla. Señala la entrepierna con la pistola y Adrián cierra los ojos esperando lo peor. O lo mejor, su cerebro no se decide. Esperanza frente a paz. Mientras tanto, pese al miedo que lo atenaza, pese a la presencia de Sofía, absorta en su propio desconcierto, la erección prosigue su irónico discurso. María, soltando la pistola lo imprescindible, se quita la camiseta. No lleva sujetador y se da la vuelta para que Sofía vea sus pechos. No tengo tu edad, las mías no están tan firmes, se las acaricia, pero no está mal, ¿verdad?. Los mira estudiando el terror en sus ojos. Además, a él le encantan, ¿verdad, cariño?, y ¿sabes una cosa que le encantaba?, correrse en ellas. Cierra los ojos fingiendo deleitarse en el recuerdo. ¿Te ha llenado alguna vez las tetas de leche?, no, tú no haces esas cosas, son una guarrada, ¿verdad?; estas niñas, Adrián, que no saben lo que es bueno, que son unas timoratas. Se va acercando a él lentamente. La experiencia le dice que no va a sacar nada bueno de la creciente proximidad. Mira, princesa. Cuando ya está a su altura, le pasa el pecho por la cara. Adrián aparta la cabeza, enfurecido y muerto de miedo. Ahora no quiere, pero siempre me las ha comido con paciencia, porque el muchacho nunca tiene prisa. Vuelve a sonreír, mientras Sofía, por primera vez, se percata de la erección de Adrian. Siente una inmensa arcada instalarse en el estómago y un profundo mareo que la obliga a cerrar los ojos un instante. María prosigue. Pero como todos los tíos, hay una cosa que les gusta por encima de las demás. Se arrodilla, girándose una última vez, comprobando que Sofía, mirando pero sin ver o viendo pero sin mirar, tiene los ojos fijos en ella y en Adrián, que ruega al Dios olvidado que acabe esta locura. Arrodillada como está se mete la polla en la boca, con violencia, sin preocuparse si los dientes participan en exceso de la fiesta. Sofía quisiera no mirar. Hija de puta, ¿qué estás haciendo?, ¿déjalo en paz?, aguanta cariño, ¿qué locura es ésta?, Dios, padre nuestro que estás en los cielos, perdona mis pecados, perdona si me he apartado del camino, perdona si te he fallado, la carne es débil, Adrian, ¿por qué no me hablaste de ella?, ¿quién es esta loca?, ¿qué le has hecho?, ¿qué saca con esto?, me duele el corazón, no puedo respirar, no me gusta, no me gusta, Dios ayúdame, me mareo, aguanta Adrian, no te preocupes, todo saldrá bien, ¡déjalo, hija de puta!, resiste, no goces, piensa en mí, ¿o estás gozando?, no te corras, no te corras, por favor, no podría resistirlo, pero Dios, aleja esta locura de mi cabeza, por favor, por lo que más quieras, ¿por qué me miras así, cariño?, no reconozco tus ojos, ¿es placer lo que veo?, pobre ¿cómo puede estar gozando?, si él no quiere, no quiere, o a lo mejor lo tenían preparado, es su venganza, estaba erecto antes de que la loca se pusiera a trabajar, ¿cómo te podía excitar verme aquí?, ¿qué clase de venganza es ésta?, ¿por qué?, no quiero pensar tonterías, son tonterías, nunca me harías algo así, ¿verdad?, quiero que acabe esto, quiero volver a casa, sentarme en el sofá, dormir, me duele, me duele mucho, por favor, por favor, déjanos en paz. Adrián también siente dolor por dentro, y también en la mundanal carne, porque María está siendo poco cuidadosa. Intenta olvidar toda sensación y no sus ojos de Sofía. Mi vida, mírame, no significa nada, esta locura no tiene sentido, déjala, dame tiempo, lo solucionaré, mírame, mi corazón está contigo, y mi mente, la carne no nos importa. Siente que su cuerpo se prepara para el orgasmo, un orgasmo extraño, como si dentro de él se hubiera una guerra civil con tres bandos. Uno que intenta en vano hacerle llegar a Sofía que la adora, que es la mujer de su vida, que sí, que la quiere, sin miedos, sin miramientos, y que matará a la zorra que está arrodillada. Otra que se concentra en neutralizar las sensaciones bruscas, y anacrónicamente placenteras, que le van llegando. Y una tercera que canaliza esas sensaciones, inesperadamente aliada con el enemigo, para lograr su objetivo, el orgasmo. Es una lucha encarnizada. Y son las traidoras las que parecen avanzar con mayor firmeza. Cariño, mírame, mírame, esto no significa nada. Sofía siente una enorme presión en el pecho, le cuesta respirar y se disparan en su interior millones de sensaciones. Dios, ¿por qué siento este dolor en el estómago?, quiero vomitar, quiero gritar, quiero matarla, zorra, suéltalo, no vas a sentir un orgasmo, mi vida, ¿verdad?, no lo hagas cariño, por favor, no lo hagas, no lo hagas, no lo puedo resistir, me voy a volver loca, Dios, perdóname, no volveré a pecar, seré la más predilecta de tus siervas, pero ayúdame, ayúdame, por favor, mátala. Está agotada. Asfixiada. Mareada. Mientras tanto, María sigue chupando, siente cada lametazo, cada inserción y nueva salida como un peldaño más de la escalera de su venganza. Adrián no quiere correrse, lucha, las dos partes concentradas en su polla dirimen una batalla que se proyecta hacia el cerebro. Al final, vence quien tenía que vencer, y dos tristes dentelladas apenas si llenan los labios de María, que las recibe como si hubiera llegado a la cima, feliz. Adrián vuelve a los pies. Ahora nota que el izquierdo se ha sobrepuesto sobre el derecho, todavía quedan esperanzas, cariño, le dice con los ojos, no ha pasado nada, no ha pasado nada. Sofía llora. Y no sabe por qué, pero el intenso dolor que ha sustituido a las nauseas la obliga a apretar los dientes. ¿Por qué lo has hecho, amor mío, por qué? Quisiera morirse, allí mismo, arrancar sus entrañas y esparcirlas por la pared para que el mundo entero sepa de su dolor. María apura hasta la última gota el orgasmo, no quiere que absolutamente nada se pierda, su boca es el destino final. Después se pone en pie y camina victoriosa hacia Sofía, que nota como las lágrimas y el dolor se han fusionado definitivamente con su cuerpo y su alma, formando una única realidad. ¿Por qué te has corrido?, ¿por qué?, te mataré, hija de puta, Dios mío, Adrián, ¿por qué lo has hecho?. María se acerca y saca de la boca el semen para dejarlo sobre su mano. Mira, zorra, esto es lo que le provoco yo. Adrián gira una vez más el tobillo, le duele mucho, pero apenas queda una tira diminuta de cinta, muy dura, enrollada sobre sí misma. ¿Crees que es tu hombre?, ¿qué esto es tuyo?, le grita María a dos centímetros del rostro. Adrián ha logrado romper por fin las ataduras de sus pies e intenta incorporarse de algún modo. Pues si es tuyo, ¡tómalo!. Restriega el semen por el rostro de Sofía, que permanece inmóvil, incapaz de accionar un solo músculo. María se ensaña, y si Sofía se sobrepusiera al dolor de sus entrañas, ese de tan dentro, se daría cuenta de que está haciéndole sangrar las mejillas. Adrián logra la verticalidad y, antes de lanzarse, se cerciora de que podrá, de que no fallará, porque María ha vuelto a coger la pistola y un error acabaría con sus vidas. Se lanza con decisión, como haría un jugador de rugby, gritando, loco de ira, aunque nadie pueda oírlo. Apenas es capaz de mover las piernas, pero su desesperación es tal, que podría levitar con tal de llegar hasta ella y apartarla, para siempre, de la vida de su princesa. María levanta la vista y no cree lo que ve, había atado y cintado ese cuerpo que ahora se le echa encima. No tiene tiempo de reaccionar, cuando quiere darse cuenta de que, en realidad, ella lleva ventaja por la plena movilidad y la pistola, el cuerpo encogido de Adrián colisiona contra ella, lanzándolos a los dos al suelo. El golpe contra él es brutal y la deja un instante sin respiración. Nota la evidencia del peso, ese peso tan familiar que ahora le resulta grotesco y peligroso. Aprieta la pistola con mucha fuerza, decidida, pero Adrián levanta la cabeza con más energía, forzando el cuello hasta el límite y se lanza brutalmente contra sus narices. El golpe seco resuena como un disparo en el silencio de la nave, doble, porque la cabeza ha rebotado contra el suelo. María nota primero una espesa niebla y después, antes de perder la consciencia, un líquido caliente que le sale de las fosas nasales y se funde con las lágrimas. Adrián gira sobre si mismo y rodando busca una pared, para con la cabeza, o con los dientes si es necesario, lograr otra vez la verticalidad. Le duele todo el cuerpo, la caída ha mellado su piel desnuda, pero apenas presta atención a detalles sin importancia, puede mucho más el miedo. Sofía sigue con la mirada perdida, el rostro empapado del semen frío y desconocido, nada que ver con ese líquido maravilloso y cálido que la hizo cambiar su forma de ver la vida. No es consciente de lo que ocurre, de que María está en el suelo o de que él se esfuerza por llegar a su lado. Sigue fagocitando su odio. Adrián logra ponerse en pie y se acerca a ella. Ni tan siquiera la cercanía de Adrián la rescata de su ensoñación. Sofía, mi vida, ayúdame, parece decirle con los ojos bien abiertos. De espaldas, con la movilidad que le quedan a sus dedos, intenta quitarle la cinta de la boca a su princesa. Ella no ayuda, absorta como está en sus propios delirios. ¿Por qué lo has hecho, Adrián, por qué lo has hecho?, ¿por qué a nosotros?, dime ¿por qué a nosotros?. Al fin, con dolor en los pies por alzarse hasta la boca, logra quitarle la cinta. María sigue inconsciente, la pistola todavía en la mano, asida con fuerza. Sofía, quítame la cinta de las manos, vamos, quítame la cinta con la boca, sigue diciéndole en silencio. Aunque no reacciona plenamente, si que una parte de su cerebro esté volviendo a la vida y es el que hace que incline la cabeza para desasir las manos. Así, cariño, así, sonríe Adrián tras la cinta que todavía lo amordaza. Se desata por completo y, sin percatarse del aire ausente de Sofía, hace lo mismo con ella. Está desnudo, pero no le preocupa lo más mínimo. El tiempo parece detenerse y todo ocurre a mitad de velocidad. Vamos, cariño. Le resulta tan extraña su propia voz como el tiempo relentizado. Hay que salir de aquí ahora mismo. Sofía sigue sin decir nada, con la mirada al frente, a lo lejos, en un mundo desconocido y oscuro. ¿Por qué, Adrián?. En el camino encuentran una sucia manta que se echan por encima. La tiene abrazada y necesita empujarla para que un pie tras otro siga caminando. De golpe, como si una extraña fuerza la obligara, se detiene y ya no logra ponerla en marcha. ¿Qué pasa mi vida?, ¿qué te ocurre?. Si no fueran esos ojos los mismos sobre los que se mece desde hace meses su felicidad, diría que no ha visto tanto odio concentrado en unos párpados. Lo entiende, siente algo parecido arrastrar su alma a profundidades desconocidas, pero el miedo y la cordura lo fuerzan a buscar la salida. Espérame aquí. Es lo primero que escucha de Sofía, y con tanta seguridad, con tanta decisión, que lo deja de una pieza, quieto, acurrucado en la polvorienta manta. Ha sonado a orden y no encaja, es tan raro que a su cerebro le cuesta construir una realidad y buscar respuestas. Deberían estar saliendo, huyendo a toda velocidad y no es capaz de darse cuenta del peligro. Imagina que vuelve a por algo, el bolso, las llaves del coche, ¿la felicidad?, sin percatarse de que atrás, al otro lado del muro, está María, inconsciente pero todavía armada. ¡Dios!. Cuando evidencia el peligro intenta ponerse en marcha, correr, pero algo lo detiene. Un sonido seco, rotundo, definitivo, que el eco de la vieja fábrica repite varias veces, convirtiéndolo en un estruendo espantoso. Sus rodillas flaquean, le falta el aire, sus pulmones buscan aire, saliéndose del pecho si es necesario. No puede elaborar un pensamiento coherente, o tal vez no quiera. El corazón late con fuerza, un dolor con cada latido, más y más intenso en cada nuevo tic-tac. Se escuchan unos pasos. Intenta pensar y sigue sin lograrlo, no puede emitir órdenes, su cerebro se ha colapsado. Aparece entonces una silueta. Porta un arma todavía humeante. Lo que queda activo de su cerebro tarda en ordenar las facciones, el andar, la línea del rostro, el color del pelo, de los ojos, y por fin, cuando obtiene respuesta, dejando atrás la manta, desnudo, se lanza a por ella. Entonces sí, sin tiempo para pensar los dos se funden en un abrazo y llora. Ella sigue en silencio, la mirada perdida, la pistola en la mano. Sofía, mi vida, lo siento, lo siento...

MICROS

Cuando por fin logró verse sola en casa pensó que sería feliz, pero entonces se dio cuenta de que no tendría a quien culpar de sus desgracias.

14 de septiembre de 2007

GENERACION X


Escribí hace unos años una novela que titulé Quien se acuerda de Mazinguer Z. Era una novela coral que pretendía contar una historia de nuestra generación, la de los que vemos igual de cerca los treinta que los cuarenta. Se quedó en un interminable borrador de 800 páginas llenas de sentimiento y poca calidad. He intentado retomar la idea, no la de la novela, sino la de la generación, y lo he hecho por la parte fácil y estimulante: buscarle un título. Me ocurre muchas veces, porque conduciendo, esperando la cola del pan o en un tiempo muerto del basket pensar una escena, la estructura de una novela o los entresijos de un personaje, es muy complejo. En cambio sacar una frase, como el que lanza un micro, es mucho más prático. A coletazos he ido viendo unos y otros y al final me quedé con Generación Google. Me gustaba porque representaba un poco el mundo en el que estamos creciendo, donde internet es un poco la televisión de los setenta, cuando se decía que sí, que es verdad, que lo he visto en la tele. Usamos internet diariamente, es nuestra herramienta de comunicación, búsqueda y ocio. Pero aun así no me deja satisfecho, porque los niños de quince años también son y serán una generación google, al menos por ahora (a saber lo que tendremos por ahí dentro de quince años). Así que he seguido buscando y buscando algo especial, realmente significativo. Ideas no han faltado, desde El rey mileurista, Cadena bancaria, treinta años y un día, Los treinta y en casa...En fin, que seguía sin encontrarle la chispa necesaria y, mira tu por donde, la he encontrado esta mañana. Somos la generación Tupper. Sí, eso sí que creo que nos diferencia de los demas, somos una generación que como todas las anteriores, cuando se fueron de casa, tenían como un ritual más o menos obligado la comida o cena en casa de los padres. La diferencia en nuestro caso es que vamos con una buena colección de tuppers para retornar con medio menú hecho. Vamos, que las madres, marchados los hijos, siguen cocinando, como quien dice, para toda la familia. No sé si eso es enfermizo, pero cuando ayer abrí el tapper con la paella del domingo, le eché el limoncito y empecé a cenar, pensé que una buena paella bien merece un psicoanalista.

MICROS

Fingió su propia muerte para poder escuchar por primera vez en su vida aquello de "era un buen chaval".

EL CULTURETA


Hoy me ha costado levantar al cultureta. Se me ha hecho el remolón, dice que con lo del baloncesto ayer se acostó tarde y que no tenía muchas ganas de levantarse. Le he dicho que iba a comprar el periódico y volvía y entonces ha dicho, eh, espera, voy contigo. Y es que el acto de comprar el periódico para el cultureta es como un ritual, igual que para otras personas el día no empieza de verdad hasta que desayunan o se duchan, para él no lo ha hecho hasta que se encuentra con su kioskero. Y eso es lo que os quiere recomendar hoy, leer el periódico. Dice que no le da igual, ni mucho menos, uno que otro, que no se parecen en nada, pero que él de política no quiere hablar así que leed, sin más, me dice. Además, añade, en familia y un domingo, que vuestros hijos tengan ese maravilloso recuerdo de una mañana lluviosa de fiesta, papá con los deportes, mamá con el suplemento y los peques con la sección infantil. En fin, dejadme que vaya al kiosko.

13 de septiembre de 2007

LOS NOMBRES Y LA ESTUPIDEZ HUMANA


Hay unos padres, creo que mejicanos, que han puesto a su hija Yahoo. Lo han hecho porque es ahí donde se conocieron. Tiemblo al pensar en la infancia de esa niña, teniendo ya un nombre que es un mote, con lo que eso estimula la imaginación, y se sabe que la malicia en el patio del colegio no conoce mesura. Estará tan marcada por su nombre que no me extrañaría que se pasara media vida buscando al hombre adecuado, que ha de llamarse Arroba, para formar una verdadera familia cibernética, cuyos hijos se llamarían, sin duda, Punto y Com: Yahoo, Arroba, Punto, Com. ¿No es tentador?. A mi la idea no me parece mala, si hubiera cundido el ejemplo el mundo estaría lleno de Bancoenelparque Gutierrez, Paradelbus Martinez o Clasesdeyoga Sanchez. Es más, propondría una ley que obligara a los padres a ponerle el nombre a su hijo en función del lugar donde se conocieran. Eso invitaría a la gente a tener encuentros más glamurosos para evitar tener hijos como Hiperusera Dominguez o Urólogo Marquez. Lo siento, te quiero mucho, pero lo nuestro no tiene futuro, nuestro hijo se llamaría Sexshop Regulez. Claro, que pronto surgen preguntas: ¿Cómo llamaríamos al segundo hijo?, o ¿cómo le explica una mujer a su marido que a su hijo han de ponerle Trabajo Suarez cuando ellos se conocieron en la clase de spining?.
Si pensáis que esto que acabo de contar supone el cénit, el culmen, de la estupidez humana, estáis muy, pero que muy equivocados. Esa cima, ese éxtasis de lo absurdo, ese clímax de la soberana estupidez la hemos encontrado estos días (pero llevan años de investigación y trabajo) en Rusia, donde se ha probado la primera bomba ecológica, que mata pero no mancha. Que ya era hora, digo yo, que menudo guarreo eran las guerras. Aunque creo que todavía no han terminado el trabajo, hasta que no haya una bomba que desintegre directamente los cadáveres, los volatice, y también limpie los remordimientos de conciencia, no se habrá alcanzado el verdadero objetivo, porque es un verdadero engorro tener que identificarlos, empaquetarlos y devolvérselos a sus familias con una banderita. Y es que esto de la ecología está tan de moda que llega a los rincones más insospechados. No me extrañaría que un día de estos, cuando vaya a dejar el papel y las botelals, me encuentre con un contenedor para el odio y otro para la estupidez. ¡ Estupendo !, ya sé donde dejar la idea que se me ha ocurrido esta mañana. Cachis, si está lleno...
NOTA: seguro que hay quien se pregunta por qué, si la bomba es rusa y los padres mejicanos, he puesto a Bush. Bueno, podría decir que era un título demasiado tentador, pero es que lo puse en fotos google y en segunda línea...y uno no es de piedra.

MICROS


Se alistó pensando en que trabajaría para la paz, sin saber que solo lo haría cuando desertara.

EL EXTRANJERO

El extranejo está triste, y espera vuestras cartas...

12 de septiembre de 2007

LA DEGETÉ


Todos conducimos o vamos en coche habitualmente. Así que seguro que habéis leído los nuevos carteles luminosos que la DGT pone en las carreteras. El contador de muertos es escalofriante, y no sé si efectivo, pero yo llevo la cuenta. Los hay de todos los tipos y varían por comunidades. La última modalidad era la de los idiomas. Al menos en Madrid y es que creo que hay cierta envidia con el localismo de otras regiones que poseen lengua propia. Porque en la zona de levante o cataluña se pone en valenciano y catalán y castellano. En Galicia, lo mismo, en galego y castellano. Y claro, aquí en Madrid, cómo lo iban a poner solo en castellano (porque el castizo no colaba), pues hala, en inglés y que viva el cosmopoliloquesea. Como se ha convertido en una herramienta más creo que se están creciendo, se están gustando. Ayer, por ejemplo, leí uno que decía Comienzo del curso escolar, utilice el transporte público. Tomad un reloj y calculad el tiempo que tardáis en leerlo, ¿Cuatro o cinco segundos?, ¿no os parece un poquito largo?. Es cuestión de tiempo, ahora que andan con esa campaña de la atención al volante. Es que ya estoy viendo los mensajes de los próximos meses: ¿No crees que sería mejor tomar ese turroncito tan rico en casa y no en el hospital de paraplégicos de Toledo?. Que al final alguno va a tener que dar marcha atrás, disculpa, es que no he podido terminar de leerlo y ya me he quedado con las ganas. Ahora tendrán que cambiar ese nuevo anuncio en el que sale un tipo junto a los restos de un accidente: esto fue por buscar las gafas, esto es un contestar al teléfono, ahora habrá que poner un esto es un leer el dichoso cartel de la dirección general de tráfico. No he vivido nunca en el extranjero, pero me da que esto es muy típico de España, dar por un lado y quitar por otro. Nos piden precaución, atención y nos van poniendo cartelitos que te obligan a levantar la cabeza y desviar la atención de la carretera. Esos carteles luminosos, supongo, deberían ser útilies para indicar excepciones en la carretera, avisar de atascos, averías, accidentes, problemas en la vía, no para concienciarnos. Supongo que la idea es que la conciencia llegué al usuario en el acto (mientras se está, algo así como recordarle a un obeso que lo está cuando come), pero eso no debe poner en ningún caso en peligro la seguridad de los conductores. No sé si alguna mente preclara de la DGT leerá esto y algún que otro artículo o comentario sober el tema, pero espero que tomen nota.

MICROS

Cuando el albacea terminó de leer el testamento todos estuvieron contentos. Pero miraron al nieto más pequeño, condescencientes, con pena. Él, en cambio, sonreía, feliz, al fin y al cabo su abuelo le había dejado en herencia todos sus sueños.

APAGA LA LUZ, ANDA



ADRIANA: Mañana tengo que ir de compras.
ADRIAN: Pero si he ido hoy al carreful.
ADRIANA: No, de ropa.
ADRIAN: ¿De ropa?.
ADRIANA: Sí, de ropa, eso que usamos los dos y que siempre compro yo.
ADRIAN: ¿No tienes?.
ADRIANA: Pues no, no tengo.
ADRIAN: Madre mía, entonces dime que lo que hay colgado en el armario son jamones, por Dios, dime que son jamones, y si ya me dices que en los cajones hay cervezas, me muero del gusto.
ADRIANA: Que gracioso es el niño, ¿a que voy mañana y no te compro nada?.
ADRIAN: No, no, vale, vale, ve y así me compras alguna camisa, y calzoncillos, plis, plis.
ADRIANA: Anda, apaga la luz, que me tienes contenta.

11 de septiembre de 2007

MANÍA


Todos tenemos manías. A los niños las rutinas les ayudan a centrarse en la realidad que les rodea. Pero ¿en qué momento esas rutinas se transforman en manías que nos tiranizan a los padres y a los propios hijos?. Dormir con un conejito, ¡ fenomenal !, si le ayuda a dormirse tranquilo, pues ¿qué problema hay?. Pues que el conejito no tiene las virtudes de un Dios, entre las que se encontraría, a poco que se precie, el don de la ubicuidad, así en la casa del pueblo del amigo de su padre puede que no esté (por qué a sus padres se les olvidó incluirlo en la interminable lista de "cosas del peque") y, entonces ¿qué?, ¿ya no puede dormir?. Es cuando estamos tiranizados. De todos modos no quería hablar de las manías de los peques, ni tan siquiera de las grandes manías que nos obligan y condicionan la vida, sino las pequeñas dentro de los actos más simples del día a día. Por ejemplo yo (dicen que soy muy maniático), me encanta escribir con ediding (el 3000 es el estandar, pero gusto de usarlos de todos los tamaños), incluso en el trabajo, en papel reciclado de otras tareas tomo notas con edding. Pues siempre, sea el momento que sea, nada más abrilo tengo que olerlo. Sí, me lo llevo a la nariz en un gesto apenas imperceptible para el resto y aspiro su aroma de alcohol y tinta. Muchas veces ni me doy cuenta. Es a esas a las que me refiero. Por ejemplo, beber la leche en tazón alto (odio los tazones bajos y anchos), coger la cuchara al contrario (es difícil de explicar) cuando como un yogurt y no acabar con su contenido a la primera, sino alisarla en un primer ataque y zamparme el resto en el segundo. Sacar el pie de las sábanas o la manta cuando me meto en la cama, y bajar todas las persinas y focos de luz (de esta me estoy rehabilitando) si voy a dormir. Apagar la radio del coche cuando voy a aparcar y bajar el volumen mientras busco sitio. Tocar el teclado del ordenador nada más entrar en casa, para que se active la pantalla por si quiero ver algo. La cierveza tiene que estar siempre muy fría, si es en botella nunca con vaso y si es una caña, mejor uno de tubo. A las lentejas les echo vinagre y a la sopa limón y nunca me he planteado si estarían mejor de otra forma. No, si al final tendrán razón mis amigos, que es que soy un tipo de lo más maniático. Aunque la manía que más me gusta es querer mucho a mi gente, a mi modo, pero quererles mucho. ¿Cuales son las tuyas?.

MICROS

Con el primer sol y sombra se sentía hundido, traicionado. En el tercero la odiaba a muerte y en el quinto ya estaba convencido de que la única solución era matarla y pegarse un tiro.

EL CANCIONERO


Javier Álvarez. Es un tipo raro. No voy a negarlo, por cómo salió, por como fue engullido por la maquinaria del éxito, por como intentó resurgir desde su peculiaridad y por como no hemos vuelto a saber de él. Pero sobre todo por sus letras. He elegido, pese a todo, la más sencilla, por dos razones, por que cuando la publicó el servicio militar (para alegría de muchos) estaba todavía vigente y porque hacía menos de dos años que yo había cumplido con la (¿?) patria. Ahí va, un canto al absurdo de los ejércitos:


En la inmensidad de que el día va a empezar se nos nubla la visión
tengo la impresión de que el cielo se me cae y la idea de irme hoy
No sé bien qué es la libertad ni tampoco ser felizal
guien hoy me llamó chaval
gilipollas me sentí
no quiero tener que huir
"Patria sumisión, hazte un hombre maricón",
sabias frases con que crecí
guerra sé que hay cuando me ordenan besar la bandera que no elegí
"qué hay de malo en ir, pásatelo bien, aprovecha, ve a aprender..."
a ser dulce, humilde y un poco loco y no a hombre quiero tender
aunque hombre ya nací
Uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres, cuatro,paso ligero yo te lo mando
Uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres, cuatro,firme, ponte recto, yo te lo mando
No está nada mal que te enseñen a temer por si el coco viene una vez
las garras a ofrecer, la sonrisa a proteger y la lágrima contener
El calor aprieta, el amigo se va y seguimos sin cambiar
respetar el miedo conduce a más, por su aro hay que pasar
y te tienes que callar...Uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres, cuatro...

10 de septiembre de 2007

OBRAS PATRIOTAS


Paseando por mi ciudad me encuentro innumerables obras. No me refiero a las zanjas en busca del tesoro, hablo de la construcción de edificios. No sé si me consuela o me entristece, pero esto mismo lo podéis decir vosotros de vuestras ciudades, ¿verdad?. El caso es que desde hace mucho tiempo vengo observando que en la gran mayoría de ellas hay una bandera española en lo alto del edificio en construcción, y realmente no sé a que responde esa costumbre. No sé si es una absurda exigencia gubernamental, tan absurda que me costaría creerla, una reivindicación de los obreros nacionales frente a la necesaria invasión (no pongo las comillas ¿son necesarias?) de operarios extranjeros. Algún juego extraño en relación con algún evento deportivo del que cundió el ejemplo. La verdad es que desconozco la razón, pero como siempre las banderas (incluso aquellas – muy, pero que muy poquitas- con las que me pudiera sentir identificado) me producen repelús. Son excluyentes (yo soy, tú no) o incluyentes (ambos somos), y en los dos casos me parecen tristes. Evidentemente cada uno puede hacer lo que quiera en su casa y si quiere poner sábanas rojigualdas o del Barcelona (madre, que aberración las habitaciones futboleras de los niños de cinco o seis años) está en su derecho, pero cuando lo hacen supongo que querrán decirnos algo. Si yo saliera a la calle con una bandera republicana, por ejemplo, estaría diciendo que defiendo esa idea, la de la república, frente a la monarquía. No necesariamente quien me viera iba a entenderlo, porque si algo tienen las banderas, duela a quien duela, es ambigüedad. Un obrero que coloca una bandera española en su lugar de trabajo ¿qué me está diciendo?. ¿Qué es español como el 84% de los que van a ver esa bandera?. Siempre que saco este tema hay ciertas personas que me responden lo mismo ¿no eres español?, ¿no estamos en España?¿qué pasa, te avergüenzas de tu bandera?. La verdad es que me callo, pero bien pudiera darles una respuesta, cuando menos, contundente, o en su defecto una verdad sincera: no, vergüenza no, pero orgullo tampoco, ninguno. Porque lo siento, pero esa bandera en la gran mayoría de los lugares en las que está no me representa. Lo hace, por ejemplo, en el extranjero, como un lugar común, o mira tu que curioso, en los balcones de los consistorios del País Vasco, donde creo que ese trapo (venga, que no se ofenda nadie) está haciendo su mejor papel, que no es otro que luchar por la tolerancia. Pero el tema de las obras no logro entenderlo, no consigo encontrar una respuesta, así que si me hacéis el favor de arrojar un poquito de luz, pues lo agradecería.

MICROS

Siempre leyó las cartas al director, pero desde que presenciara aquel brutal accidente, más. Hoy por fin, un par de meses después, ha visto la carta. Me hiciste prometer que viviría para escribírtela, así que, querido conductor desconocido, aquí está mi carta para darte las gracias...

LAS PREGUNTAS DEL PEQUE


Casa de pueblo en verano. Primos, tíos, hermanos, abuelos. Se ha terminado la comida y una de las madres da las directrices para la siesta. Como se levante alguien o haga ruido esta noche os quedáis sin feria. Así se acuestan todos los mayores hasta que una hora después se levanta la abuela y la más pequeña de todas, de menos de tres años sale corriendo, chis, chis, abuela, a la cama, a la cama, que como se entere mamá no vamos a la feria.

9 de septiembre de 2007

MICROS


Es un acto repetido en los meses que han compartido en la habitación del hospital. Misma edad, misma dolencia, mismos miedos. Al despertarse cada mañana giraba el rostro y se se sentía aliviado: los dos siguen vivos. Hoy, en cambio su compañero ya no está, y lo raro es que se ha sentido más extrañamente aliviado, al menos él sí.

8 de septiembre de 2007

GIGOLO; capítulo 12: amor lo llaman otros


Han vuelto a los asientos. Evidentemente, más felices. También más cansados, maravillosamente agotados. Se han perdido alguna parte interesante de la película, aquella en la que el protagonista logra escapar de nuevo de los nazis, pero es un mal menor que compensa. A Sofía le encanta venir por la noche, entre semana, no hay agobios, ni palomitas y disfruta de verdad del cine. Con Adrián es otra cosa, con él el cine se ha convertido en algo más que arte visual, ha pasado a ser una tentación. Vivir un instante a su lado es una tentación segura. Su sola presencia solivianta sus sentidos, se siente superada por sus sensaciones, secuestrada su voluntad, sin más. Algunas veces siente hasta dolor de dejarse arrastrar tanto. Y miedo, mucho miedo a perderlo. Es el amor, le intenta explicar Cristina, estar enamorada básicamente consiste en temer dejar de estarlo, tener pánico a perder lo que te hace sentir tan viva. Pero también hay desenfreno, y deseo, la carne encendida al más mínimo roce. Una palabra, un gesto, y saltan las barreras. Venían a ver una película francesa. Me encanta el cine francés ¿y a ti?. Adrián no dijo nada, ¿para qué contarle que su actor favorito sigue siendo Chuck Norris?. Y la verdad es que la película en sí le estaba gustando, pero las caricias despistadas, las dadas y las recibidas, podían más que los requiebros del celuloide. ¿Sabes que eso que estás acariciando es mi teta?. Dijo Sofía, entre sorprendida y divertida. A él también le sorprendió, no el desliz de su mano por el pecho, sino el no haberlo gozado pleno de conciencia. De todos modos ese “mi teta”, tan impropio de Sofía, sonaba más a un sigue acariciando que a un qué estás haciendo. Lleva una camisa entallada blanca, y tanto sonaron a invitación sus palabras que las acompañó con un par de botones perdiendo su sitio. Adrián cambió de táctica, dejó la mano derecha sobre le cuello, y con la izquierda, esforzándose aun por seguir atento a la pantalla, comenzó a acariciar, ahora consciente de la superficie sobre la que bailaban sus dedos. Eran caricias distraídas, apenas un dedo que se deslizaba por el interior de la camisa. Pero Sofía perdía paulatinamente el interés por las evoluciones del film. Es más, una protuberancia en un pantalón, a su izquierda, acabó con todo interés ajeno a sus cuerpos. Ya llevan algún tiempo juntos, han hecho el amor muchas veces, ha perdido todo pudor, entiende que como le advertía Cristina cuando hay deseo los límites son muy difusos. Y aun así, sigue sorprendiéndola las cosas que piensa, que imagina, y las que hace y dice. Mientas la mano despistada de Adrián reconocía el terreno que recubre sus pulmones, ella se imaginaba desabotonando la cremallera, sacando el pene, acariciándolo, besándolo, allí mismo, en la butaca. Es sorprendente, Cristina, sé que te vas a reír, le dijo no hace mucho, pero con Adrián me encanta el sexo oral. Su amiga ni se rió ni se sorprendió, porque ese mismo proceso, esa misma metamorfosis, la había sufrido ella mucho tiempo atrás, y no solo con el sexo oral, sino con todo el sexo en general. Me gusta lo que siento, el sabor, me encanta acariciarla, me gusta ver como consigo hacer que pierda el control, que gima, que grite, nunca me había sentido tan poderosa y generosa a un tiempo, ahora entiendo que en la cama se hagan verdaderas locuras, es todo extraño, ya sabes como soy, o como era. Sí, Cristina tiene muy presente como era, y también perfectamente controlado como es ahora. Así que su amiga no se sorprendería de que hoy Sofía, ante tanta caricia distraída y furtiva, ante tanta tentación visual a su izquierda, tuviera que hacer algo. ¿Sabes lo que me apetecería ahora?, le susurró al oído, que nos fuéramos los dos al servicio. No hubo más palabras, no las necesitaron, hablaron a partir de entonces los cuerpos. Perdón, perdón. El resto de los espectadores no podía imaginar la urgencia que los llevaba a abandonar la sala. Arriba hubo un momento de duda, siempre entre besos y en silencio. ¿El de los chicos o el de las chicas?. Sofía pensó que él seguro conocía por dentro un servicio de mujeres, y sintió de nuevo esa breve punzada de dolor que llaman celos, así que, malditas sensaciones, se decidieron por el de los chicos. Es mi turno, se dijo, yo también tengo derecho a conocerlos. Entraron y se lanzaron con sed el uno a por el otro. Besos largos, la ropa a jirones solo medio fuera de los cuerpos. Malditos vaqueros, debería utilizar siempre falda. Las camisas desabotonadas, los pantalones a medio quitar. Deja, solo me quitaré una parte, siéntate. Una pernera puesta, otra no, los zapatos igual, el sexo deseado en la boca, las rodillas rozando el suelo, dios, como me gusta tu sabor. Lo sé, me encanta que te guste, déjame que te coma yo a ti también, a mí también me encanta tu sabor. No, no hace falta, mira. Le llevó los dedos entre las piernas y apenas sin voluntad uno de ellos se adentró en el calor del sexo. Estoy muy caliente, mi vida, me has puesto muy caliente, me quemo por dentro. Más besos. Se acoplaron, como siempre, a la perfección, dos cuerpos creados para estar siempre uno dentro del otro. Espera, Sofía, el preservativo. Da igual, no importa, no me importa. En verdad le podía mucho más el deseo que la cautela, el desenfreno que la cordura. Espera, por favor. Dejó que se saliera, incómoda, impaciente. Tendré que empezar a tomar la píldora, pensó, mientras Adrián rebuscaba entre sus pantalones, por el suelo, y encontraba por fin la ansiada protección, la llave para la fusión completa. Sofía, ansiosa, se adelantó, se los quitó de la mano, con los dientes rompió el plástico y con la boca, ella misma, se lo puso. No le gustó el sabor del lubricante, nada que ver con el de la carne repleta de deseo y de calor, pero en algún sitio había leído que era una práctica común entre las prostitutas para ahorrar tiempo. El ansia puede con todo. Con la polla dentro se sintió más tranquila, segura, y se abrazó, como si hubiera llegado a puerto. Apenas tenían sitio. Las piernas daban con las paredes. Tardaron en encontrar la forma, el ritmo, pero cuando lo hicieron se fusionaron en un oleaje frenético, entregado. Como pudo, sin perder la fusión, la cohesión de las pelvis, se quitó el sujetador. Quería sentir en ellos los labios de Adrián, que, entendida la invitación, se lanzó al instante con ternura, después con desesperación. Primero uno. El pezón, la areola, todo él. Después el otro. Y vuelta a empezar. Ella se aferraba a su nuca. Le encanta juguetear con su pelo cuando hacen el amor. Lo aplastaba contra su pecho, necesitada de contacto, como si su piel no fuera suya si no la sintiera presionada por la de Adrián. Les costaba continuar, volver al ritmo, porque los cuerpos se habían desacoplado. Sofía se detuvo. Espera. Se recolocó sobre él, poniendo los pies en la pared del fondo. Adrián la sujetaba por la cintura y los dos se dejaron caer ligeramente hacia la puerta, ella forzando su espalda hasta el dolor, con sus pechos como una ofrenda a su dios. Toda la responsabilidad de las embestidas recaían sobre él, no importaba, el deseo le daba fuerzas para levantarla en vilo y sin manos si hubiera sido necesario. Gemían como animales, asidos a la cordura como podían, por brazos, pies, manos, dientes, lo que fuera, siempre y cuando les permitiera seguir moviéndose, botando, aplastándose el uno contra el otro. Lo voy a sentir, Sofía, lo voy a sentir. Esta vez no quería paradas, quería el orgasmo al mismo tiempo y en aquel preciso instante. Y yo, mi vida, yo también. Gritaba él. Gemía ella. Pero el primero en sentir las convulsiones, los dedos de los pies con vida propia, que se encogen, se estiran, se expanden de nuevo sin orden, fue él. Siguió moviéndose, lo siguió haciendo mientras ella continuaba aferrada a su cuello, a su mundo, asida al placer por su polla, por su coño, intentando encontrar el último gemido en las brutales embestidas. Al fin Sofía también descargó su tensión y se desmoronó sobre su amante, sobre su vida. Dios mío, parecía decirle en un susurro a la pared, blanco y mudo testigo del arrebato amoroso. Adrián, que había llegado al paraíso un par de segundos antes, también había regresado a la tierra de los mortales antes. Levanta, le dijo, todavía tengo el preservativo. A Sofía le incomodaba más que nunca el maldito artilugio de látex. Otro beso. Un abrazo mientas las ropas volvían al lugar para el que habían sido diseñadas. Creo que voy a empezar a tomar la píldora, esto de los preservativos es un engorro. Quizá solo un par de meses atrás una frase como aquella, viniendo de una mujer que acaba de sudar abrazada a su espalda, que le ha gemido barbaridades a su oído, hubiera sido suficiente para rescatar la táctica ancestral aquella de uy, acabo de acordarme de que he quedado con un amigo dentro de media hora, nos vemos, princesa, nos vemos. Pero no es el de hace medio año, ni mucho menos, por demasiadas cosas como para cuantificarlas, y menos allí, todavía jadeantes, en los lavabos de un cine. Y tampoco Sofía es cualquiera, ni tan siquiera ocupa un lugar especial en su vida reservado o algo por el estilo, porque ese lugar lo ha creado ella, y un lugar que antes no existía no podía estar reservado para nadie. Sensaciones nuevas, idiomas nuevos. Sofía ocupa ese lugar especial como la reina que es. Y, pese a esa evidencia, pese a todos los indicios, Adrián se niega a ponerle nombre, al lugar, a lo que siente, a lo que están viviendo. Sí, cariño, volvió a lo de la píldora mientras recomponía su aspecto en el espejo, voy a ir al ginecólogo. Como quieras, eres tú la que va a tener que acordarse cada noche de tomársela, no soy yo el que deba sugerirlo, ¿no te parece?. Ya, cariño, por eso lo hago yo, por eso lo hago yo.
Ya sentados, la película camina serena hacia su desenlace, mientras que en ellos persiste el recuerdo de una piel sobre otra, mira como me huelen los dedos, Sofía, me gusta, me encanta mi propio olor. Frases impensables en la vieja Sofía. Así es el amor. Con todo eso y mucho más en la retina del deseo, antes de que quieran recomponerse del todo, termina la película. Francesa o no, tarde o temprano tenía que terminar. Pues parece que nos hemos perdido más de lo que pensábamos. Sí, eso parece. Salen fuera, la noche es cálida. Bromean, sin darle importancia a cosas que puede que sí que la tenga, como estar aquí, en este instante, felices, repletos, agotados por el amor, conscientes de que se aman, aunque cada uno asuma a su modo esa evidencia y le de el nombre que sus miedos le permitan. Sea como fuere, a poco que revisen sus conciencias se darán cuenta de que no amaron nunca a nadie como se aman ahora. En el parking apenas quedan coches. Hay silencio y sus risas resuenan con estrépito, un estrépito que como el trueno lo es en una tormenta, evidencia la felicidad que los ha secuestrado. El coche de Sofía está aparcado al final del todo. No le gusta la moto. Siguen las bromas, las risas. Conduzco yo que me he corrido antes. No digas eso. ¿El qué?, ¿que me he corrido?. Eso, anda, conduce tú que a mi me da la risa. Abre. Entran. Se ríen de nuevo. Se sientan. Intenta arrancar, pero no puede. Un intenso olor. Se miran pero ya no se ven. La realidad volatilizada a su alrededor. Ni coche, ni Sofía, ni el parking, ni su propio cuerpo. Un zumbido, como una mosca, algo blanco, una silueta conocida que no reconoce, una mascarilla que intenta alcanzar sobre un rostro lejano, sin fuerzas para tocarla. Su cuerpo que cae. El de Sofía que lo había hecho antes sobre el salpicader. Y el silencio, un profundo, ancestral y espeso silencio.